Tuesday 17 de January de 2017

Hasta siempre, Eugenio

CARTAS DESDE EL EXILIO.

     14 Feb 2011 04:00:00

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Cuando tenía 18 años el profesor Jaime Ponce me regaló un disco del grupo “Sacbé”, conformado por los hermanos Eugenio, pianista; Fernando, baterista, y Enrique Toussaint, bajista, acompañados por Alejandro Campos en el saxo.
De inmediato, fui a casa de un amigo a escucharlo y mi perplejidad iba aumentando conforme avanzaba la sesión.
Cada una de las piezas remitía a fuentes reconocibles del género. Mi preferida era “Las pulgas freeway”, cuyo trepidante sabor latino rendía homenaje a las melodías sincopadas de Chick Corea. “Sacbé” combinaba el poder rítmico de las percusiones con la complejidad de las armonías contemporáneas.
A partir de ese momento menguó mi preferencia por el rock y me dediqué a incursionar en el jazz. Cada año paseaba por las tiendas de discos de Monterrey y del D.F. con la ilusión de encontrar un nuevo disco de “Sacbé”.
Todavía recuerdo la sensación de infantil alegría que tuve cuando descubrí en los estantes el segundo disco del grupo, titulado “Selva Tucanera”.
Tenía una fuerte impronta de “Weather Report”, aquel deslumbrante cuarteto norteamericano de jazz comandado por Josef Zawinul y en el que participaban los geniales instrumentistas Jaco Pastorius, Wayne Shorter y Peter Erskine.
A este disco le siguieron “Street Corner”, “Aztlan”, “Dos mundos” y, finalmente, “The painters”.
Sin demérito de sus hermanos, podría afirmarse que Eugenio fue el alma de “Sacbé”. No sólo porque la mayoría de las composiciones eran de su autoría, sino por la singularidad de las inversiones armónicas empleadas y el tejido insólito de las progresiones suyas.
La vida no es tersa, pero da oportunidades de conocer a genios. Recuerdo una entrañable cena en Zacatecas con Eugenio Toussanit, Óscar Tarragó, otro personaje fuera de serie, Poncho Vázquez, Toño Sigala y Elizabeth Sánchez.
Conversamos de distintos temas culturales y de su propia trayectoria musical. En aquel momento Eugenio atravesaba por una suerte de desánimo y había decido abandonar el jazz porque, según él, faltaba mayor habilidad a su mano izquierda.
Me impresionó que fuese tan demoledoramente autocrítico, pero creo que eso le permitió recrearse, una y otra vez, sin abismarse en la mediocridad de la inercia.
Para subsistir Eugenio tuvo que realizar montones de “jingles” y arreglos comerciales porque el jazz en México no da para vivir.
Al final de su vida se decantó por la música contemporánea, llamada culta, no sólo por razones profesionales, sino también de sustento económico.
Realizó piezas extraordinarias como la “Suite del ballet Días de los Muertos”.
Dicen que se lo llevó la tristeza de una depresión. No lo sé, prefiero quedarme con el recuerdo de su música prodigiosa y de su afable y sencillo carácter. Hasta siempre, Eugenio.

*Miembro del SNI




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