Sunday 22 de January de 2017

Cineasta por casualidad

Creo que la foto estaba en mi cabeza por las revistas que veía de niño, ahí empezó mi acercamiento con la imagen; recuerdo en especial las revistas socialistas, eran bellísimas visualmente

     3 Jul 2011 03:40:00

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  • Gustavo Domínguez Gustavo Domínguez
  • Gustavo Domínguez se dedica especialmente al videoarte y los cortos. Gustavo Domínguez se dedica especialmente al videoarte y los cortos.
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Gustavo Domínguez

Originario de Fresnillo, emigró cuando tenía 15 años a Jalisco, donde el destino llevó hasta sus manos un curso básico de cine que años después le dio el Premio Paralelo al Mejor Largometraje Jalisciense en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara.

Aunque de niño imaginó que llegaría a ser experto en cohetes espaciales, y en la adolescencia trató de labrarse una carrera como músico de protesta, el cineasta Gustavo Domínguez encontró su verdadera vocación el día que de forma casi accidental compró una cámara de 8 milímetros y empezó a filmar.
“Ese fue el brinco”, dice el cineasta originario de Fresnillo, Zacatecas, casi 30 años después de que un amigo le dejara como herencia una caja llena libros, entre los que halló un curso básico de cine, razón que lo motivó a conseguir la cámara.
Recientemente, Domínguez atrajo la atención de una docena de festivales de cine nacionales e internacionales gracias a su primer largometraje, el documental “Alejandro Colunga: fogonero del delirio”, que ganó el Premio Paralelo al Mejor Largometraje Jalisciense participante en el 26 Festival Internacional de Cine en Guadalajara.
A lo largo de su carrera ha recibido más de 20 reconocimientos nacionales e internacionales, destacando en videoarte, cortometrajes y medios electrónicos en general.
Y aunque todos estos logros los ha obtenido viviendo en Guadalajara, Jalisco, Domínguez nunca ha olvidado sus orígenes en El Mineral.
Sensibilidad
Gustavo recuerda su infancia en Fresnillo como una etapa en la que una gran sensibilidad despertó dentro de él.
Aspectos curiosos como el poder distinguir la luz del domingo, o notar una terrible nostalgia aun en las fiestas más alegres, fueron las señales de esa mente inquieta que distinguiría al cineasta en los años venideros.
Una de las imágenes de Fresnillo que más se quedaron grabadas en la memoria de Domínguez es la de ríos de mineros bajando en bicicleta por las calles de la ciudad al atardecer.
La familia de Gustavo había estado relacionada con la minería desde cinco generaciones atrás. Su tatarabuelo llevaba madera de los bosques chihuahuenses a las minas de Fresnillo, y tanto su abuelo como su padre trabajaron en las minas, aunque no precisamente como mineros.
Orígenes
Gustavo fue el quinto de seis hijos en una familia convencional; los únicos hombres fueron él y José Manuel, un hermano seis años mayor.
Ese hermano, al que Gustavo describe como un joven muy precoz, que a los 18 años quería irse a estudiar a Rusia, fue la mayor influencia que tuvo durante la infancia.
“Nos íbamos a jugar al cerro y abríamos piedras con pico para ver quién encontraba las mejores vetas. Ambos teníamos una sed tremenda de saber cosas, éramos especialmente aficionados a la geografía y a todo lo que tuviera que ver con ciencia”, recuerda Domínguez.
Tal vez por esa influencia, Gustavo imaginaba que sería científico. Estaba muy interesado en todo lo que tuviera que ver con cohetes y cuestiones espaciales, que en ese entonces eran la mayor novedad debido a la carrera espacial que mantenían Rusia y Estados Unidos.
Aunque su padre no tenía una gran formación escolar, siempre les inculcó a él y a su hermano José Manuel el gusto por la información y el conocimiento, por lo que en su casa había radio, revistas, libros y discos de música clásica.
Además de esos materiales en casa, Gustavo y su hermano tenían acceso a la biblioteca de un maestro que les prestaba sus libros a cambio de que luego le contaran sobre lo que habían leído.
Gracias a ese ejercicio pudieron leer a Dostoievski y otros grandes de la literatura.
“Mi interés no estaba propiamente en la escuela, en la que era algo desobligado y distraído”, advierte Domínguez, quien recuerda a un maestro especialmente sádico que siempre estaba inventado nuevas formas de castigarlo.
El adiós al terruño
