Monday 16 de January de 2017

Dar clases de pintura es lo suyo

María de los Ángeles Santana de Nájera

     16 Jan 2011 21:09:53

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  • Angelita ha pintado toda su vida, aunque se ha dedicado más a dar clases en su taller. Angelita ha pintado toda su vida, aunque se ha dedicado más a dar clases en su taller.
  • Encontró su estilo en la pintura clásica. Encontró su estilo en la pintura clásica.
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A sus casi 70 años de edad, María de los Ángeles Santana de Nájera, llamada cariñosamente Angelita por sus familiares y alumnos, se considera una mujer afortunada que tiene el amor de su familia, la salud y la oportunidad de compartir sus conocimientos de pintura con generaciones de niños, jóvenes y adultos que han pasado por su taller.
Sin embargo, llegar a eso, pues al crecer en una época en que la mujer era educada sólo para casarse, ella decidió buscar su sueño y convencer a sus padres de que el arte era lo suyo.
Originaria de Guanajuato, Angelita primero quería estudiar violín, pues desde niña la música clásica era lo que más le gustaba, pero a la hora en que buscó la licenciatura en la Universidad Autónoma de Guanajuato, no había en ese instrumento, y entonces optó por entrar a la Escuela de Artes Plásticas.
Además de la pasión por la pintura que fue cultivando desde que tenía 14 años de edad, el amor por su familia la llevaría a tener una de las pruebas más grandes: la pérdida de dos de sus hermanas, Oliva y Rosalba. Ambas murieron muy jóvenes.
Oliva, quien era la mayor, nunca se casó, pero Rosalba tenía hijos. Angelita se dio a la tarea de estar al pendiente de ellos y darles el amor de madre que les faltaba para que tuvieran una figura materna y para que no se sintieran tan desprotegidos.
Este cariño ha sido recíproco desde entonces. Tan es así, que en las fiestas decembrinas, los hijos de su fallecida hermana, que viven en Parral, Chihua-hua, vienen a Zacatecas a disfrutar de la compañía de Angelita, su esposo y sus hijos.
Este mismo instinto maternal la ha acompañado a lo largo de casi 39 años como maestra de pintura.
Confiesa que jamás imaginó que enseñaría a tantas generaciones sobre pintura, pero dice estar segura de que ha sido una de las experiencias más enriquecedoras, por lo que quiere tener salud para seguir impartiendo clases en su taller ubicado en su casa en el centro de Guadalupe.

Quería tocar violín
A la edad de 14 años, Angelita ingresó a la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Autónoma de Guanajuato. Muy a pesar de sus padres estudió clases de pintura, que en esa época todavía no tenían el grado de licenciatura.
Pero poco a poco Angelita descubrió que era una disciplina para la que estaba hecha. “Pintaba mucho, ocho horas al día, a diario hacía un cuadro”, afirma Angelita.
Con esa tenacidad, se ganó una beca que le permitió costear los materiales, ya que utilizaba muchos botes de pintura y a veces no le alcanzaba.
Y conforme pasó el tiempo, sus padres José Santana y Paula Olmos apoyaron a su hija en esta etapa de su vida, a pesar de sus opiniones sobre su estancia en la universidad.
Angelita experimentó primero con el impresionismo, ya que su obra estaba influenciada por el arte de Vicent Van Gogh, pero conforme fue aprendiendo, descubrió que lo suyo era la pintura clásica, la cual se refleja en su trabajo desde entonces. Los bodegones y paisajes son algunos de los temas en los lienzos que ha pintado.
En su formación como artista participó en varios concursos.
Recordó un certamen que hubo en Aguascalientes, donde obtuvo el tercer lugar y una medalla de plata, así como su intervención en una de las primeras exposiciones colectivas de la Escuela de Artes Plásticas.
Pero la vida da muchas sorpresas, como dice ella, y fue en ese momento, hace más de 50 años, cuando conoció a Jesús Nájera, quien se convirtió en el amor de su vida.
Originario de Chihuahua, Jesús Nájera estudiaba Ingeniería en Minas, y al conocerla quedó enamorado de ella. Se casaron y tuvieron cuatro hijos: Jesús, Aída, Alejandro y Eduardo.
Y como ella considera que su prioridad es la familia y en segundo término está el trabajo, decidió pausar su carrera artística y dedicarse a cuidarlos en sus primeros años, ya que a cada uno debía darle el tiempo necesario.

