Wednesday 18 de January de 2017

El arte de trepar

     17 Sep 2012 03:30:00

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Un país tan intoxicado por la política como es el nuestro, difícilmente logrará destacar en las disciplinas científicas y las diversas prácticas culturales, incluido el ámbito de la educación. Empresarios, sindicatos, dirigentes partidarios, legisladores, burócratas y administradores están más preocupados en mantener sus intereses que en eliminar las rémoras heredadas desde hace décadas por las relaciones de poder.
Cada uno desea manipular los saberes, las artes y la cultura para plegarlos a sus particulares expectativas e intenciones. Los magnates de la economía aspiran a edificar un sistema educativo que sea funcional a las chatas necesidades de la economía de mercado, impulsando una ética del éxito que ya ha mostrado sobradamente el rostro zafio y voraz que le es inherente.
No se requiere ser sabio para comprender cómo una moral que pone exclusivamente la atención en la acumulación de riqueza termina por convertir a los ciudadanos en seres ignorantes y anti-cívicos, preocupados más por el “tener” que por explorar la capacidad inagotable del ingenio y la creación de lo probable pero, también, de lo improbable .
No es casualidad que miles de personas hayan optado por los atajos de la delincuencia y la violencia. Conseguir el ansiado botín, que jamás obtendrían con los anémicos salarios establecidos por los negocios y las instituciones, parece ser la única meta que persiguen para ganarse un lugar en este mundo globalizado.
Por otro lado, los sindicatos y las corporaciones populares persisten en su adicción a los líderes inveterados y crápulas que se enriquecen a costa de la fuerza monolítica que gestionan. Da lo mismo que nuestros niños y jóvenes sean educados en una atmósfera de cruel ignorancia y desprecio al pensar y al comportamiento realmente democrático.
Todo se ha convertido en un mercado de votos. No sólo se sufraga en las elecciones gubernamentales, también en universidades, colegios, sindicatos y en los monstruosos gremios artísticos maiceados por el Estado. Y como los votos cuestan demasiado, la política penetra sin decoro en la casi totalidad de las actividades cotidianas, promoviendo degradantes rituales de corrupción y de silenciosa y convenenciera complicidad.
El chiste es generar un entorno de pacífica simulación donde los más avezados en el arte de trepar mantengan sus privilegios. Mientras tanto, algunos de los habitantes más trabajadores e inquietos mentalmente tienen que salir al extranjero para obtener las plazas que miles de agrestes incondicionales les birlan día a día.
Parece imposible, entonces, mantener un talante optimista respecto de las nuevas reformas que se proponen A menos que los políticos en un acto de sorprendente dignidad decidieran abolir sus particulares intereses para dedicarse por entero a reconstruir el país. ¿Sería posible?

*Miembro del SNI

 
   




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