Poco antes de que Gustavo cumpliera los 15 años se produjo un giro decisivo en su vida. Su padre tomó la decisión de llevarse a la familia a Guadalajara después de que fuera jubilado por un recorte de personal en la compañía minera.
En Guadalajara ciertos familiares le habían prometido ayuda, que al final no recibió, y entonces se le ocurrió poner un negocio de productos típicos zacatecanos.
Gustavo recuerda que esa fue una época dura. El cambió fue muy difícil, pues tras haber crecido tranquilamente en Fresnillo, tuvo que enfrentarse a un ambiente completamente desconocido y a una ciudad mucho más grande.
Eso de alguna manera influyó en que el futuro cineasta entrara en una época de rebeldía que lo llevó a reprobar por faltas el último año de prepa. Nunca había sido muy aficionado a la escuela, pero en Guadalajara terminó por aborrecerla.
Para entonces sus intereses habían cambiado por completo. Dejó la escuela e ingresó al Conservatorio, donde tomó dos años de música y canto, al tiempo que se dejó crecer el pelo.
“Tenía 17 años y quería cantar, por eso busqué cierta formación musical. Me interesaba la canción social y de protesta”, dice Domínguez, que al llegar a Guadalajara se instaló en un barrio que era conocido por la presencia de guerrilleros.
El joven rebelde
Eran los 70, una época de gran efervescencia social que influyó en toda una generación a la que pertenecía Domínguez, quien se describe a sí mismo en ese tiempo como un joven idealista y en parte subversivo.  
Por presiones familiares regresó a la prepa, donde volvió a tener problemas por rebeldía.
“Simplemente me parecía ridícula, me confrontaba todo el tiempo con los maestros, no me interesaban nombres o fechas; un día en un examen de sociología el profesor me hizo una pregunta a la que yo respondí francamente ‘no sé’, ‘¿cómo qué no lo sabe?’ me dijo él, y le contesté: ‘es que no me interesa’”, confiesa divertido.
El contacto con la cámara
Hasta ese momento, la vocación del cineasta no se había revelado. Fue gracias a que una de sus hermanas, Judith, compró una cámara y se la prestó, que Gustavo tuvo su primer acercamiento con la lente.
“Ella compró la cámara, se la pedí prestada, y me fui a tomar fotos por varios lados; fue entonces cuando por alguna razón descubrí que tenía el ojo”, comenta casi asombrado por la forma casual en que surgió todo.
A partir de entonces, el fresnillense empezó a trabajar en una agencia fotográfica, donde estaba encargado del duplicado de diapositivas.
Una vez, mientras Gustavo hacía su trabajo como cualquier día, fue llamado por su jefe, quien le dio un equipo completo de fotografía.
Resultó que el fotógrafo estaba enfermo y era necesario hacer una gira por todo el estado de Jalisco.
Domínguez fue enviado a esa gira, en la que sacó una serie de fotos que a su regreso hizo que despidieran al otro fotógrafo.
“Creo que la foto estaba en mi cabeza por las revistas que veía de niño, ahí empezó mi acercamiento con la imagen; recuerdo especialmente la revistas socialistas, eran bellísimas visualmente”, comenta sobre el talento natural que demostró con la cámara.
Casualidad
Después, cierto amigo de los que vivían en ese barrio de guerrilleros se fue de Guadalajara y le dejó sus cajas de libros a Gustavo, quien curioseando entre ellos encontró un curso básico de cine.
Fue así, con el espíritu de un autodidacta que Gustavo estudió las lecciones de librito, y junto con una cámara 8 milímetros que se compró especialmente para ello, empezó a experimentar con el video.
Gustavo asegura que el video le sirvió como un trampolín para desatar su creatividad y convertirse en un artista multimedia.
A partir de entonces empezó a involucrarse en nuevos campos como la escenografía, la iluminación, la danza contemporánea y el performance.
De cualquier manera, Domínguez reconoce que todos sus acercamientos al arte han sido de forma casual, casi por accidente.
“Una cosa me fue llevando a la otra, por ejemplo, en el caso de la iluminación, un día tomaba fotos en el teatro y me pidieron ayuda con las luces, empecé a moverle y desde entonces me dedico a la iluminación”, dice.
Muchos de los proyectos que Gustavo ha realizado son puestas en escena en las que utiliza bailarinas, luces y proyectores multimedia.
Continuamente recurre a espectáculos en vivo, pues cree que es ahí donde se concentra la energía.
Uno de sus últimos proyectos es el programa infantil La Lleva, una producción en la que participan varios países latinoamericanos y en la que Gustavo Domínguez participa como director en México.




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