Sunday 22 de January de 2017

Comunidades fantasma

Sus habitantes las abandonaron

     16 Jan 2011 00:50:45

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  • Se quedan solas Se quedan solas
  • En Las Lajas sólo quedan dos habitantes. (SILVIA VANEGAS) En Las Lajas sólo quedan dos habitantes. (SILVIA VANEGAS)
  • Las huellas de vida continúan en las detorioradas estructuras. (SILVIA VANEGAS) Las huellas de vida continúan en las detorioradas estructuras. (SILVIA VANEGAS)
  • A varias casonas en Las Lajas sólo les queda el casco. (SILVIA VANEGAS) A varias casonas en Las Lajas sólo les queda el casco. (SILVIA VANEGAS)
  • Al Puertecito se ha mudado gran parte de la gente de El Charco. (ALBERTO CARVAJAL) Al Puertecito se ha mudado gran parte de la gente de El Charco. (ALBERTO CARVAJAL)
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  • La Corona y El Charco se encuentran en la Sierra de Morones. (ALBERTO CARVAJAL) La Corona y El Charco se encuentran en la Sierra de Morones. (ALBERTO CARVAJAL)
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Solas han quedado 131 localidades de Jerez y 17 de Tlaltenango ante el abandono de sus pobladores, que obligados a buscar empleo y un hogar con los servicios básicos, dejaron el terruño hace más de seis años.
Con apenas cinco habitantes sobreviven 25 comunidades en Jerez y otras nueve en el municipio de Tlaltenango.
Ubicada a 5 kilómetros de la autopista Zacatecas-Jerez, la localidad Las Lajas se pierde entre la hierba que crece alrededor de sus rústicos muros, que en el pasado dieron cobijo a 18 familias.
Gran parte de sus fincas se desplomaron, otras, reciben visitas esporádicas de los descendientes de aquellos que con ilusión las construyeron deseosos de formar un hogar.
Aunque según el censo del 2005 la comunidad está completamente sola, aún viven dos personas que se resisten a salir del lugar.
A pesar de la falta de servicios como agua potable y drenaje, los dos pobladores confían en que pronto los tendrán.
“Llegará más gente y nos pondrán el agua”, dice don Arnulfo Esquivel.
El hombre comenta que muy pocas personas se fueron a  Estados Unidos, ya que los vecinos se dispersaron por  Jerez, Torreón y México en busca de empleo; “esto fue cuando llegaron los años malos”, resalta.
La migración inició a finales de  la década de los 80, pues las sequías prolongadas obligaron a los campesinos, incluso a ganaderos de toros de lidia, a dejar el terruño.
“Aquí nunca hubo una iglesia o capilla, cuando era niño Pascualita Correa nos ponía a rezar para que lloviera”, cuenta Esquivel.
El ganado bravo era propiedad de Esteban Duarte y su hija Evangelina, el resto de los vecinos tenían borregas, chivas, caballos y vacas, pero todo se acabó.
“Llegaron los años malos y muchos se fueron al pueblo (cabecera de Jerez) para que estudiaran sus hijos”, platica el hombre.
Unas cuantas  tierras son trabajadas por “medieros”, personas que las rentan, pero viven en rancherías vecinas.
Arnulfo Esquivel asegura que la comunidad fue fundada por Vicente Esquivel, quien se casó con Macedonia Duarte.
Su pariente llegó de Villahermosa, Tabasco, y después se fue con su mujer a Torreón, Coahuila, según le contaron sus mayores.  
El vecino cree que pronto regresarán algunos de los que viven en Estados Unidos, pues la situación es crítica en ese país y no tienen trabajo.
Don Arnulfo vivió allá durante 25 años.
“Al regresar me decían, tú estas loco por venir a vivir aquí, pero es un lugar tranquilo”.
Su único vecino habita a 100 metros de su casa y de vez en cuando reciben visitas.
Alberto Lira, habitante de Lo de Luna, recuerda que en Las Lajas se hacían “buenos bailes”.
“Aquí había conjuntos de cuerdas, música de la buena, tocaban cuatro o cinco señores, uno tocaba el violín otro la guitarra, aquí estaba bien concurrido, había muchas muchachas”, dice.
En cada casa vivían hasta tres señoritas, mientras que en Lo de Luna a lo mucho había 10, por lo que los vecinos se acercaban cada que había baile para conquistar a las jóvenes.
Sobreviven en Tlaltenango
