Sunday 22 de January de 2017

El cuarteto prodigioso

Cartas desde el exilio

     12 Sep 2011 03:30:00

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Conquistaron su independencia económica tocando en bares y fiestas, acompañando a borrachos necios en las cantinas donde se daban cita los pudientes de la ciudad.
Pasaron encerrados durante cientos de horas en distintos estudios de grabación con artistas de medio pelo deseosos de editar un disco. Así lo habían planeado, trabajar en lo indeseable para luego hacer lo deseado.
Tom es un pianista prodigioso que no sólo interpreta con excelente técnica obras complejísimas, sino que además materializa sus propias fantasías experimentales. Proviene de una familia humilde de vocación musical centenaria y poseedora de un explosivo sentido rítmico bio-tribal. Acaso por ello, Tom domina el lenguaje y los estados del cuerpo como pocos. Lo he visto componer una obra a partir de un simple guiño corporal. Huyó tempranamente de los géneros y estilos dogmáticos para abrazar el mestizaje cultural.
Cuando Tom explica a Pedro, portentoso baterista del grupo, el nacimiento del ritmo suele recordarle que este ha surgido de una explosión de energía que luego se transformó en patrones de repeticiones y diferencias, de recurrencias y dispersiones azarosas; conjugando crepitaciones abismales y arabescos formales. El cuerpo es, para él, entre otras cosas, encrucijada de energía y tiempo.
Poncho, quien socarronamente llama Dalai a Tom, participa en la construcción del discurso rítmico. Antes de tocar la batería, memoriza el patrón general y lo interpreta con el cuerpo, como si fuera un bailarín místico. Después comienza la habitación poética y erótica de tiempo y espacio mediante la conjunción de múltiples cadencias rítmicas que parten de la soberanía de las distintas partes del cuerpo hasta tejer una red simultánea de persistencias, síncopas y fragmentaciones improbables.
El virtuosismo de Poncho es resultado y no fin, siempre producto de la expresividad infinita del ritmo encarnado en el cuerpo.
Jorge da continuidad a este desplegarse del ritmo con el bajo y el contrabajo. Al mismo tiempo, participa en la construcción armónica de las obras. Proporciona los cimientos de la arquitectura musical y, junto a Poncho, construye los andamios del espacio poético del tiempo. Es un hombre bisagra: terrenal y etéreo.
Ray sube a la estratosfera montado en su vieja guitarra Fender, aquella que le regaló su tío Armando sin imaginarse el giro que provocaría en el destino suyo.
Dotado de un oído asombroso y un instinto brutal, Ray hace hablar y contorsionarse a la guitarra con fluidez dionisiaca. Concibe melodías inverosímiles y texturas tonales insospechadas.
Ahora tocan en bares underground o toman por asalto espacios públicos. Han creado su propio mundo estético y vital, muy lejano de la atmósfera consumista, violenta y estúpida que nos rodea hoy.

*Miembro del SNI
    
 




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