Tuesday 17 de January de 2017

El centro, de la mujer

ORDENANDO EL CAOS

     31 Jan 2012 04:00:00

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En las ciudades, aún en las de mediana talla, la cercanía o lejanía se mide a partir del centro, aunque a menudo la explosión demográfica haya dejado esa zona más bien, como dijera un taxista, en el centro-norte, centro-poniente o centro-oriente, según sea el caso.

“Es que vivo muy lejos”, le dice una nueva comadre a otra, y la receptora asume que se refiere a las entrecalles de Hidalgo y Aldama. Siendo así, el centro de cualquier persona, animal o cosa, es punto y aparte en la vida de uno.
Sirva esa introducción para aclarar cuán importante es el centro en la vida del ser humano en general, pero tratándose de la mujer, caramba, señoras y señores, es un asunto de vida o muerte. Gran parte de la vida femenina se aboca al estudio concienzudo de todas las clases de centros. Llegando la edad pertinente, es decir, cuando ya la mujer es una señora casada y con hijos, hay uno que se vuelve fundamental: el centro de mesa.
Sé de cierto que muchas féminas preparan su entrada triunfal al salón de fiestas con la debida anticipación; algunas hasta son capaces de brincarse la misa de los 15 años o la boda con tal de arribar al centro social antes que cualquiera otra de esas mujeres avorazadas capaces de todo por quedarse con el artilugio.
A veces el adorno de marras consiste en una linda canastita llena de galletas. En este caso, la ganona guarda el premio con todo y relleno y que vayan a bailar a Chalma los demás. La bolsa de mano queda azucarada por demás y el resto de las invitadas con mirada amarga. El caos se presenta cuando se trata de esos vitroleros gigantescos a los que, por si fuera poco, le agregan un enorme alcatraz recién cortado con agua azul y canicas variopintas.
Los maridos se hacen de la vista gorda para evitar que la consorte les pida esconder entre sus piernas el centro de mesa en cuestión cuando, en realidad, ellos les están echando el ojo a una botella de licor bien forrada entre tules y listones.
Las damas se ponen de acuerdo y sacan de quién sabe dónde, unos papelitos numerados para rifar el adorno y, civilizadamente, quedando de acuerdo con quien resulte agraciada. Así, todas felices, la ganadora se pasa la fiesta cargando el premio y salpicando de agua colorida a medio mundo.
No me lo van a creer, pero he sabido de amistades rotas y familias descompuestas por culpa de un centro de mesa. He pensado en una campaña para quitar esa tradición, pero cabe la posibilidad de que alguien quiera llevarse la mesa en prenda.
PD. Mil gracias a don Manuel por su consejo con el asunto de las tarjetas, y a Lucía G. Carver por sus pensamientos.

dreyesvaldes@hotmail.com




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