Wednesday 18 de January de 2017

El corazón de una madre

Aceptó criar a una niña que le encargaron

     10 May 2011 03:20:00

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  • Claudia no pudo adoptar, pero es una madre de verdad para la pequeña. (ANTONIO RODARTE) Claudia no pudo adoptar, pero es una madre de verdad para la pequeña. (ANTONIO RODARTE)
  • Se ha ganado con amor el corazón de una niña.(PHOTOS.COM) Se ha ganado con amor el corazón de una niña.(PHOTOS.COM)
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ZACATECAS.- Era una tarde calurosa de mayo. Estaba por terminar mi jornada como maestra de primaria cuando de pronto fueron a avisarme al salón que una mujer me buscaba.
Mi respuesta fue que le dijeran a esa persona que esperara unos minutos si no le importaba, pues estaba por terminar la clase.
La mujer, de más de 50 años, por lo menos esos aparentaba, me esperó en la puerta principal de la escuela. Iba vestida con una falda recta café de poliéster que le daba debajo de la rodilla y una blusa negra, medias color carne y zapatos negros de piso. Llevaba de la mano a una niña muy inquieta.
Al verme, la mujer de cabello corto y gris se dirigió a mí.
“¿Es usted la maestra Claudia? La vengo a buscar porque me dijeron que usted me podía ayudar, me dijeron que es usted muy buena persona”.
No supe qué contestar en ese momento, sus comentarios me tomaron por sorpresa.
Sin más preámbulos me dijo, “le traigo a mi nieta. Se llama Cristina, tiene 2 años, pero ya no sé qué hacer con ella ni a dónde ir. Yo estoy muy vieja tengo qué trabajar en lo que me salga para comer y no la puedo atender”.
Pensé que lo que me estaba pidiendo era asesoría de a dónde ir con la niña. Pero pronto se aclararon las cosas.
“Mire, yo sé que usted la cuidará como si fuera su hija. Yo no puedo tenerla, mi hija, su mamá, es drogadicta, no sabe siquiera quién es el papá de la niña, ahora mismo está embarazada y tampoco sabe quién es el papá de la criatura.
“Vivo en a las orillas de la ciudad, con mis otros dos hijos que también me salieron mal, son muy borrachos y viciosos, ya no puedo con ellos, a cada rato se pelean entre ellos y hacen cosas y pos no quiero que la niña crezca viendo todo eso”, dijo esa mujer de mirada dura y penetrante.
En ese momento no supe qué hacer. Mi hijo menor para entonces ya tenía 6 años y el mayor 14, ya no estaba en mis planes otro hijo y menos en esas circunstancias.
La abuela de Cristina me pidió que no dudara de ella, que me la daba para que la niña tuviera una mejor vida, que no iba a haber reclamaciones y me invitó a su casa para que viera que no mentía.
No pude negarme, estaba muy conmocionada. Le puse atención a la niña, debajo de sus cabellos castaños enmarañados, su cara sucia y con una mirada dura, debía haber la inocencia y tranquilidad que sólo la niñez puede dar y que en algún momento ella había perdido.
Fui con ella a una colonia como de paracaidistas, de esas en las que todavía no hay agua ni luz ni drenaje. Entramos a una casa que parecía todo menos un hogar, había basura por todas partes. Las envolturas de golosinas se confundían con los paquetes de cigarros y envases vacíos de cerveza. Era deprimente.
“Aquí vivimos”, dijo la mujer y me explicó:
“Todos los días me salgo desde las 7 de la mañana para alcanzar a llegar temprano a la casa donde trabajo, cuando salgo, me voy a con otra señora a ayudarle a lavar y planchar ya llego aquí como a las 6 o 7 de la tarde, cansada, a esa hora empiezo a buscar a la niña y a ese hora le doy de comer lo que pude conseguir”.
Y la mamá de la niña, ¿qué no la atiende?, pregunté.
“No maestra, le digo que anda mal, por eso no quiero que mi nieta vea todo esto, para que no siga los mismos pasos y con usted estará bien”.
El corazón se me arrugó, no fui capaz de dejar a Cristina en ese lugar y me la llevé sin pensar en consecuencias.
Fue muy difícil al principio, pues tuve que enfrentarme a la desaprobación de mis tres hijos, al qué dirán y al gran reto de ganarme la confianza de Cristina.
Cinco años después
Han pasado cinco años. Cristina cursa el tercer año de primaria. Ya es una niña sociable, ya no pelea y ya aprendió a comer lo que se sirve a la mesa.
Atrás quedaron las noches de desvelos porque la niña tenía pesadillas, los pleitos porque ella, uraña y agresiva, les pegaba de la nada a mis otros hijos.
Mi familia y yo hicimos un esfuerzo y fuimos a terapia. No pasó mucho tiempo cuando casi sin darme cuenta ya me decía mamá y los más grandes la cuidaban y protegían como a su hermana menor.
Aunque intenté adoptarla legalmente, me desanimé porque soy madre sola, con tres hijos más que mantener y eso entonces era un obstáculo para la adopción.
Así que legalmente funjo como su tutora, aunque en mi corazón es mi hija, la pequeña a la que quiero igual que a mis otros hijos, porque aunque no creció en mi vientre creció en mi corazón donde se ha ganado un lugar especial.
Cristina sabe que no soy su madre biológica, pues su abuela no ha dejado de visitarla y algunas veces su mamá, incluso le han dicho, creo que a manera de broma o para ver qué hace, que si se regresa a su casa y ella contundente dice no.
Este mayo harán cinco años en que llegó a nuestras vidas con dos pantalones, tres blusas, un vestido y un par de zapatos muy gastados; con el cabello crespo, la piel seca y sin confianza en los demás, siempre estaba a la defensiva.
Cambió nuestras vidas, las de todos, la mía y las de mis otros hijos; por eso aunque cumple años en diciembre, también la festejamos en mayo; para estas fechas el año pasado la bauticé en la Iglesia Católica como a todos mis hijos y ya la preparan para la primera comunión.
Creo que es feliz porque tiene una vida de niña. No se preocupa por defenderse del que está al lado ni por qué comerá ni tiene más miedo a la oscuridad.
No puedo decir que su abuela y yo somos grandes amigas, pero llevamos una relación cordial.
Me siento agradecida con Dios y la vida, porque no sólo he sido bendecida con la dicha de ser madre, de sentir crecer la vida dentro de mí, sino por encontrar el amor donde nunca pensé encontrarlo.




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