Monday 23 de January de 2017

Adviento, tiempo de espera y tiempo de esperanza

El Día del Señor

     27 Nov 2011 03:40:00

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  • Jesús, el buen pastor. (Cortesía) Jesús, el buen pastor. (Cortesía)
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INTRODUCCIÓN
Hemos llegado al inicio de un nuevo ciclo en el desarrollo de nuestra liturgia eclesial.
Es el ciclo B ahora para el año 2012.
Dentro de la estructura de los ciclos A, B y C, siempre el tiempo de Adviento abre el camino que nos conduce a la celebración del Nacimiento de nuestro salvador, Jesucristo.
Quien con su encarnación y con humildad y sencillez, se hace presente para liberar a los hombres de sus miserias y pecados.
Es un tiempo, que sin ser propiamente penitencial como el tiempo de la Cuaresma, es sin embargo, un espacio vital de preparación ascética sobria, que dispone a los cristianos para recibir con espíritu de fe y esperanza renovadas, el nacimiento de nuestro Redentor en los corazones dispuestos para recibirlo y llenar de gozo la existencia humana con sus luces y sombras.
Dos aspectos destacan en el tiempo del Adviento: primero se considera la primera venida histórica cuando Jesús, nace de María Virgen en la cueva de Belén y segundo, se contempla con profundidad, la segunda venida del Señor al final de los tiempos, cuando aparezca lleno de gloria y majestad y juzgue a los hombres según su obras buenas o malas y dar premio o castigo con resultados diferentes hacia la eternidad.
Adentrémonos, pues, en el tema de esta homilía, que lleva la intención de ayudar a vivir con plenitud de contemplación y entrega, el Nacimiento de Cristo, luz del mundo y consuelo y fortaleza para todos los hombres de buena voluntad.

EL ADVIENTO COMO TIEMPO DE ESPERA VIGILANTE Y ATENTA Y TIEMPO DE ESPERANZA
Cada año de nuestra historia de salvación, nuestros ojos de fe se centran en la figura de Jesucristo, como el verdadero y único Dios que se ha humanizado, al tomar una naturaleza de hombre en el seno virginal de María. Esta encarnación del Hijo de Dios, es la fuente del gozo cristiano, en medio de las pruebas y desafíos de la hora presente, para cada generación, llamada a recibir a Cristo como el único Salvador de los hombres sin acepción de personas. La venida de Jesús a este mundo, es una presencia consoladora que como vocación, Dios hace a todos los pueblos de la tierra.
En el decurso de la historia, los hombres se debaten entre la verdad y la mentira; entre el bien y el mal. La flaqueza y debilidad de los hombres, los llevan al egoísmo, a las divisiones, odios y rechazos, que engendran guerras, luchas fratricidas de diverso tipo. Llenando los días en este mundo, de dolor, miseria, corrupción, tristeza y muerte.
Dios, uno y trino, no ha dejado a la humanidad que creó y que ha redimido, en el abatimiento y frustración. A pesar de las limitaciones, flaquezas y desvaríos de los humanos, hechos a imagen y semejanza de Dios, Él los ama desde siempre y para siempre, se apiada de sus creaturas y las rescata de sus miserias, físicas, morales y espirituales, Los libra del dominio del maligno y restablece la comunión perdonando a quienes con honestidad, humildad y sencillez, se reconocen pecadores y necesitados de perdón y misericordia.
Según lo anterior, el tiempo del Adviento, que significa “llegada” de Jesús para salvarnos de nuestros pecados y darnos la promesa de vida eterna e inmensamente dichosa y feliz, es un espacio temporal en esta tierra, para establecer y vivir la vigilancia; la atención de mirar y descubrir la presencia de nuestro Salvador, quien viene a nuestro encuentro para dar una nueva dimensión y significado a nuestras vidas y sus modos de realizarla.
Es por tanto, tiempo propicio para la espera vigilante de este encuentro y tiempo de verdadera y auténtica esperanza.
Nuestras vidas, marcadas y fortalecidas por la gracia de nuestro bautismo y demás sacramentos, ha cobrado ya una nueva realización a la luz y llamada de la “Buena Nueva”, que es el evangelio de Cristo, que nos levanta y anima poniendo todo nuestro ser bajo su mirada amorosa y al ser envueltos en ella, nos llena, no solo de fe y esperanza, sino que enciende en todo nuestro ser la luz imperecedera del amor. Porque Dios es amor y precisamente Él ha tomado la iniciativa para amarnos y redimirnos, acercándonos a su corazón y sanando nuestras miserias pecaminosas; trascendiendo, la enfermedad, el desamparo, la soledad, la angustia y el desaliento de tantos hombres, quienes inmersos en las tinieblas y miserias de los pecados, como rebeldía para con Dios, llenan de amargura, llanto y dolor a tantos hombres en el camino de esta vida y por este planeta que nos ve nacer, desarrollarnos, gozar, sufrir y morir.

CONCLUSIÓN PARA EL CAMINO DE NUESTRA  ESPERA Y ESPERANZA
La llegada del Señor es imprevista, de pronto, cuando cada uno de nosotros es llamado a su presencia al morir y estar ante sus ojos y juicio que hace ciertamente de nuestras vidas buenas o malas. El juicio definitivo, será cuando el Padre eterno dé a todos y cada uno su estado definitivo de salvación o condenación eternas.
Es lo que ahora nos enseña con toda claridad el evangelio de este Primer Domingo del Adviento para el nuevo año litúrgico que comienza.
Miremos nuestra vida para corregirla con el perdón y la gracia de Dios que Cristo nos ofrece. Jesús llega para nacer sobre todo en nuestros corazones para darnos luz soberana, paz, fraternidad y amor sin límites o fronteras.
En este tiempo escuchemos la palabra de Dios que nos convierta a El y nos ayude a dejar las obras muertas de los pecados cometidos y de los cuales debemos arrepentirnos y pedir a Cristo su perdón inabarcable y su misericordia que restaure y  dé integridad a cada uno de nosotros.
Estemos velando siempre en oración para que el maligno no nos robe la quietud y el gozo de estar en concordia con nuestro Dios y con nuestros prójimos. Debemos cuidar nuestro tesoro divino que llevamos en nuestro barro mortal.
¡Que la estrella de Jesús, brille no solo en nuestros nacimientos y arboles de Navidad, sino que esplenda radiante y bella en todo nuestro ser de cristianos y que el Señor nos encuentre ejercitando las obras de caridad en su nombre, descubriéndolo en todos los hermanos, particularmente en los que sufren, lloran y están solos, para que los acompañemos y los consolemos haciendo que nuestra comunión brille con la luz de nuestro amable Salvador!

*Obispo Emérito de Zacatecas




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