Sunday 22 de January de 2017

Amar sin fronteras, como Dios, es el ideal de los verdaderos cristianos

El Día del Señor

     20 Feb 2011 03:40:00

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INTRODUCCIÓN
El domingo pasado hemos reflexionado sobre la plenitud de la ley que es el amor a Dios y a nuestros prójimos. A la luz de esta plenitud tuvimos en cuenta cómo debemos manejar algunas contraposiciones para vivir y practicar la ley evangélica que Cristo proclama en el Sermón de la Montaña y vimos de qué manera se deben excluir el homicidio, el adulterio, el divorcio y el perjurio.
Hoy, el  evangelio nos muestra cómo ir hacia la plenitud del amor cristiano, superando la ley del talión del “ojo por ojo y diente por diente” y llegar hasta realizar el perdón y el amor a los enemigos que nos persiguen, insultan y nos matan.

LA SUPERACIÓN DE LA LEY DEL TALIÓN
“Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes han oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente, pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo” y para ilustrar la manera de proceder en este asunto tan delicado y difícil para la reducida capacidad humana, nos da los ejemplos siguientes:
Si alguno te pega en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda; al que te quite la túnica, cédele también el manto; si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él 2 mil; al que te pide, dale, y al que quiera que le prestes, no le vuelvas la espalda.
Es bueno hacer referencia al sentido histórico de la ley del talión para medir el alcance de la ley evangélica que Cristo nos propone, camino hacia la santidad como respuesta dilatada y generosa, desbordando o trascendiendo el rigorismo implacable de esta ley.
Esta ley fue promulgada por el código del rey babilonio de Mesopotamia, Hammurabi (1792 aC–1750 aC) y es citada en varios pasajes del Pentateuco (cinco primeros libros de la Biblia), a saber: Éxodo 21, 23–25; Levítico 24, 18–20 y Deuteronomio 19:21.
La ley del talión intentaba regular parejamente las relaciones entre los hombres en conflicto.
Establece una respuesta rigurosa cuando algún culpable ofende a su prójimo. Habrá que tratarle respondiendo con espíritu de venganza, del ojo por ojo y diente por diente. Si me ofendes y me injurias, recibirás lo mismo. Si me cortas la mano yo te corto la tuya; si me quitas la vida mereces que te quiten la tuya.
Jesús prácticamente va más allá de esta ley tan dura y establece la ley del amor a Dios y al prójimo, como lo acabamos de ver más arriba.
Pero Cristo va todavía más adelante cuando enseña: “han oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian para que sean hijos de su Padre celestial que hace salir su sol para los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos”.

SEAN PERFECTOS COMO MI PADRE CELESTIAL ES PERFECTO
Así concluye Jesús sus enseñanzas acerca de la amplitud de su ley evangélica.
En nuestros días de luchas, violencias, robos, extorsiones, secuestros y homicidios producidos por el afán y la ambición egoístas de muchos, que atentan contra la dignidad y la integridad de las personas; que van en contra de los derechos y obligaciones que por justicia se deben respetar, nos preguntamos:
¿Será posible entender de veras  y ejercitar la ley de Cristo como plenitud de amor a Dios y a los prójimos, especialmente para quienes injurian y tratan sin misericordia y con absoluta impunidad y violencia a los demás? ¿No se tratará más bien de ser tontos e ingenuos?
Ser perfecto como el Padre celestial es perfecto, es un ideal absolutamente inalcanzable e impracticable con las solas fuerzas y recursos tan limitados e imperfectos del pobre ser humano dejado a sí mismo para que responda a este altísimo ideal que nos propone el Hijo de Dios hecho hombre.
Solamente la gracia y la fe probada como poder divino capacitan adecuadamente a los cristianos para dar respuesta a Dios de lo que nos pide. Ante nuestra impotencia por sí sola, para llevar a cabo el ideal sublime del evangelio de Jesús, está la donación de Él mismo en el ara de la cruz, cuando perdona a todos los hombres que pecaminosamente y en medio de las tinieblas y tentaciones admitidas del demonio, caen en las sombras de la miseria corporal, moral y espiritual.

CONCLUSIÓN EXHORTATIVA
Es necesario en los tiempos que actualmente vivimos, recurrir con la oración para que Dios nos auxilie en el cumplimiento de su ley evangélica; para que re en vez de los odios y destrucciones de muerte, reinen la paz, la concordia, el buen entendimiento, el perdón y la misericordia que Dios nos manda guardar.
Pongamos ahora en nuestro corazón y en nuestros labios, lo que San Agustín de Hipona  había aprendido a orar así “¡Oh Dios, ¡dame lo que me pides y después mándame lo que quieras!”... Y con San Pablo: “¡Todo lo puedo en Aquel que me conforta!”...

*Obispo Emérito de Zacatecas
 




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