Friday 20 de January de 2017

Entre la esperanza y la desesperación

     28 Nov 2012 04:00:00

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un hombre sufrió un grave accidente. Entre las contusiones y quemaduras su cuerpo quedó destrozado y su rostro deshecho. No había recursos en el hospital local para atender a un enfermo en tan grave situación. Fue trasladado a una ciudad grande con mejores hospitales. Inmediatamente fue llevado a los cuidados intensivos.
Más de 15 días estuvo ahí. Luchaba por vivir y, en los breves momentos de conciencia que su estado y los medicamentos le permitían, expresaba su deseo de volver a casa, como siempre lo deseaba después de una pesada jornada de trabajo. Sus allegados cuidaron de él, y quien ha tenido que estar al pendiente de un ser querido en ese estado, sabe bien el sacrificio que eso significa, que no es nada cuando en realidad se ama a quien sufre la postración. Finalmente ese hombre murió. En el funeral un hijo suyo confesaba: “mientras mi padre estuvo en el hospital, navegamos entre la esperanza y la desesperación”.
Cuando hay esperanza se vislumbra un futuro; cuando no hay futuro, llega la desesperación, la ausencia de esperanza. Entonces hay que aceptar el presente con toda su dureza. Cuando mi padre se restablezca volveremos a casa y haremos esto y aquello. Pero veo que mi padre se extingue, no hay futuro, nos topamos con el muro infranqueable de la muerte.
Algunos filósofos han reflexionado ampliamente sobre la esperanza. Ven al hombre lanzado hacia una realización ilimitada de sí mismo, radicalmente abierto al futuro, pero al mismo tiempo como un ser limitado cuya corporeidad circunscribe su existencia y su apertura a los demás y al mundo. La aspiración humana de un futuro sin límites choca inexorablemente con el misterio de la muerte como destino inevitable y como amenaza constante.
La esperanza, se dice, pertenece a la estructura fundamental del hombre y expresa esa constante inquietud del corazón humano de no conformarse con el “aquí y ahora”; de no detenerse, sino ir más allá, trascender. Por eso la esperanza es parte integrante de la experiencia religiosa que lanza hacia un futuro trascendente, hacia el reino de los cielos.
Cuando la esperanza se desacraliza se convierte en utopía y el reino celeste se proyecta como reino terrestre construido por los hombres, ya liberados de las divinidades, y en pleno uso de su razón. Entonces esta esperanza-utopía se vale del trabajo humano, del progreso científico-técnico, de la actividad política y económica para hacer posible ese mundo feliz al que aspiramos.
La desesperación llega cuando nada de eso cumple lo que ha prometido. Y aunque nos hemos liberado de la religión que oprime, y aunque el progreso ha hecho nuestra vida más confortable, y aunque gozamos de más bienes y servicios, y aunque todavía estemos dispuestos a darles el beneficio de la duda a la clase política, hay algo que nos falta, alguna meta que nos produzca ilusión de vivir: es el tiempo de una esperanza activa que nos haga salir del océano de la desesperación.

*padrefelix98@hotmail.com




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