Junio 29, 2009
Por Andrea Ornelas
El gobierno sueco está a punto de tomar las riendas de la Torre de Babel en la que habita la Europa de los 27.
Este miércoles 1 de julio, y durante un periodo de seis meses, representará a la Unión Europea (UE), justo en el periodo que registrará los peores datos económicos generados de la recesión antes de que el 2010 marque una recuperación incipiente.
Suecia es un país muy peculiar. Tiene el quinto territorio más grande del Viejo Continente, pero muy pocos habitantes para disfrutarlo (sólo 9.2 millones).
Y aunque conserva la estructura de una monarquía constitucional –con Carlos XVII Gustavo al frente-, en realidad son el Primer Ministro y el Parlamento los que conducen los destinos del país.
Hay una sola cámara y la gente vota directamente para elegir a sus parlamentarios. Y el electorado se lo toma en serio, la tasa de participación en las urnas supera 80% desde hace 25 años.
Y Babel está por vivir un periodo de renovación ya que el Primer Ministro de Suecia, y su nuevo Presidente, John Fredrik Reinfeldt, es un político de centro (Partido Moderado) de 43 años de edad, tan carismático como eficaz.
Hijo de padre político (mismo partido), madre psicóloga, y tan buen concertador que fue capaz de aglutinar en 2006 a su partido, a los democristianos y a los liberales, en una coalición que obtuvo el triunfo.
Pero no serán la juventud o la capacidad de generar consensos de Reinfeldt su principal aportación a la UE, sino la experiencia que Suecia tiene en materia de crisis financieras.
Suecia vivió un descalabro muy parecido al de los subprime en 1992. Venía de una década en la que el país liberalizó su sector financiero, lo que trajo muchos beneficios, pero también muchos excesos.
Una mala evaluación de riesgos produjo una crisis bancaria que el gobierno sueco tuvo que atender, pero de forma muy distinta a como lo han hecho hoy los gobiernos de EU o de los vecinos europeos.
Suecia rescató a sus bancos, sí, pero antes obligó a los accionistas de dichas instituciones a quitarse hasta la camisa para venderla y capitalizar sus propias instituciones.
Y más aún, les dio una sopa de su propio chocolate al obligarles a conseguir avales y garantías antes de liberarles el dinero que requerían para restablecerse.
Dicho de otra manera, obligó a los banqueros a pagar de su bolsillo los errores que habían cometido.
El rescate fue costoso de todas maneras, los suecos desembolsaron presupuesto público del orden del 4% del PIB para salvar a su banca, muy cerca del 5% del PIB que lleva ya la administración Obama.
Sin embargo, cuando regresaron los tiempos de vacas gordas, el gobierno sueco vendió los activos que tenía en su poder y redujo a sólo 1% el costo del rescate bancario. Y con los ingresos obtenidos, compensó financieramente a los contribuyentes.
Una estrategia que pondrá a reflexionar a muchos en Babel.
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