Thursday 23 de March de 2017

Encuentros culturales

     8 Mar 2013 03:30:00

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En uno de mis viajes conocí a un grupo de kurds, originarios de Irak.
Eran unos muchachos que habían llegado a Finlandia como refugiados por la guerra que vivían en su país, a raíz de la caída de Saddam Hussein, y decidieron huir en búsqueda de mejores oportunidades y un poco de paz.
El más joven de ellos tenía 20 años, mientas que el mayor tenía 24. Algunos no sólo habían abandonado a sus familias, otros dejaron la universidad por irse a otro lugar. Algunos de ellos perdieron familiares cercanos en la guerra (padres o hermanos) y, buscando un mejor futuro, decidieron correr el riesgo de cruzar la frontera con Turquía, sin documento alguno, para llegar a la parte europea de Turquía, buscando un país de Primer Mundo que los aceptara como refugiados y tener la oportunidad de volver a empezar.
La primera vez que me invitaron a comer con ellos, fuimos a casa de uno de los más jóvenes. Me impactó mucho lo que vi ahí. La decoración del flat era claramente árabe, colores brillantes, tapetes por doquier, pero lo más increíble fue ver la bandera de Kurdistán.
Ellos, llenos de la vitalidad de la juventud, estaban emocionados por tener un visitante extranjero a quien contarle leyendas, historias y tradiciones de su cultura.
Comimos en el piso, sobre cojines, como ellos acostumbran hacerlo. La comida era lo más parecido a lo que es típico para ellos, un tipo de pan que ellos prepararon, arroz con verduras, principalmente pimientos y atún en una salsa que desconozco qué contenía, pero era muy sabrosa, rica en especias que lograron traer desde su natal Irak.
La velada fue maravillosa, cantaron canciones para niños, el himno nacional de Kurdistán, y algunos objetos que tenían típicos de su país, como juguetes de madera o joyería.
El primer golpe vino cuando me preguntaron: “¿qué hacen en México?”. Comencé a explicarles la tradición, en mi opinión, más representativa: el Día de los Muertos. Les comenté acerca del altar de muertos, los elementos que incluye, las “calaveras”, la convivencia familiar en el panteón, etcétera. Estaban maravillados por lo que contaba, ya que para ellos, la muerte es algo común, pero muy lamentable.
El segundo golpe vino cuando me dicen: “¿y qué cosas trajiste de México?”. Ese fue el golpe más duro para mí. Yo no traía nada que fuera representativo de mi país, ni siquiera un rebozo, una muñequita de trapo con trenzas o una pequeña bandera. Ahí fue cuando no supe que decir.
México es un gran país, lleno de culturas, tradiciones, muchos dialectos indígenas, vestimenta típica, juegos, entre otras cosas. Es muy desafortunado que sólo al estar fuera del país valoramos y reconozcamos lo que tenemos.

*Trotamundos
ambar_1016@hotmail.com




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