Thursday 19 de January de 2017

El voto dividido

     8 Jun 2012 03:30:00

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En el año 2009 estuve en Madrid, entrañable ciudad que recuerdo con cariño después de realizar mis estudios de doctorado en la Universidad Complutense. En ese viaje efectuado hace tres años, empezaban a mostrarse ligeros signos de crisis, pero eran todavía débiles.
Regresé el año pasado con motivo de un congreso sobre mito y literatura. La situación había empeorado. Si bien seguía el dinamismo de siempre en calles, restaurantes, bares y tiendas departamentales, la inquietud de la gente por los síntomas de la crisis era palpable; también la molestia con el gobierno, presidido entonces por el PSOE.
Amigos y conocidos de todas las tendencias políticas estaban convencidos de la necesidad de cambios a nivel central. Muchos señalaban que en las elecciones que estaban por realizarse votarían por el PP, como forma de castigar los errores palpables de la gestión de José Luis Rodríguez Zapatero.
La cuestión no dejaba de sorprender, al menos para mí, pues la críticas surgían, sobre todo, por la caída del poder adquisitivo, las pérdida de patrimonios familiares por deudas hipotecarias impagables y el incremento del desempleo. ¿Por qué votar, entonces, por un partido conservador, que tendería a recortar los  logros del estado de bienestar?
Efectivamente, el PP no sólo ganó sino que obtuvo la mayoría absoluta, lo que le ha permitido tomar acciones y realizar reformas sin estorbos: recortes a los servicios sociales, incremento general de impuestos, modificaciones en leyes laborales que anulan conquistas históricas de los trabajadores, reducción drástica de funcionarios públicos, etcétera.
El dilema que se enfrentaron los españoles en las elecciones generales es típico de los países donde predomina el bipartidismo. Castigar a un partido equivale, necesariamente, beneficiar al otro, aunque el remedio sea peor que la enfermedad. En España, los ciudadanos cometieron un grave error: olvidaron su pasado y lo que significa el poder concentrado. No debieron otorgar la mayoría absoluta al PP.
En México, quizá porque nuestra democracia es muy joven y tenemos todavía presente el recuerdo de un partido que controló de manera autoritaria los tres poderes de gobierno, la ciudadanía ha actuado con prudencia.
Desde las elecciones de 2006 ha divido el voto entre los distintos partidos políticos, con el fin de que éstos se vean obligados a tomar acuerdos que impidan la concentración de poder. ¿Resulta más difícil gobernar? Pues sí, pero es peor la dictadura de partido. En todo caso, es obligación de los políticos aprender a convivir en pluralidad.
Ojalá que esta lógica predomine en las elecciones del 1 de julio próximo. Sólo así podremos afianzar los beneficios de nuestra reciente y todavía imperfecta democracia. Ningún partido merece el respaldo absoluto de la población.  

*Miembro del Sistema
Nacional de Investigadores
 




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