Sunday 22 de January de 2017

Doña Inés y la creación

     3 Jun 2011 04:00:00

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Cerca de casa, afuera de una tienda de conveniencia, siempre está una viejita que permanece sentada en el piso de la calle, junto a la puerta de la entrada, desde muy temprana hora y casi hasta el anochecer.
Se llama Inés y es oriunda del estado de Oaxaca, aunque nunca me ha comentado en qué comunidad nació, pues resulta difícil charlar con ella porque casi no habla español y tiene problemas auditivos. Además, es muy tímida y su hilito de voz apenas se escucha entre el ruido de los coches.
Vende chicles, dulces y semillas de girasol que están acomodados en una canasta de palma, pero lo admirable de ella es que pasa horas y horas cortando y cosiendo pedacitos de tela para hacer muñequitas de trapo que ofrece a quienes nos acercamos a su pequeño rincón.
Casi no levanta la vista, jamás pide limosna, pero con frecuencia algunas personas se acercan a darle algo de dinero, acaso porque llama la atención el afán que pone en su cotidiano quehacer. Invariablemente, después de recibir la moneda o el billete, ofrece una de sus muñequitas como muestra de gratitud y guarda con cuidado el dinero recibido en una bolsa de su larga falda.
A mi me genera mucha ternura su imagen. Le guardo cariño aunque hable poquito con ella y no conozca casi nada de su vida. El otro día me senté a su lado y le pregunté si me podía enseñar cómo hacía las muñecas. Ella sonrió, bajó la vista y, con murmullos que no pude descifrar, me fue explicando cómo cosía un vestidito para una muñequita de trapo que tenía al lado.
De vez en cuando volteaba de reojo a verme, murmuraba algo, bajaba la cabeza y seguía con su costura y su indescifrable explicación. Al final, me regaló su obra con evidente satisfacción. Yo le pregunté, entonces, si le gustaba hacer aquellos pequeños objetos.
Su respuesta sin mediar palabras (lo hizo a través de gestos y movimientos) me  sorprendió. Levantó el montón de retazos de tela -que en realidad eran deshechos de ropa vieja-, los puso en mis manos y rápidamente me los quitó, como para demostrar que no tenían valor alguno, en sí mismos.
Después tomó las cuatro muñecas que ya estaban terminadas y me enseñó con cuidado los detalles de las figuras: sus caras con pedacitos de tela roja que simulaban las bocas, los sombreritos de palma amarrados con mecate delgadito, los vestidos rojos y anaranjados, así como una especie de pulseritas trenzadas. Por primera vez me miró de frente, sonrió de nuevo, guardó sus muñecas y siguió en lo suyo.

*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores




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