Thursday 23 de March de 2017

El obispo torero, Cepeda

     8 May 2012 04:00:00

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Me tocó ver como un candidato panista al gobierno del estado de México, en un desayuno, le solicitaba fehaciente, temeroso y complaciente al obispo Onésimo Cepeda su apoyo para ganar las elecciones para gobernador mexiquense en 1999, el año en que Arturo Montiel Rojas ganó. Ecatepec entrega casi 2 millones de votos y es un bastión muy importante en las contiendas electorales, de ahí el enorme poder político y económico que acumuló por varios años el obispo Onésimo, un hombre de muchos claroscuros, malhablado, dicharachero, alburero, empresario de toros, apoderado de varios toreros y un obispo que al final de sus misas, ofrecidas en su catedral, gustaba sentarse al centro del atrio y pedir a los niños y niñas que se acercaran, lo abrazaran y besaran.
El obispo Onésimo Cepeda cumplió 75 años y ha llegado a la edad de jubilación obligatoria. El Papa Benedicto le ha aceptado su renuncia y desde ahora ya le buscan sucesor en Ecatepec, el emporio religioso con matices políticos que fundó el exasesor de Inbursa, banquero y amigo muy cercano al hombre más rico del mundo, Carlos Slim Helú. Onésimo Cepeda fue un obispo con pasado financiero y economista.
-No me chingues.
Me dijo alguna vez cuando le solicité hacer una crónica toreando, para publicarla en el suplemento político Enfoque, del diario Reforma.
-Ese privilegio -me advirtió- ningún periodista lo va a tener. Ya te veo publicando mi foto con la panza llena de sangre, toreando. No me jodas, esas cosas no se piden.
-No, nada más toreando, sin sangre. De verdad.
-No me chingues, crees que soy tu pendejo.
Fue un día en que una madre se acercó a él, con llanto abundante, al final de la misa, para reclamarle que no la dejara sola, que no fuera así, que él prometió ayudarla. “Ay, mujer -le dijo mientras le agarraba la frente y la miraba, no aprendiste...- y pobre de ti que hables con la prensa”. Obviamente la mujer no quiso decir ni una a del problema que le aquejaba. Lo esperaban dos toreros, de los cuales fueron sus apoderados. A ellos los atendió en una pequeña oficina de negocios que construyó a un costado de la catedral. Les dedicó casi una hora a los dos.
Onésimo Cepeda se va de Ecatepec, pero algunos exfuncionarios del ayuntamiento de Ecatepec, en el estado de México, lo dudan. Será como el líder moral para quien llegue. Tiene grandes influencias y conoce a fondo el funcionamiento de todo cuanto pasa en este enorme municipio del estado de México. Llegó hace casi 20 años y, primero, logró que lo ungieran como obispo y crear, para ello, el obispado de Ecatepec, luego construyó la enorme catedral en donde oficiaba todos los domingos una misa, su residencia donde sólo lo atendían monjas y era seguido por algunos cinco jóvenes, sus ayudantes, todo el tiempo. Grandes pachangas, grandes fiestas. El México viejo muere, paulatinamente, conforme se van, como Onésimo, sus personajes extraídos de alguna novela del surrealismo y del terror.

*Periodista




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