Tuesday 17 de January de 2017

El árbol de la vida

CARTAS DESDE EL EXILIO

     24 Oct 2011 03:30:00

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Salí del cine con un sabor indescriptible, se mezclaban en mi boca extractos de perplejidad, dolor, cabreo, compasión y amor.
El viernes pasado marché de la sala fílmica tocado por el inquietante discurso del cineasta estadounidense Terrence Malick, y el olor de las palomitas me parecía vergonzoso.  
Su más reciente película , “El árbol de la vida”, somete al espectador a una compleja trama de ideas teológicas, imágenes poéticas  y sonidos  terrenales que nada tienen que ver con el cine chatarra ofrecido por los circuitos mercantiles.
Ni siquiera uno de los supuestos santones de la crítica regiomontana pudo mantener el tipo durante la proyección, a ratos se le escuchaba dormitar o contestar sin reparo alguno el arrogante celular. No sólo el olor de las palomitas me generó náusea.
El filme une el origen del cosmos  con el de la vida entera, pero lo hace recurriendo fundamentalmente a la imaginación visual. Incluso cuando la palabra aparece el predominio de aquélla persiste.  
De la mano del libro bíblico de Job, Malick diseña laberintos reflexivos cuyo centro tonal es el misterio de la vida y, en consecuencia, de la muerte. Con el fallecimiento de uno de los tres hijos de la familia O’ Brien se dispara este viaje poético que va de la tragedia familiar a la pregunta por el sentido del existir.
Del abismo del dolor brota el pensamiento y se despliega por dos caminos opuestos que a veces se intersecan.
Un sendero discurre por el vitalismo salvaje de la naturaleza, el otro, por el camino místico de la gracia divina. Esta relación contradictoria entre lo transcendente y lo mundano disemina torrentes de paradojas que al final de la película se reconcilian por medio de la fe.  
Así, las fracturas propiciadas por el ciego devenir de las pulsiones naturales, en cuyos pliegues anidan la creación y la destrucción, la armonía y la violencia, quedan superadas por la fraternidad celestial. Allí, hijo y padre disuelven disputas, ofensas y rencores; y lo accidental desaparece para unirse a lo eterno.
No comparto la ideología cristiana de Malick, el final me parece cursi en extremo porque intenta exorcizar la compleja y dolorosa formación de los seres humanos, magistralmente dibujada en su filme, mediante una letanía reconfortante del amor trascendental.  
El cineasta prefirió suturar las heridas abiertas por el trasiego existencial a dejar expuestas las vísceras del sufrimiento y del afecto humanos. Optó por expresar la solución personal más que dejar sumergido al espectador en un estado de búsqueda.
No obstante, la película es bellísima por su lenguaje y perturbadora por el contenido enigmático que despliega. Ojalá llegue pronto a Zacatecas.

*Miembro del SNI
 




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