En el municipio de Tlaltenango, las cosas no pintan diferente. Apenas seis comunidades alcanzan los 10 habitantes.
La Trucha, La Corona y El Charco son algunas de las rancherías que han sido abandonadas en los últimos años.
La Corona, considerada la localidad con mayor marginación en el municipio por el Consejo Nacional de Población, se encuentra en medio de la Sierra de Morones y sólo es posible llegar a ella a caballo, burro o mula.
Bernabé Lamas, uno de los nueve habitantes, asegura que su comunidad  formaba parte de un conjunto de rancherías que en las últimas décadas se fueron quedando sin un alma.
En el lugar faltan servicios básicos y la mitad de la población no sabe leer ni escribir.
Bernabé cuenta que los accesos son hacia Jalpa, donde hay un pequeña parte de camino para autos. Del lado de la sierra hay una brecha que sólo se puede pasar a caballo y une a la comunidad con  Morones.
El vecino asegura que gran parte de la gente se fue al municipio de Jalpa y unos cuantos a Estados Unidos.
La causa, enfatiza, la ausencia de servicios básicos, escuelas y empleo.
Todavía algunos acuden cada año para cultivar sus tierras y obtener algún beneficio, pero terminan sus labores y se van.
La comunidad de La Trucha se ubica al pie de la Sierra de Morones, a donde se llega únicamente a través de un camino de terracería en mal estado.
Lo habitan 11 personas, quienes además de sus tierras, trabajan en el vivero forestal.
Froilán Luna dijo a Imagen que alterna su residencia entre su lugar natal y la comunidad San Isidro, a donde acudió para que sus hijos pudieran estudiar.
Un caso peculiar
El Puertecito y El Charco, también de la Sierra de Morones, tienen una historia muy peculiar.
Los adultos nacieron en El Charco y hace unos 15 años decidieron fundar El Puertecito.
Debido a que el lugar se encuentra junto a la carretera estatal a Jalpa, los vecinos se vieron obligados a dejar la cañada en la que vivían, pues sólo así les fue más sencillo transportarse a la cabecera municipal usando el servicio de combis.
Allá, sus hijos podían estudiar y de requerirse atención médica, sería más sencillo llegar a un hospital.
“Los que nos subimos fuimos los que queríamos darle escuela a nuestros hijos porque allá todos estábamos grandes, se acabó la escuela porque ya no había niños, y teníamos que mandarlos hasta Las Azucenas, a tres horas de camino al día, aquí llegan en 15 minutos”, dice Raquel Flores Gordo.
La situación, cuenta,  era crítica cuando alguien se enfermaba de gravedad, pues tenían que sacarlo en camilla y cargarlo durante más de dos horas hasta  llegar a la carretera.
Ahí tenían que esperar otro tanto en lo que conseguían un “raite” para llevar al enfermo al hospital. El recorrido era toda una odisea para un convaleciente.
Poco a poco la gente se ha ido de El Charco para vivir en El Puertecito, aunque el cambio tenga un alto precio.
Mientras que en el primero hay un arroyo de aguas permanente, en su nuevo hogar están sin agua y deben acarrearla desde lejos para obtenerla.
Los habitantes comentan que hay cerca de 40 personas en El Puertecito y menos de 30 en El Charco, aunque no son cifras exactas, ya que gran parte de los vecinos pasa periodos prolongados en una u otra comunidad.
Según el censo del 2005, El Puertecito tiene 33 pobladores y El Charco, 30.
“La mayoría son gente grande, pero algunos tienen niños chiquitos, ya no tardan en subir para mandar a sus hijos a la escuela”, comenta Raquel.
Pese a vivir en lugares diferentes, las tierras de cultivo siguen estando juntas, en las cercanías de El Charco, a donde van los pobladores de El Puertecito a sembrar maíz para autoconsumo.
Aunque el cambio de domicilio les ha dado ventajas, la situación no ha mejorado en lo económico.
“La pobreza es la misma, arriba o abajo”, dice Silveria Flores Gordo.
Ésa, asegura, fue la razón por la que la gente se ha ido a la cabecera de Tlaltenango, a Jalpa o a Estados Unidos.

DE PIE 25 LOCALIDADES
de Jerez sobreviven con cinco habitantes. El Rancho San Isidro tiene uno solo.

LA CIFRA
3 comunidades de Tlaltenango tienen cuatro habitantes




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