Monday 23 de January de 2017

Bordado en la plaza pública

     22 Feb 2013 03:30:00

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Mi abuela bordaba, bordaba mucho. Después de merendar miguitas de pan remojadas en leche, solía posarse en su vieja mecedora para hacer crucitas de colores en una blanca tela tensada con aros de madera. Así, poco a poco daba forma a figuras o palabras que daban personalidad al lienzo, que lo hacían único e insustituible.
En muchas ocasiones, mamá, mis hermanas y yo nos sentábamos a su lado para oír historias cargadas de recuerdos, felices y tristes pasajes de su existencia, relatos de personajes famosos o desconocidos que de una u otra forma tocaron su espíritu.
Esas maravillosas tardes, donde la abuela transmitía la experiencia de su vida, las recordé tras leer el artículo El bordado y los espacios públicos de Cordelia Rizzo Reyes, presentado en un foro sobre los retos educativos del noreste del país, en septiembre del año pasado, y publicado en su página de Facebook.
Como parte del movimiento FUNDENL (Fuerzas Unidas por Buestros Desaparecidos En Nuevo León), ella reflexiona en el texto sobre los motivos que han llevado a muchas personas, sobre todo mujeres, a concentrarse en plazas públicas para bordar, como forma de conservar la memoria del ser querido que ha desaparecido, pero también como posibilidad de resistir a la violencia.
Las bordadoras claman justicia, a la vez que generan un halo de esperanza sobre la posibilidad de encontrar al que salió de casa y ya no regresó. Las bordadoras son seres dolientes, pero también activistas que buscan darle dignidad a los espacios públicos, esos espacios que alguna vez pertenecieron a la comunidad y que hoy son tierra de nadie.
El movimiento poco a poco ha crecido. Ella menciona que, además de Monterrey, hay grupos de bordado en Coahuila, Michoacán, Morelos, Estado de México, Puebla, Jalisco y Ciudad de México, así como en Guatemala, España, Francia, Inglaterra, Japón y Argentina. De esa forma se extienden los lazos de solidaridad con las víctimas de la violencia, con los muertos y los desaparecidos, con las personas que no pierden la esperanza de que su familiar regrese al hogar.
En un reportaje sobre el tema, aparecido el año pasado en el periódico La Jornada, Cordelia dice: “Bordar es un acto de amor, una forma de integrar a la vida de uno el discurso de las víctimas, de la violencia y del dolor; una forma de resistir propia del lenguaje. Nos une como comunidad, y cada día hay más pañuelos, cientos”.
Ojalá que llegue el día en que, como mi abuela, las mujeres borden sólo por placer y no con la llaga abierta. Mientras eso no suceda, resulta indispensable solidarizarnos con todas ellas.

*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores
bethsang@hotmail.com




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