Sunday 22 de January de 2017

Difícil labor, ser maestra en tiempos violentos

Narra maestra las dificultades que enfrentan hoy en día los docentes

     15 May 2012 03:20:00

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“Yo creía que era buena maestra… ahora sé que no. Enseñar en tiempos de violencia no es fácil”, dice la profesora con un aire de decepción.
Durante los últimos 25 años ha dedicado su vida a la enseñanza en diversas primarias del estado, y aunque es maestra por azares del destino, al ir aprendiendo a enseñar se enamoró de su profesión.

Siempre se había desempeñado como maestra rural, incluso en escuelas multigrado en las que atendía simultáneamente hasta a tres grados distintos.
“Mi primer día frente a un grupo fue en Tlaltenango, llegué nerviosa, pero emocionada. Me fui a vivir allá debido a que yo radicaba en aquel tiempo en la capital, fue un gran cambio en mi vida, pues nunca me había separado de mis padres ni hermanos”.

Y ahí empezó la historia de la maestra.
“He recorrido varias primarias y siempre había sentido la satisfacción de saber que formaba hombres y mujeres de buenos sentimientos, con valores e inteligencia, hasta que llegué a la ciudad”, dice.
“En el último poblado estuve varios años, ahora los que fueron mis alumnos ya son padres de familia. Todos hombres y mujeres trabajadores y respetuosos y yo pensaba que porque les di las bases para serlo… ¡qué equivocada estaba!

“Hasta ahora veo con suma claridad eso de que tanto se habla, que todos dicen, que yo sabía que era así, pero que pocos hemos tenido el privilegio o desdicha de saberlo a ciencia cierta y corroborarlo con frialdad: que los valores y la cimentación para un buen ser humano, se dan en casa primero y luego en el entorno social.

“En la escuela uno se encarga de pulirlos, de resaltarlos, sobre todo en escuelitas como en las que yo daba clases, en pueblos y ranchos donde todavía se respeta al maestro como una autoridad, se le pide consejo, se le invita a las fiestas familiares…”.
La maestra comenta que ese rancho, de un puñado de casas, donde todos se conocen y todos se saludan, está alejado de la capital y de su cabecera municipal.

Ahí, dice, no existe el problema de la desintegración familiar a pesar del alto índice de migración que hay “porque si se va el padre, se lleva a la familia. Todos se van para ‘el norte’ para que la mujer no batalle sola con los hijos”, explica la maestra.
Refiere que en ese rancho todavía todos los padres de familia vigilan que sus hijos hagan la tarea, participan en las actividades escolares y están pendientes de todo lo que les pasa a sus hijos, “esa es la gran diferencia”.

Además, considera como fundamental que hay maneras diferentes de diversión y distracción, “casi no ven tele y sus juegos son en familia, también eso tiene que ver”.
Por todo ello dice que “esa putrefacción social que camina como cáncer”, es decir, la violencia, la delincuencia, el crimen, la tomó por sopresa cuando llegó a una escuela urbana.

Sin saberlo, llegó a ser la maestra de los hijos y hermanos de los pistoleros que protagonizan enfrentamientos y matanzas a lo largo y ancho del país y “aquí mismo”, dice.
“Me enferma escucharlos hablar. No sé qué consejos darles. No sé de pronto cómo actuar. Llego totalmente desmoralizada a mi casa después de un día de clases”.

Con una tristeza que aunque no se puede tocar se ve en los ojos de la mujer de 58 años narra lo que califica como una aberración.
“Me tocó el turno vespertino. Uno no elige a sus alumnos, pero yo daría todo por sólo dar mi clase sin oír las platicas entre los alumnos.
“Ya no puedo decir que son mis niños, porque aunque tienen cuerpo de niños, su inocencia ha desaparecido”.
Cuenta con horror cuando uno de sus educandos se acercó para platicarle que su hermano había salido victorioso en un enfrentamiento, “lo admira tanto, que quiere ser como él cuando en cuanto lo acepten en su grupo”.

Lo peor, dice, es que cuenta “las hazañas” de su hermano y los demás alumnos las siguen con interés, quieren saber más y quieren ser como ese hermano.
“Las conversaciones de estos niños no son de juegos ni de tareas ni del programa de tele que les gusta. Hablan de armas, de muertos, de drogas…”.

Una de sus alumnas, próxima a concluir la primaria, platica cómo es que tiene relaciones íntimas con varios hombres… “ella es hija de una prostituta que dicen se enredó con uno de esos que uno no quiere mencionar para no invocarlos”.
“A principio del año, un niño se me acercó para platicarme las cosas que veía en su casa, cosas que nunca me hubiera imaginado que sabría tan de primera mano… me vi en la necesidad de decirle que no me hablara, que se limitara a asuntos de la escuela”.

“Y a todos debo ver como alumnos, no debo hacer distinciones, pero ¿cómo?, que alguien me diga como cerrar los ojos para no ver y los oídos para no oír”.
Esos tres alumnos son suficientes para que el grupo no marche bien. Los padres de familia no acuden a las reuniones, no participan “y estoy segura de que ni siquiera se dan cuenta que están desviando a sus hijos, que los están arrastrando a una muerte temprana casi segura…

“Cuando hago este recuento y comparo mi desempeño con el de los pueblitos pequeños, me doy cuenta de que no soy una buena maestra… las circunstancias me ayudaron”.




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