Tuesday 24 de January de 2017

Dignidad

     22 Apr 2011 04:00:00

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A mi padre…
Mi padre formaba parte de una familia que emigró de San Luis Potosí a Monterrey por carencias económicas, aunque él nació ya en la tierra del Cerro de la Silla. Era artesano de profesión y estaba dedicado a la restauración de muebles antiguos, al igual que mi abuelo.
 Recuerdo la fascinación que me producía ver transformado un mueble viejo -digamos, una silla- en otro que a mis ojos de niña le parecía un objeto de lujo, gracias a las manos de varios artesanos que en distintos talleres cambiaban la tela raída, tejían el bejuco, resanaban y pintaban la madera.  
Quienes laboraban en aquellas tareas lo hacían con dignidad y orgullo, aunque había temporadas invernales que los ingresos disminuían porque el mal tiempo, el chipi chipi regiomontano, impedía que la pintura se secara y atrasaba con ello la entrega de los muebles.
Para sortear las malas épocas, mi madre vendía ropa, artículos de belleza, enseres domésticos, pero aun así era difícil sobrellevar la casa con cinco niños que requerían alimento, útiles escolares, uniformes, zapatos, si bien la prioridad siempre fueron los estudios, cursados en escuelas públicas que, no obstante, exigían gastos al inicio de los ciclos escolares.
Guillermo, mi padre, amaba su trabajo, pero sabía que los buenos tiempos de los artesanos tenían sus días contados y nos inculcó el sueño de poseer un título de licenciatura que todos finalmente alcanzamos, trabajando de día y estudiando de noche.
Entre los afanes de la vida cotidiana transcurrió mi infancia con muchas más alegrías que sinsabores, acompañada del canto de mi madre y el buen humor de mi padre, gustosos ellos de los días de campo, las fiestas, las pláticas de sobremesa. De especial manera recuerdo cuando todos montábamos en el coche viejito que compró papá y nos íbamos a dar “la vuelta del loco”, que significaba pasear por la ciudad por el sólo gusto de recorrer juntos las calles, sin detenernos a comprar nada.
Aquel ambiente alegre y festivo vivido en mi casa era similar en los hogares del círculo de amigos de mi padres, cuyos miembros crecieron en el mismo barrio desde de la infancia; eran personas de bien, honradas y trabajadoras, que sabían disfrutar la vida con los pocos recursos poseídos.  
Ahora pocos hablan de la dignidad de la pobreza. Unos porque han aprendido que el éxito se mide por los bienes materiales acumulados; otros porque suponen que entre los pobres se anida el futuro malhechor, diagnóstico este último que repiten los analistas políticos “de izquierda”, cuya burda generalización es producto de mentes cansadas y anodinas. La pobreza también se puede vivir con orgullo, honradez y gozo.  

*Miembro del Sistema
Nacional de Investigadores




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