Como en casa
La vida de Angelita y su familia cambió al mudarse a Zacatecas por cuestiones de trabajo de su marido.
En 1971 Zacatecas se convirtió en su hogar, y ahora que ya han pasado décadas en el estado, ella y su familia se sienten como en casa y afortunados de vivir en un lugar tan lleno de historia y belleza arquitectónica que Angelita admira cada fin de semana, cuando se traslada a la capital para caminar por el centro.
Al llegar a la ciudad, Angelita, quien tiene una fascinación por socializar con la gente, ya que “siempre se aprende algo de las personas”, no tardó en hacer amistades y dos años después retomó la pintura.
“Cuando llegué, mi esposo entró a la Asociación de Ingenieros de Minas, Metalurgistas y Geólogos en Zacatecas. Entonces se acostumbraba que cada vez que llegaba un ingeniero nuevo, las esposas de los demás ingenieros se presentaban con los recién llegados y así se iban conociendo”, explicó.
Relató que en una tarde de convivencia con las esposas de los ingenieros, una de ellas le preguntó que si pintaba, ya que había varias obras en los muros de la casa Nájera Santana, a lo que ella asintió.
Una de sus amigas presentes en esa ocasión le pidió que le diera clases a sus hijas, y aunque Angelita no quería porque alegaba que no pintaba desde que había dado a luz a sus hijos, finalmente accedió.

Maestra de generaciones
“Empecé con dos niñas de 9 y 10 años ahí en la salita de mi casa”, afirmó.
Con el tiempo, Angelita tuvo más alumnos que no sólo eran hijos de los ingenieros en minas, sino también de la colonia donde vivía, y así se fue corriendo la voz.
“Nunca imaginé que iba a dar clases. Incluso cuando vino mi mamá a la primera exposición que tuve con trabajos de mis niños, me dijo: ‘Ay hija, nunca imaginé que lo que tú estudiaras te redituara con tantas satisfacciones y económicamente’”, recordó.
Desde entonces, Angelita ha dado clases en varios lugares como en los salones del extinto Instituto Zacatecano de Bellas Artes (IZBA) y establecimientos en el centro. Duró 10 años en lo que hoy se conoce como el extemplo de San Agustín.
Sin embargo, encontró en su casa el lugar ideal para compartir sus conocimientos. Adecuó un espacio que tenía en la planta baja de su casa para que fuera el taller, y desde entonces se dedica a dar clases de pintura ahí de lunes a jueves.
Otra de sus virtudes, además de la sociabilidad, es la paciencia, el esmero y la dedicación.
Angelita considera que la dedicación y el esfuerzo deben ser cualidades fundamentales no sólo en quienes quieren aprender pintura, sino en los que desean salir adelante y luchar por lo que más quieren. Pero todo tiene un orden, como ella misma dice: “no se puede correr sin antes caminar”.
Por ejemplo, en su taller hay un pequeño cuarto al que le llama sala inicial. En este pequeño lugar el alumno aprende a dibujar, ya que la maestra advierte que no se puede pintar sin antes saber dibujar.
Una vez que aprenden, pasan a la sala de pintura, que está atiborrada de caballetes, cuadros, pinturas, frascos y objetos que sirven como modelo. Pero eso sí, todo en perfecto orden y en una armonía que difícilmente se rompe.

Sigue la tradición
Además de la docencia, Angelita ha expuesto en varios centros culturales y teatros, pero lo más satisfactorio para ella es sembrar esa semilla en los jóvenes y que algunos destaquen ahora en las artes plásticas o en cualquier otra profesión.
Entre los reconocimientos a su labor como maestra destacan el que le realizaron en 2010 en la Alianza Francesa, así como la distinción que recibió por parte del anterior gobierno estatal al considerarla una de las 10 mujeres más sobresalientes en Zacatecas.
Su hijo Eduardo Santana, quien lleva el apellido de su madre en honor a ella, imparte también clases de pintura en el mismo taller que la maestra, donde conviven y aprenden uno del otro.
Eduardo, quien es el menor de los hijos de la maestra, admira mucho a su madre porque además de ser la autora de sus días, le heredó el don artístico en la sangre y contribuyó en gran medida a su formación como pintor.
Entre las reliquias que guarda la maestra en su acogedora casa destaca el cuadro “Mis cosas”, que ella misma explica: “Es una de mis obras originales. Aquí está el violín, me gusta la música; el libro porque me gusta leer; los lápices y la paleta de colores por la pintura. La baraja, mi autorretrato y el Niño Dios, porque soy medio santurrona. Es algo donde yo me represento a través de un bodegón. Esta soy yo y aquí estoy”.
 




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