Saturday 25 de February de 2017

Puerca pinta

Ricardo González      22 Feb 2017 21:44:57

Los chillidos de los puercos al morir siempre me parecen como peticiones desesperadas por que no los maten, que no los dejen seguir comiendo hasta hincharse, hasta que ya no haya diferencia entre verlos echados o de pie.

Tener puercos es un buen negocio, todas las sobras de comida son su alimento, Tere tiene casi una docena, recorre las calles del pueblo con unas cubetas grandes, tocando de casa en casa para colectar los desperdicios para sus puerquitos.

Mi viejita se los juntaba en una lata grande y vieja de chiles jalapeños: todos los huesitos, pellejos, cáscaras de fruta y huevo. Teresita -le decía mi abuela- ya te tengo tú encargo.

Siempre cuando en el desperdicio iban restos de puerco me imaginaba que eran los papás o los abuelos de los marranos que estaba criando Tere, y que ellos sin pensarlo los devoraban sin remordimiento.

Cuentan los vecinos que un hijo de Tere que vivía en el otro lado había perdido los dedos por culpa de sus puercos, que ella andaba por la calle colectando los desperdicios, y que dejó a su niñito dormido, cuando una puerca grande abrió la puerta del corral, su niño había comido piloncillo y tenía llenas sus manitas.
Como castigo esa puerca pinta fue sacrificada aunque era buena para tener crías, Tere le pidió al matancero que se la llevara ya había arreglado con don Luis que la haría chicharrones.

Nunca he conocido a su hijo dicen que tendrá unos cuarenta años, que no tiene papeles, que no puede venir, que le llama cada semana a Tere, que le manda sus buenos centavos, que por eso Tere ya no tiene tantos puercos.

Pienso en cómo le habrá hecho para agarrar un trabajo allá, con lo gachos que son los gringos con nosotros, y qué trabajo habrá conseguido, si uno aquí con sus dos manos cuando uno trabaja duro se cansa y hay cosas que está difícil hacer, ´ahora sin manos´.

Pero me gusta ese pueblo donde Tere sigue siendo ayuda para todo el barrio, porque ella agarra lo que en otra casa estorba y lo vuelve algo bueno, en comida.

Su hijo del norte, le dijo que ya dejara de trabajar, que no ocupaba, pero ella dice que a donde van a aventar los pellejos que mejor sigue dándoselos a sus puerquitos y sacando su dinerito.

Ahora las casas no tienen corral, no se puede tener ni una gallina, todo hay que ir a comprarlo, ni una plantita, ni un nopal para quitarle unas penquitas, nada, todo hay que comprarlo.Con decirles que hasta el pozo nos querían cancelar, no nos dejamos, es más viejo que la casa.

*opinión@imagenzac.com.mx







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Ricardo González
Ricardo González es profesor universitario. Estudió la Licenciatura y Maestría en Historia de la UAZ. Actualmente imparte Humanidades y Filosofía en la Unidad Académica Preparatoria. rik.gonzalez13@gmail.com @rikgonzalez13
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Artículos anteriores:
Las nopaleras
La petaquilla de la abuela
Entre rezos y chicharrones
La Mitología  de Porfirio Díaz
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