Friday 20 de January de 2017

El amor en tiempos de vejez

Cartas desde el exilio

     4 Feb 2013 03:30:00

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Magras, contundentes, precisas y descarnadas son las películas de Michael Haneke. Sus narraciones están desprovistas de adornos y aderezos hollywoodenses, van directo al grano, están montadas sobre una retórica cinematográfica sobria y sencilla.
Acaso por ello, cuando ha tocado el tema de la violencia, la representación de ésta aparece cruda y despiadada, como ocurre en las perturbadoras obras Funny Games y La cinta blanca.
Ahora Haneke regresa con un relato conmovedor sobre el ocaso de la vida humana: Amour.  
El título anticipa el sentido del filme, aquello que es indecible: sólo el amor preserva la dignidad de la vida frente al insaciable apetito del tiempo, tiempo absoluto e indiferente que devora seres y personas, tal y como lo representó pictóricamente Goya en su cuadro Saturno devorando a un hijo.
El tema se despliega a través de una trama humilde y seca, protagonizada por una pareja de ancianos que vive el crepúsculo de sus días dentro de un departamento parisino.
En este microcosmos de intimidad y soledad, la decadencia, poco a poco, anuncia el final de la existencia; paso a paso va destruyendo cuerpos, mentes y recuerdos, pero con ritmos diferentes y compases distintos.
Así, la tensión dramática emerge de este desfase, Georges contempla el decaer acelerado de Anne, su eterna compañera, pero lo hace desde la fragilidad de su propia condición.
Es un viejo pianista cuya lucidez le permite tener plena conciencia del agotamiento suyo y el de su mujer. A esta pesada carga de tragedia, se añade el fardo del dolor por el deterioro irreversible de Anne, quien postrada en la cama sólo repite, una y otra vez, la palabra: duele.
Es el dolor de quien está en el mundo sin poder vivirlo ni disfrutarlo, de quien comienza a percatarse de que es un estorbo familiar y social, sobre todo en una época donde la vejez se concibe como etapa improductiva e indigna.
El viejo no sólo padece las calamidades de la consunción corporal y la impotente dependencia de los otros para mal vivir, sufre las tropelías de un mundo que fue hecho exclusivamente para goce de los “productivos” y “vigorosos”.
A pesar de que Georges enfrenta la situación con heroísmo, incluso rechazando la intromisión de su única hija, la fuerza del ocaso es desmesurada y humillante la circunstancia existencial.
El declinar también lo llama y, por ese motivo, elige su último acto de amor y libertad, sin derramar una sola lágrima.

*Miembro del SNI
 




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