Tuesday 24 de January de 2017

Cambio de nombres a ciudades, ¿ignorancia o extravagancia?

     9 May 2012 04:00:00

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Los gobiernos jacobinos de la Reforma y los de la era de Obregón y Calles acudieron a rebautizar pueblos, villas y ciudades, algunas veces, al nombre de pila virreinal le añadían el apellido de un connotado personaje (caso de Puebla de los Ángeles por Puebla de Zaragoza; San Miguel el Grande por San Miguel de Allende) Santiago de Querétaro devino en Querétaro de Arteaga, Nuestra Señora de los Zacatecas quedó en Zacatecas a secas, Xalapa derivó a Xalapa de Enríquez (en honor a un gobernador).

Oaxaca fue primero Antequera, luego Oaxaca (Huaxyacac) y después tras la muerte del presidente Juárez fue denominada Oaxaca de Juárez; en muy pocos casos esas decisiones fueron estéticamente afortunadas, una de esas Morelia, que fuera Valladolid por la derivación del nombre del gran Morelos. Un caso notable por excepcional fue el de Taxco, Guerrero al que se le complementó con el apellido de un hombre de letras, Taxco de Alarcón (por Juan Ruiz de Alarcón, dramaturgo novohispano).
A propósito del 5 de mayo, dediqué unas líneas el domingo pasado en mi nota del Excélsior que en fragmentos me permito transcribir porque van en la línea de lo que tratamos, referente en exclusivo a Puebla:
¿Puebla de los Ángeles o de Zaragoza? La Angelópolis desde su fundación en 1531, fue una promesa ostentosa, un rosario de privilegios y virtudes territoriales engarzado con exquisitas cuentas arquitectónicas. La principesca ciudad fue trazada como ninguna otra empresa urbana del siglo dieciséis, y como ninguna otra, hacia los términos del virreinato, retaba en proporcionales proezas constructivas a la imponente Ciudad de los Palacios.
Fue un arrebato poner encima del nombre de Puebla de los Ángeles el apellido del General Zaragoza. Al mismísimo don Ignacio poco le hubiera agradado la cosa.
En los instantes de desesperación frente al asedio del conde Lorencez, Ignacio Zaragoza se quejó de la indiferencia patriótica de Puebla a la que quiso arrasar con sus tropas acusándola de ser execrable.
Y no es que la señorial ciudad fuera ajena a las aventuras militares, cuando en el 1862 el general Zaragoza reclamaba una Puebla fiel a sus urgencias bélicas, aquella estaba agotada de los ardores guerrilleros que desde 1821 la mantenían sitiada y “liberada”…
Puebla estaba exhausta de haber sido galardón o estandarte de conservadores y/o de liberales.
La mayor virtud del general Zaragoza fue tener compasión por la esplendorosa Ciudad de Puebla, eso confirma que a la dichosa urbe la defendieron los ángeles que siglos atrás la hicieron con sus propias manos”.
Una “compasión” que no tuvieron, ni tienen muchos en nuestra tierra. En la turbulencia de un patrioterismo torpe y del oportunismo innoble, a pueblos y ciudades le agregaron el apellido de políticos audaces y rapaces. Aunque buenos milicianos algunos destructores profesionales de beldades monumentales, pienso en los generales Jesús González Ortega y en Pánfilo Natera, ambos primitivos e implacables que confundieron las ideas con las piedras y arremetieron con fincas religiosas en sus correspondientes épocas.
Esa tendencia fue devastadora en el caso de las calles de todas las ciudades, se perdieron nombres muy bellos que evocaban historias y leyendas, hoy olvidadas o en trance de desaparecer.
Por tanto, los municipios zacatecanos que llevan nombres de ciertos generales podrían ser redimidos con los que llevaron antes. Finalmente, para honrar las hazañas bélicas de esos generales ya existen demasiadas estatuas; sus nombres en letras doradas en los muros del Congreso y sus restos mortales se veneran en la rotonda de los hombres ilustres.
A ver si no nos enteramos pronto de nuevas adherencias cuestionables a los nombres de lugares como: Tacoaleche de (Amalia) García Medina o Guadalupe de (Rafael) Flores Mendoza.
Es cierto, a la primera puede parecerle muy poca cosa, preferiría ser proclamada como la única hija de la internacional comunista que experimentó el despotismo bolchevique con métodos zaristas, su gestión dejó huellas profundas aún en los muchos sitios de Zacatecas que nunca recorrieron sus minúsculas piernas.
Al segundo, el alcalde de Guadalupe y exsecretario de Turismo de la primera, la titulación de su pueblo con sus apellidos puede ser un aperitivo a sus antojos.
Si el gobernador Miguel Alonso Reyes con sus siglas ofrece un MAR para su deshidratada tierra, para Flores Mendoza, Guadalupe, su terruño es un huerto al que pronto convirtió en desierto (las arboledas del centro); montoncito de tierra que le cabe en el puño y que en vez de ornamentarlo con fidelidad a su apellido (Flores), en lugar de un florero va a dejar un cacharro, como aquel viejo lamento que reza: “si bien ambos hechos de barro, no es lo mismo bacín que jarro”.

fjacuqa@hotmail.com
Twitter: @f_javier_acuna




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