Monday 23 de January de 2017

En la cima de la alfarería

Francisco Lara Limones

     9 Sep 2012 03:20:00

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  • El artesano ama su oficio y dedica todo el tiempo posible a la elaboración de diversas piezas. El artesano ama su oficio y dedica todo el tiempo posible a la elaboración de diversas piezas.
  • Al alfarero le preocupa que con el paso del tiempo su oficio caiga en el olvido. Al alfarero le preocupa que con el paso del tiempo su oficio caiga en el olvido.
  • La mamá de don Francisco le enseñó el arte de trabajar el barro. La mamá de don Francisco le enseñó el arte de trabajar el barro.
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PINOS.- Para llegar a la casa de Don Francisco Lara Limones, alfarero de barro bruñido, hay que tener una gran curiosidad por lo que ahí se elabora y procesa y que es algo valioso como tesoro artesanal de la región, digno de ser admirado.
Quizá por eso el trayecto para llegar cuesta esfuerzo.
Su casa está ubicada en la comunidad La Cuadrilla y desde la plaza principal la gente contesta cuando se les pregunta cómo llegar: “Huyy no, esa está hasta mero arribota”.
Literalmente tienen razón. Para llegar a la casa del artesano hay que subir una cuesta de aproximadamente medio kilómetro por una calle angosta pavimentada con casas rùsticas bañadas en diferentes tonos alegres.
Unos metros más y se llega a la cruz, que colocada en la cima del cerro, custodia con su brazos abiertos a los habitantes de la región. Ahí donde termina la calle y comienza la maleza está su casa.
Su taller está en la parte trasera de la vivienda, es un espacio con techo de lámina de 5x15 metros de longitud. Ahí ha colocado sus herramientas y una estructura de madera para poner sus productos.
“Hace días un cliente vino a recoger unos lavabos de barro bruñido ¡Viera qué bonitos quedaron! A la gente ya les está dando por volver a lo natural. Porque fue con lo primero que empezó la vida”, dijo.
Depositarios de una tradición antigua que él intenta sacar a flote y que no se extinga, comenta que su madre fue la que le enseñó este oficio hace ya más de 40 años y a ella su abuelita.
“Mi madre al igual que alrededor de 80 alfareros del municipio, allá por el año de 1913, se dedicaba solamente a este oficio y cada semana bajaba al pueblo a ofrecer sus productos”.
Al hablar de su madre los ojos don Francisco brillan de una manera tierna quizá por la alegría de recordar de manera tan especial a la que le enseñó este noble oficio y que seguramente estaría orgullosa de él al preservar la tradición a pesar de las carencias y la adversidad.
Hace unos meses estuvo internado a causa de una úlcera por lo que pensando que estaría no más de dos días en el hospital, su suplicio se prolongó por más de dos meses en los cuales “sobreviví de puro milagro.
"Es preferible estar aquí por mi enfermedad y aunque sé que es cansado no me aburro de lo que hago. Paso la mayor parte del tiempo aquí, antes desde las 5 de la mañana ahora después de mi enfermedad desde las 7 hasta las 7 de la tarde”.
Sus dos hijas y su esposa son las únicas personas que le ayudan en el taller, las tres han aprendido del oficio aunque no lo ven con la misma pasión.
“Mi esposa no comprende cómo puedo pasar tanto tiempo metido en este lugar”, dice entre risas y confiando que no esté cerca y pueda escucharlo.
En el taller llamado La Santa Cruz está instalada una estructura de madera y varias repisas donde están colocadas sus piezas ya terminadas como jarrones, tazas, artículos de decoración, platos, lámparas, portarretratos así como comales colgados en la pared.
Si el proceso rudimentario los hace ver atractivos, el polvo que los cubre sólo atenúa esta maravillosa elaboración artesanal.
“Desde entonces sólo pienso en que si me llego a morir todo esto se perderá, comenta mientras levanta las manos con ademanes de reproche tratando de abarcar todo el taller, porque no hay más gente que sepa el oficio y las que quieren aprenderlo no pueden por falta de dinero o de tiempo ya que tienen que trabajar.
"Yo les digo que aunque sea me apoyen con una pequeña cuota, de perdido para el material que usarán, pero es muy difícil que puedan”.
Aún sueña con que su taller no sólo sea para sostener a una familia sino que sirva también como una escuela para los que quieran aprender su oficio.
“No tengo envidia en que más personas se enteren de lo que sé hacer, al contrario, sería lo mejor porque podrían aprender y por qué no decirlo superarme haciendo cosas más laboriosas, pero sobretodo llevarían esta tradición artesanal a nuevos lugares y no la dejarían morir”.
A él no le importa otra cosa más que la alfarería sea preservada, por eso pide al gobierno que apoye con incentivos para que la gente pueda aprender el oficio y se motiven.
“Si no hay capacitador por medio del gobierno esto no se hará realidad y si no hay apoyos la gente no aprenderá”.
Comenta que hace dos años por fin pudo obtener un horno de gas para cocer sus productos. Siempre lo había hecho con el tradicional horno de leña, pero le resultaba un poco incómodo ya que sus piezas quedaban manchadas por el fuego y el humo.
“Metí un proyecto con varias personas en Puebla por medio del Fondo Nacional para el Fomento a las Artesanías (Fonart) y en menos de tres meses ya teníamos el horno que tiene un precio de 90 mil pesos.
"Me comentaron las personas que me lo dieron que todo se fue a fondo perdido por eso no tuve que poner ni un cinco”.
La capacidad del horno es de 400 a 600 piezas de tamaño relativamente grande, si se trata de objetos pequeños como platos, tazas o jarros hasta mil 500 piezas pueden “cocinar” en una sesión.
La única protesta gentil que escapa de su boca es por todo el tiempo que invirtió para solicitar el apoyo al gobierno de Zacatecas y en el que pudo haber elaborado más piezas.
Cae la tarde. Se remanga su camisa para seguir con su trabajo, una tenue sonrisa se dibuja en su rostro.




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