Monday 16 de January de 2017

Estampa fresnillense

     3 Dec 2012 04:00:00

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Seguimos con la historia de la semana pasada: "cochambruda y sudorosa por el calor de la lumbre, Auristela recoge los cabellos en desorden bajo una pañoleta que antaño fue morada y con resignación e indiferencia propias de la raza, palmea las tortillas y las va acomodando en el chiquigüite, en la semioscuridad del amanecer que la hace más intensa la humareda de ocote que ahoga el ambiente.
Envuelto en su sarape, sentado sobre una piedra, Bernardo fuma en la puerta y deja vagar la mirada por todos los confines, en espera del almuerzo frugal. De pronto, lo saca de su abstracción el llanto de un niño.
-Continúa la calentura y no paran el vómito- dice Auristela. -Parece la misma fiebre que nos arrebató a Melquiades el año pasado. -La leche de cabra causó la enfermedad, según dijo el médico. -Tal vez. -Almuerza y ve con tu compadre Atanasio a ver que aconseja.
La enorme tinaja sobre la cabeza hace balancear el cuerpo de Auristela quien sale en busca de agua. Se limpia el sudor con la punta del rebozo y su hierática expresión no deja traducir ningún sentimiento. Se adivina juventud; pero difícilmente podrían calcularse los años. Nuestros campesinos mestizos y paupérrimos casi no tienen juventud. De la infancia triste pasan sin transición a la vejez prematura. La ignorancia, la pobreza, las avitaminosis y el convencimiento de que no habrá redención, suprimen las reacciones anímicas elevadas y todas sus inquietudes se desenvuelven en planos más cercanos de los instintos que del intelecto. Veintiocho o treinta y cinco años...  ¡Sabe Dios!
Regresa con el agua y calma el llanto del niño acercándolo al pezón. La frentecita, sudorosa y caliente, humedece la glándula ubérrima.
Satisfechas hambre y sed, Bernardo se pierde por las sementeras, reflexiona. Si no le hubiesen robado las vacas... Si la epizootia no hubiese acabado con aves y puercos... A duras penas lograron salvar unos cuantos para comenzar de nuevo. La sempiterna espera para el año próximo. Quizás llueva a tiempo... Quizás ayude el Gobierno... Quizás pueda pasar al otro lado, quizás... Mientras, el hijo grave, ardiendo con fiebre y deshidratándose con la diarrea. El compadre dirá si hay posibilidad de llevarlo con el médico.
Pero Atanasio apenas es valedero para sí mismo; los tiempos son malos y está cargado de familia. La mala noticia le abre el pecho como un hachazo y ruedan lágrimas ante la impotencia para ayudar a su compadre. Reflexiona.
-Haremos lo imposible. Ese guajolote es lo único que queda después de la “enfermedad”. Llévalo y que Dios te ayude.
-Los médicos cobran caro y nunca atinan; en la botica nueva hay un boticario muy acertado. A todos los enfermos salva y casi no cobra, según dijo mi tocaya, la hija de Epigmenio.
En un restaurante de Fresnillo venden el guajolote y la mitad del producto queda en manos del boticario acertado que muy circunspecto impresiona con un estetoscopio que cuelga de su cuello. Lo llama tirabuzón porque sirve para sacar dinero. Pero la diarrea y la deshidratación aumentan; lo único que disminuye, casi hasta desaparecer, es el exiguo caudal del campesino. El taumaturgo aplica el tirabuzón, mueve la cabeza e increpa a la madre por no haberse ceñido a sus instrucciones.
-Lo enviaré con el “especialista”,- dice en tono doctoral, con una recomendación mía los va a considerar. Y así acabaron los pocos pesos del campesino mientras el enfermito empeoraba.
En la puerta del mesón, Bernardo fumaba cigarro tras cigarro, tratando de disimular su desesperación. Piensa en muchas cosas. Rememora las campañas políticas; las promesas de los candidatos de todos los partidos; las propagandas por radio; las pláticas dominicales de los sacerdotes; las conferencias de los profesores rurales en el comisariado ejidal; los periódicos diarios y los periodicuchos locales que exaltan la bonanza del régimen y la mejoría de la situación y una serie de términos del argot económico que tienen la virtud de calmar el hambre con esperanzas y promesas que nunca se realizan". Continuará.

*hernanvalverder@gmail.com




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