Monday 23 de January de 2017

Entre el Estado y el mercado

Periferia: Arte contemporáneo

     14 Dec 2012 04:00:00

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Cuando se presentó el presupuesto de egresos 2013 para el gobierno federal, no pasó desapercibido el recorte a Conaculta, institución que, entre otras cosas, se encarga de la promoción de las artes.
Más allá del monto que finalmente los diputados dediquen al área, hablemos del papel del Estado como promotor de una política cultural, y en particular como patrocinador de la producción artística frente al mercado.
Si entendemos a la promoción cultural como la construcción o gestión de la identidad de una comunidad, podemos pensar en la producción artística como una herramienta para definir esa identidad.
Visto así, el arte es una forma de acción social que hace un crítica de la realidad, lleva a las personas a cuestionarse cuál es su papel en la comunidad, cuál es su relación con ella y cómo puede transformarse.
Bajo este modelo, el artista es un agente transformador que construye significados a partir de objetos y acciones, que interpreta o representa a un grupo específico y sus necesidades de expresión (dejaremos para otro momento los cuestionamientos que puedan hacerse a esta caracterización del artista).
Entonces, ¿quién debe financiar la producción artística? Los productores y agentes culturales se resisten siempre a la idea de que el mercado sea el único mecanismo para hacerlo.
El mercado no privilegiará la producción de “lo mejor”, de lo que más convenga a la comunidad, sino de aquello que sea más consumido, lo que genere mayores utilidades a los productores.
El éxito comercial no contribuye a fortalecer la imagen del artista, ni su legitimidad como agente cultural; al contrario, las disminuye. Responder a la demanda implica muchas veces la aparición de un estilo, que no es otra cosa que la repetición de una fórmula probada.
El artista se convierte en una marca reconocible, predecible y acrítico. Habrá perdido las cualidades que se esperan de él. Cederá su libertad como creador a cambio de hacerse de un modo de vida.
Pero el financiamiento estatal tampoco está libre de cuestionamientos. Idealmente, el Estado debe financiar aquellas expresiones que, aunque se consideran valiosas e innovadoras, no tienen una demanda que les permita subsistir.
Sin embargo, los lineamientos y modalidades para los apoyos a la producción de las artes son definidos por el gobierno en turno que, salvo raras excepciones, promoverá la producción de aquello que es compatible con su agenda, justificándolo como un contrapeso al mercado.
La producción financiada por el gobierno pierde legitimidad. Termina por ser considerada una herramienta de propaganda al servicio del poder político.
Es un camino de ida: del mercado como mecanismo que libera a los creadores de su papel como productores de imágenes al servicio del poder, hacia el Estado como protector de aquello que se considera valioso, pero tiene lugar en el mercado.
Y vuelta: de la producción oficial, promovida con fines políticos, hacia aquello que el mercado promueve porque rompe con el arte oficial.
Lo único cierto, es que detrás de la creatividad artística hay un impulso que no está condicionado por el Estado ni por el mercado, sino por una necesidad de comunicar, cuestionar y de incidir sobre la realidad.

*Coordinador del Muno




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