Thursday 19 de January de 2017

Doña Julia, una historia de esfuerzo, tenacidad y sabor

Julia Bañuelos de García, un ejemplo de trabajo en Zacatecas

     21 Oct 2012 03:20:00

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  • A pesar de las luchas su negocio ha prosperado. A pesar de las luchas su negocio ha prosperado.
  • Julia Bañuelos ha sido galardonada por su dedicación. Julia Bañuelos ha sido galardonada por su dedicación.
  • Medios televisivos han hablado del sabor y tradición. Medios televisivos han hablado del sabor y tradición.
  • Han sido reconocidos por su buena comida. Han sido reconocidos por su buena comida.
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Pocas mujeres en el estado tienen el mérito de haber empezado de cero y lograr el éxito personal sin tener que recurrir a otra cosa que no fuera su propio esfuerzo y ganas de salir adelante.
Julia Bañuelos de García, mejor conocida como doña Julia, fue la mujer que creó el sabor característico de uno de los platillos más conocidos en Zacatecas, las Gorditas Doña Julia.
Hija de una familia humilde, doña Julia es originaria de Guadalupe, donde vivió con sus padres y tres hermanos más.
Su padre trabajaba en una harinera local donde le pagan 25 pesos semanales que medio alcanzaban para cubrir los gastos básicos.
Por la misma precariedad en la que se desarrolló no alcanzó a estudiar más allá del segundo año de primaria y a los 12 empezó a trabajar cuando era común que los hijos apoyaran con la economía familiar.
“Yo ambicionaba estudiar pero cuando me di cuenta que no era posible me enfoqué a realizarme trabajando”, comenta.
Su primer trabajo fue en un restaurante donde se quedaba todo el día lavando trastes. Aunque no recuerda de cuanto fue su primer pago, explica que empezó a ambicionar ganar un poco más.

Buscando un futuro
Una señora que era muy conocida en Zacatecas llamada María de Jesús Ávila, que la apreciaba mucho la llevó a trabajar a su cocina, donde su labor consistía en preparar la comida para el esposo de la señora.
Su salario era de 50 pesos al mes.
Después de eso una amiga la llevó a trabajar al Hotel Reina Cristina, que posteriormente cambiaría su nombre a Hotel Emporio.
Ahí las cosas cambiaron para bien puesto que su sueldo fue de 25 pesos diarios, aunque con la desventaja de que no era de planta y todos los días tenía que ir con la esperanza de que le dieran algo que hacer.
“Yo lo que quería era ayudar a mis padres a salir de pobres y llevar algo de comer a la casa”, recuerda doña Julia.
Poco tiempo después, el doctor Pérez Carranco, dueño del Hotel Casa dela Moneda, quien era director de los hoteleros del estado, en acuerdo con el gobernador Pedro Ruíz González, tuvieron la iniciativa de mandarlos a capacitarse.
“Se les ocurrió mandarnos a México a tomar un curso que duró un mes en el Centro de Adiestramiento para la Industria Hotelera”, dice.
Explica que fue un grupo de ocho o 10 personas que recibieron su título de instructores y que fue en ese curso donde aprendió las bases de lo que era una cocina.
Narra doña Julia que al poco tiempo de regresar de México se abrió el Hotel Parador, que empezó a solicitar empleados.
“Yo me sentía capacitada para un puesto mayor así que pedí trabajo y me lo dieron. Me fue mejor porque ganaba 50 pesos diarios ya que había eventos diarios y venía mucho turista”, comenta.
Por esos días también tuvo un logro muy importante, ya que se desempeñó como instructora en el Seguro Social, donde abrieron unos cursos de Gastronomía.
Comenta que poco tiempo después entró a trabajar en el Hotel Aristos, lugar donde conoció a su ahora esposo, Javier García. Dice que en ese lugar despidieron a dos chefs, al primero por irresponsable y al segundo porque tomaba mucho, hasta que decidieron dejarla a ella como encargada.
“Tenía bajo mi responsabilidad a 10 hombres, pero yo ya me sabía todo lo que se debía hacer, lo que se debía comprar, así que nunca tuve ningún problema. Fue un trabajo en el que duré siete años”, recuerda.
Después vino un cambio que le perjudicó de manera radical, ya que cambiaron al gerente y el que llegó en su lugar no le simpatizó y la empezó a hostigar hasta generar su salida.
Por aquel entonces ya tenía a su primer hijo. El sindicato de trabajadores ofreció ayudarle con su caso pero ella optó por salirse e ir a alcanzar a su esposo, que para entonces ya estaba trabajando en un hotel en Puerto Escondido, Oaxaca.
Esa fue una de las decisiones de las que más se arrepintió ya que dice que nunca pudo adaptarse al clima, por lo que decidió regresarse a Zacatecas, y al poco tiempo su esposo hizo lo mismo.
Fue aquí donde empezaron las precariedades para la familia García Bañuelos. Sin un peso y una familia que mantener empezaron a buscar qué hacer.
Su mamá tenía un puesto donde vendía loza y ante la necesidad, se lo pide prestado para vender comida. Su madre accede pero con la mala suerte de no atinarle a lo que la gente quería.
“Nos la pasábamos de 7 de la mañana a 6 de la tarde en el puesto y nada. Ofrecíamos enchiladas, flautas, refrescos y café pero nada se vendía”.
“En tiempo de Semana Santa vendí pipián en el mercado, donde nos fue bien, pero sólo por temporada, después lo intentamos con tamales y atole champurrado, donde tampoco tuvimos el éxito que queríamos, sólo los sábados y domingos era cuando vendíamos más o menos bien”, recuerda.

Sacando para la gorda
Para ese entonces ya tenían dos hijos y no alcanzaba. Algo curioso es que la gente desde hacía tiempo les venía insistiendo que vendieran gorditas pero ella no estaba muy convencida y aparte no sabía prepararlas.
Fue una tía la que le enseñó a hacerlas.
Explica que batalló los primeros días pero fue ahí donde sintió que se fue consolidando el negocio. Empezaron con un anafre, después les alcanzó para comprar un comal y un tanque de gas y más adelante una estufa de cuatro parrillas.
Cuando empezaba a irles mejor su mamá le pide que desocupe el puesto, lo cual significó tener que dejar tanto el negocio como a sus clientes.
Su esposo, dispuesto a que no se perdiera lo que empezaban a lograr, se dedica a buscar un puesto y fue entonces que dio con el señor Roberto Díaz y su esposa Conchita, quienes les dejan instalarse a unos cuantos metros del mercado de Guadalupe, donde el negocio empezaría a funcionar.
“Empezamos con una cazuelita, pero poco a poco fue aumentando la cantidad al grado de tener que contratar a una empleada”, explica doña Julia.
Finalmente la cantidad de gente que empezó a buscarlos y el hecho de tener ya tres hijos complicó el hecho de que ella preparara personalmente la comida.
Al mismo tiempo el local de La Alameda se volvió insuficiente y empezaron a crecer hasta llegar a como ahora se les conoce.
Si algo ha caracterizado a doña Julia es la sencillez con que se han conducido desde siempre.
Dice que gracias a muchas experiencias negativas se han enseñado a aceptar a toda la gente.
Y resume: “Quiero mucho a Dios, a mi marido, a mis hijos, pero sobre todo a la gente que a diario nos compra. Aprende uno a valorar. Solamente el que no sufre no valora nada de lo que Dios nos da”.

alemora@imagenzac.mx




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