Saturday 21 de January de 2017

¿Está Salinas Pliego en su derecho?

     3 May 2012 04:00:00

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"Si quieren debate, véanlo por Televisa, si no, vean el futbol por Azteca. Yo les paso los ratings al día siguiente” escribió Ricardo Salinas Pliego, dueño de TV Azteca, en su cuenta de Twitter el lunes pasado. 

El debate, para algunos, se centra en la libertad de un empresario a ofrecer productos a un público que también puede ejercer su libertad de consumirlos, o no.
Así, y bajo esa interpretación, si los mexicanos ven novelas, futbol o programas amarillistas, deberíamos de aceptar una especie de “culpa colectiva”, ya que al ser espectadores de ese tipo de programación, validamos tácitamente que esos son el tipo de contenidos que queremos.
No ha faltado quien declare que a Salinas Pliego le asiste la razón, y que los partidos políticos deberían preocuparse por la falta de interés de los mexicanos en los debates, y no por la transmisión simultánea de un partido de futbol.
El problema con esa interpretación, con la que la inmensa mayoría podríamos estar de acuerdo, es que en materia de televisión no estamos hablando de un sector económico que esté abierto a la libre competencia.
A diferencia de casi todos los empresarios, los dueños de Televisa y TV Azteca no comercializan un bien que les pertenezca a ellos, sino que explotan un bien de la nación, que el Estado mexicano les concesiona (y que es el espacio radioeléctrico).
Las leyes de libre oferta y libre demanda recorren un camino de dos vías. No se tiene calidad moral para apelar a la libertad de elección de los consumidores cuando las personas no tienen a su disposición una gama de ofertas que derive de un mercado libre.
En años recientes, decenas de empresarios (extranjeros y mexicanos) con los recursos suficientes para operar una cadena de televisión, han solicitado al gobierno mexicano una concesión, pero las presiones del duopolio televisivo han impedido el ingreso de nuevos actores (o nuevos jugadores, en términos de competencia económica).
No hay ningún argumento válido que explique el por qué, mientras países notoriamente más pequeños como Argentina, Chile y Venezuela tienen una oferta televisiva de entre cinco y seis cadenas de televisión abierta, los mexicanos tengamos que conformarnos con la oferta que un par de empresas nos ofrecen.
De hecho, la explicación para tal situación proviene de la pobreza moral de nuestra propia clase política, que no entiende este principio de rectoría del Estado en materia de concesiones a radio y televisión, y ha entregado fortunas a privados a cambio de migajas, creando un monstruo del cual hoy son víctimas (todavía sin entenderlo por completo).
Eso sucede en un país que, por primera vez en su historia, cuenta con una cobertura de la televisión que supera a la de cualquier otro medio de comunicación. Mientras hoy 93 de cada 100 viviendas cuentan con un aparato de TV, sólo 80 de cada 100 tienen radio. Una situación que ninguna otra generación de mexicanos había vivido.
Asimismo, el 85% de los mexicanos ve, cuando menos, una hora diaria de televisión, y aunque la televisión de paga ha crecido gracias a la estabilidad macroeconómica y también como respuesta al duopolio televisivo, la concentración es terrible:
En México hay 863 canales de televisión: 62% están en manos de Televisa y TV Azteca y el 94% de las frecuencias comerciales pertenecen a esas empresas.
Sin embargo, eso no ha impedido el surgimiento de nuevas opciones y distintos contenidos.
Una muestra de que la dictadura de los ratings no es tan poderosa como Salinas Pliego presume es que mientras hace una década las telenovelas mexicanas alcanzaban hasta 51 puntos de rating, ahora su techo es de 21 puntos.
Esto, sumado a la convergencia tecnológica, que ha hecho posible que millones tengan acceso a televisión de paga a precios relativamente costeables y el surgimiento de medios alternativos (ligados a Internet) son los pequeños reductos de esperanza para quienes creemos que los mexicanos podemos seguir construyendo en materia de ciudadanía.
Sin embargo (y ahí radica la trampa en la que la clase política se ha enrolado) lo más importante es que, como ha venido sosteniendo Raúl Trejo, estemos conscientes de que las opciones alternativas nunca podrán sustituir la necesidad de una profunda reforma en materia de radio y televisión en México.
Por lo pronto, sería bueno que Salinas Pliego se llevara una sorpresa al revisar los ratings del domingo, y que los mexicanos le diéramos una lección a uno de tantos personajes que se han vuelto millonarios de la noche a la mañana al amparo del poder.
Claro, y que al mismo tiempo le exijamos a las autoridades competentes (el IFE y la Secretaría de Gobernación) que hagan valer los instrumentos legales a su alcance para que los debates entre candidatos presidenciales tengan la mayor difusión posible.

*Diputado local
jorge.alvarez.maynez@gmail.com




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