Thursday 19 de January de 2017

Guadalupe, víctima de la despótica frivolidad

     29 Aug 2012 04:00:00

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Seguramente lo que fue hasta hace pocos meses el Jardín Juárez de Guadalupe y hoy un set estilo Hollywood, es otra guerra perdida por los conservacionistas frente a los “desarrollistas del urbanismo”.

Los desarrollistas pretenden y lo consiguen “arreglar” los lugares monumentales sin justificación alguna, sin que ello sea prioritario, urgente, cuando hay tantas carencias, de paso le borran la pátina, el sello ancestral a esos sitios.
Pero además, esos arbitrarios “arreglos” lo hacen desde una visión utilitaria revestida de incentivos turísticos absurdos.
¿De qué sirven los esbeltos faroles? (copia de los del Centro Histórico de la Ciudad de México, que allá se justifican por las alturas de los palacios, no en el caso de Guadalupe, de casonas de una planta en promedio).
¿Para qué esa apariencia estética de los faroles? si se iba a plagar de bolardos de concreto el perímetro de la plaza arruinándolo todo. De algunos ángulos la plaza parece una glorieta en medio de una autopista.
Los desarrollistas se sienten escenográfos que fabrican locaciones a capricho redecoran espacios  añejos con soluciones artificiales invenciones. No le bastó con poner bolardos similares en el callejón de San Agustín cuando era el responsable del turismo estatal.   
Los desarrollistas no rescatan, ni restauran, ellos remodelan y rehacen a su antojo agregan ornamentos y le roban la magia a los lugares que por diversas razones habían acumulado y conservado una identidad arquitectónica previa a su declaratoria como patrimonio de la humanidad
El Jardín Juárez ha quedado irreconocible de un golpe y frente a las objeciones de la Junta de Monumentos se alteraron las huellas de la evolución de sus rasgos hasta los años 80 del siglo 20.
Y más aun si como -se dice- el infatigable alcalde culminará su hazaña rehaciendo el torreón que dice tuvo la finca de la Presidencia Municipal (que por cierto,  cuando fue restaurada en los años 80 del siglo pasado se le agregó un copete  forrado de cantera tono naranja en el que se puso en relieve el escudo nacional).
Ese copete o añadido es postizo, no es la reproducción fiel y menos aun autorizada de un elemento de la fachada original de esa casona, pero tampoco es disonante, es un registro entendible de esa intervención de conjunto propio de esa época.
¿Por qué? porque se hizo antes que el casco viejo de aquel Guadalupe fuera declarado por la UNESCO un conjunto perteneciente a la Camino Real de la Tierra de Adentro.
Total, no queda claro que hayan legitimado formalmente ese despropósito el INAH (a nivel federal), ni la UNESCO, ni el ICOMOS, pero en los hechos se hizo lo que el alcalde quiso, o sea que, el INAH y la UNESCO legitimaron con su silencio permisivo y cómplice esa innecesaria transformación de un lugar que era bello como estaba.
Quedará para el recuerdo la valiente suspensión de la obra por parte de la Junta de Monumentos y Zonas Típicas del Estado, que enfrentó al menos con honor un disparate.
Un capricho que se vuelve una amenaza para que los alcaldes de Jerez, Sombrerete, Pinos, Nochistlán y el Teul de González Ortega, imiten al alcalde transformador, que ahora gastará en difundir su recreación de la plaza aquella como si fuera nueva.
Tampoco sabemos cómo se afectó a los vecinos del lugar y especialmente a los locatarios y comerciantes aledaños a la obra que los dejó sin sustento. ¿Se les ayudó para mitigar el perjuicio que les causó el esperpento de pórfido rojo, árboles nuevos y gris cemento?
Al margen del costo real de la inversión de dinero público sea federal o local, en una época en la que las necesidades sociales aumentan y especialmente en un municipio considerado el más peligroso por las notas de violencia, el capricho es un insulto al arte y una burla a la paciencia popular.   
Para entender las diferencias que animaron las intervenciones en el Jardín Juárez  por el entonces gobernador Guadalupe Cervantes Corona en 1983 iban en la idea de conservar la esencia de la plaza inspirada en una suerte de patio exterior del convento, con un kiosco y arriates de cantera para los árboles algunos vetustos que ahí estaban.
El nombre de Jardín Juárez a lo que en realidad fue la plaza principal del caserío creado en torno al convento franciscano pudo ser una señal del oficialismo “laicista” que cobró auge entre el siglo 19 y mediados del 20 e impuso el nombre de los héroes patrios en todas las arterias principales, plazas y plazoletas.
Y frente a los templos o recintos religiosos especialmente  restregó el nombre de don Benito Juárez y las broncíneas estatuas que se cuentan por miles en el país.
Los conservacionistas quieren colocar los sitios bajo un capelo, respetar íntegramente los edificios, sus fachadas, sus azoteas y sus interiores conforme a los diseños y los materiales de la época constructiva.
Los conservacionistas luchan porque al menos que imperen los elementos clásicos que dominan el carácter del inmueble histórico (fachadas eclécticas que conjugan el reflejo híbrido de las variaciones estilísticas  asimiladas antes de que llegara la modernidad rapaz o la declaratoria de pasar a ser patrimonio cultural de la humanidad).
Pobre Guadalupe, una población  angustiada por tantas calamidades y problemas irresueltos, destina el presupuesto que le asignan o que gestiona para una obra hueca reflejo de la más despótica frivolidad.

@f_javier_acuna




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