Sunday 22 de January de 2017

Gravedad cero

CARTAS DESDE EL EXILIO

     4 Apr 2011 04:00:00

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Icarus vivía angustiado, se consideraba una persona mediocre. No le faltaba voluntad para emprender acciones creativas, simplemente con lo que hacía no lograba trascender el campo de la medianía y eso acongojaba la mirada suya.
El recuerdo del vaticinio prodigioso que una Maga del Sur le había hecho 25 años atrás, exacerbaba aún más su inveterada frustración.
En aquella ocasión, la pitonisa había acercado su extática mirada a los ojos de Icarus, hurgando lentamente en el interior de éstos hasta que sorprendida le espetó una frase enigmática: “tu espíritu algún día será portentoso, has nacido para ser grande”.
Pero la gloria nunca aparecía en su vida, el destino no le ofrecía pistas del posible advenimiento de la milagrosa mutación.
Él culpaba a su robusto cuerpo de todos sus males, a pesar de que en éste residía su mayor cualidad. Poseía unos puños rapidísimos, pero no lo veía así.
Icarus, por el contrario, ponía  el acento en la fuerza descomunal de sus golpes y esa energía brutal la consideraba un signo más de su agreste condición humana. Siempre había dominado con eficacia la potencia física que le parecía despreciable.
Una de esas tardes dominicales, cuando el desasosiego se encaja en el cuerpo, Icarus contempló en el bosque una pequeña tienda de campaña. Se acercó a ésta casi derramando lágrimas, parecía que imploraba ayuda.
Para su fortuna, adentro oficiaba la Maga del Sur, quien de inmediato lo reconoció y le lanzó una sonrisa entre burlona y enigmática. ¿Por qué mentiste? ¿Acaso por dinero?, le espetó él con abatida rabia.
No, jamás te he mentido, apenas han pasado 20 años y la desesperación tuya se ha convertido en una red donde te encuentras atrapado, respondió ella sin inmutarse.
Mi cuerpo me impide cambiar, ¿no es así? No, es tu espíritu, es demasiado pesado y no sintoniza con la carrocería ágil que Dios te ha dado, dijo la Maga con socarrona firmeza. ¿Qué puedo hacer?, preguntó Icarus.
La sibila le aconsejó someterse a un proceso de gravedad cero para armonizar ambos factores. Lo llevó por lagunas y mares hechizados para que el espíritu adelgazara la feroz densidad suya.
Lo convenció de saltar desde la cima de pequeñas montañas, de subir rutinariamente a los aviones, de escuchar música acuática y cósmica.
Lo obligó a meditar con los ojos puestos en las alas de las aves y las aletas de los peces, en las sonrisas de las mujeres y los abrazos de los padres. Pero sobre todo, le prescribió danzar, bailar hasta desfallecer.
Ahora Icarus, además de volar por encima del laberinto, escribe poemas enigmáticos y compone música metamórfica para los oídos gozosos de dioses y hombres.

*Miembro del SNI




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