Monday 16 de January de 2017

El milagro de Jesús al multiplicar cinco panes y dos peces

El Día del Señor

     31 Jul 2011 03:40:00

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Fresco del profeta Isaías. (Notimex)
Fresco del profeta Isaías. (Notimex)

INTRODUCCIÓN
Este domingo toca el tema de la necesidad que tenemos los hombres de alimento para el cuerpo, y por esto mismo para el alma.
Como seres vivos estamos continuamente queriendo saciar nuestra hambre para poder subsistir cada día.
Jesús en la oración por excelencia del Padre Nuestro, nos hace pedir “el pan nuestro de cada día”.
Dios sabe perfectamente que necesitamos comer, alimentar y cubrir nuestro cuerpo frágil, pero que también se manifiesta fuerte cuando saciamos nuestras necesidades más elementales como es el alimento que nos da vida y calor; capacidad para pensar, trabajar, estudiar, y llevar a cabo toda clase de ocupaciones que llenan nuestras vidas a medida que pasa el tiempo y vamos creciendo en edad, conocimientos, capacidad para servir y ayudarnos con lo que ganamos con trabajo digno para compartir en nuestras familias y en nuestros grupos humanos: ciudades, rancherías y todo tipo de convivencia que de suyo hace más digna y llevadera la existencia.
El evangelio de este día, con la primera lectura del profeta Isaías, nos hacen reflexionar para entender y pedir a Dios nos ayude a multiplicar el pan y la bebida en las mesas de los hombres de todo el planeta, el cual nos sostiene y nos da frutos de toda especie para cumplir la voluntad de Dios, realizar nuestras vocaciones y servicios, caminando, día con día hacia la patria celeste.

LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES Y LOS PECES
San Mateo nos narra este magnífico hecho en la vida de Cristo y de su encuentro con los hombres, tan necesitados de alimento, tanto para el cuerpo como para los espíritus.
Jesús se encuentra a la orilla del Mar de Galilea con una multitud inmensa. Hombres, mujeres y niños, sanos y enfermos a quienes cura; lo siguen hambrientos de su palabra acerca del reino de Dios.
Pasó el tiempo y ya haciéndose tarde, los discípulos del Señor le piden despida a esa multitud para que fueran a comprar comida en los caseríos vecinos, pues de otra manera desfallecerían.
Jesús los cuestiona y les pide sin más que les den de comer. Ellos se quedaron atónitos... ¿Cómo podrían ellos alimentar en descampado a una inmensa muchedumbre?, ¿no tenían dinero que alcanzase a saciar a tantas personas?.
Sin embargo le hacen saber que había cinco panes y dos peces...
Jesús imperativamente les dice: “Tráiganmelos” y cuando los tuvo, “mandó que la gente se sentase sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos 5 mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños”.
Este milagro de Jesús cumplía de esta manera la profecía de Isaías que leemos en la primera lectura de hoy: “Esto dice el Señor: Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua; y los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen vino y leche, sin pagar”.

HOY JESÚS NOS DICE A SUS DISCÍPULOS: DEN DE COMER Y BEBER A LAS MULTITUDES HAMBRIENTAS
En el mundo que vivimos existen muchas desigualdades entre los hombres. Unos países son demasiado ricos y viven en la abundancia debido a su trabajo, industria y tecnología avanzada.
Otros países más o menos tienen lo necesario, pero hay países emergentes en muchas partes del mundo en los cuales se dan actualmente hambrunas, epidemias, desnutrición lacerante.
Esta situación se agrava con las guerras dejando en desamparo absoluto a millones de pobres, sujetos a la desnutrición, al hambre terrible que los acosa y a la muerte que hace estragos sin límites.
Para poner un ejemplo de estas situaciones extremas, pensemos en los países del llamado Cuerno de África. Allí la sequía, la falta de alimentos, medicinas, ropa y con la forzosa necesidad de emigrar ante los peligros de guerras inmisericordes e implacables, se dan millones de seres humanos que sufren y lloran su desgracia inabarcable y de dificilísima solución.
El Santo Padre Benedicto XVI ha pedido oraciones, y sobre todo la solidaridad de muchos en el mundo para tender la mano compasiva y de ayuda para esos pueblos hundidos en la miseria y el desamparo.
Él mismo ha comenzado a ayudarlos con un primer paquete económico de 50 mil euros.
Los Padres Jesuitas tienen campamentos para refugiados en Somalia y Kenia. La ONU por medio de la FAO está organizando ayudas de todo el mundo.
En nuestro país, no nos escapamos de situaciones de miseria y hambre que tienen muchos mexicanos.
Falta de educación, trabajos esporádicos e inseguros; deficiente remuneración, familias desbaratadas por la violencia y la insuficiencia de recursos, niños, adolescentes y jóvenes quienes viven en la calle para conseguir alimentos, ropa y poder vivir al día con esfuerzos muy grandes.
A todo esto añadimos los robos, la drogadicción, el alcoholismo, las extorsiones, los asesinatos, etc.

¿CUÁL HA DE SER EL COMPROMISO QUE ASUMAMOS COMO CRISTIANOS ANTE ESTE PANORAMA DIFÍCIL QUE CIERTAMENTE NOS
REBASA?
Caigamos en la cuenta que el hambre y la pobreza, como denominador común, tienen muchos rostros: la necesidad en los países, tanto pobres como ricos, en el fondo es la ausencia de Dios en las personas.
Esta necesidad y el hambre no se limita a la carencia de cosas, pues hay muchas clases de hambre y privación; hambre de paz, de trabajo y vivienda, de dignidad personal y cultura, hambre de lo absoluto. En pocas palabras: hambre de Dios en definitiva.
Existe un dicho popular dice: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Seamos coherentes con nuestra vida de fe y testimonio.
Ayudemos con oración, entrega y sacrificio, dando nuestro tiempo personal y de lo mucho o poco que tengamos, aprendamos a compartir en la medida de nuestras posibilidades a los necesitados.
Seamos discípulos misioneros de Cristo, el Buen Pastor, quien no dudó en dar la vida por nosotros.
Si tenemos estas disposiciones nacidas del ejemplo de Cristo y su evangelio, Dios nos iluminará y nos dará la gracia y la fuerza para ser auténticos cristianos en un mundo que necesita apoyos, servicios y donación personal, familiar y comunitaria constantes, en nuestras diócesis y parroquias.
Que Dios no nos desampare en nuestro empeño de construir un mundo nuevo con la civilización del amor sin fronteras.

*Obispo Emérito de Zacatecas




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