Monday 16 de January de 2017

Historia, ¿para qué?

Las armas no matan solas y quienes las usan buscan los motivos para hacerlo

     28 Jan 2011 04:00:00

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¡Basta de historias! dice un periodista y escritor norteamericano, en explícita alusión a los festejos del Bicentenario que ocupan a Latinoamérica, al tiempo que se pregunta ¿Es saludable esta obsesión con la historia? ¿Nos ayuda a prepararnos para el futuro? ¿O, por el contrario, nos distrae de la tarea cada vez más urgente de prepararnos para competir mejor en la economía del conocimiento del siglo 21? Pero no sólo el periodista se preocupa por lo que parece una obsesión en el estudio de la historia de la Independencia y de la Revolución. Cientos de ciudadanos han expresado por diversos medios su rechazo a los festejos del Bicentenario y del centenario. Luego, ciertamente cabe la pregunta: historia ¿Para qué?

José Joaquín Blanco nos da la respuesta: “para interpretar mejor el mundo, para cambiar la vida, para reconocer raíces y procesos, para defender algunas verdades, para denunciar los mecanismos de opresión y para fortalecer luchas libertarias”.
Han transcurrido 200 años desde que el ejército libertador, bajo el mando de Miguel Hidalgo y Costilla, se enfrentó al ejército de Calleja en el Puente de Calderón y fueron derrotados los insurgentes. Los destacamentos rebeldes se replegaron hacia el norte rumbo a Zacatecas, hospedándose Hidalgo en el Convento de Guadalupe el 27 de enero de 1811.
Hidalgo, como la mayoría de los sacerdotes que constituían el clero medio y bajo, formaban la legión de curas párrocos en pequeñas ciudades y aldeas. Su cercanía con los sectores marginados y explotados, indudablemente fue factor que lo sensibilizó e influyó en su determinación para encabezar el movimiento de independencia con todos los riesgos y consecuencias inherentes a la dimensión de tal proyecto.
Antes de la invasión europea, cada uno de los pueblos que ocupaban el territorio que hoy es México, tenía una identidad social y cultural particular, claramente definida. Ni siquiera durante las últimas décadas de la expansión mexica existió alguna concepción de los pueblos sometidos, como una categoría humana inferior o intrínsecamente diferente.
La sociedad colonial, en cambio, descansó en una división tajante que oponía y distinguía dos polos irreductibles: los españoles (colonizadores) y los indios (colonizados); percibiéndose al indio, en algunos aspectos fundamentales, no sólo como ser inferior, sino como la encarnacióndel mal.  
Desde el punto de vista material, la violencia se impone por la superioridad mortífera de las armas y las tácticas de guerra de los españoles: armas de fuego, caballos, armaduras, cascos, espadas, lanzas de hierro y perros de ataque, son elementos que definen la superioridad guerrera de españoles contra mexicanos. La fuerza militar que determina la mayor capacidad de matar, fue el pilar que sustentó el primer orden colonial.
Las armas no matan solas y quienes las usan buscan los motivos para hacerlo. Los conquistadores, aventureros y violentos, tuvieron un motivo central que era el oro y la plata, lo que significaba el enriquecimiento rápido que les daría los privilegios que no habían alcanzado en su patria.
Durante el primer medio siglo de dominación, hubo discrepancias entre misioneros y encomenderos por la violencia con que estos trataban a los indios. Una de las voces de protesta más airadas fue la de Fray Bartolomé de las Casas, aunque la oposición de los sacerdotes se debilitó a partir del último tercio del siglo 16, porque las órdenes religiosas van encontrando acomodo dentro del orden colonial y se preocupan más por la defensa de sus intereses y privilegios que por el bienestar de los indios.
A la violencia guerrera se suman otras causas, otras formas de violencia que permiten entender un genocidio que aparece inconcebible e incontenible: epidemias, bajas de la población, pérdida de tierras de cultivo, así como la exacción de tributos que empobrece a las comunidades. Sumándose a estas, las condiciones deplorables de vida y de trabajo, la esclavitud y los traslados masivos de la población como formas de exterminio.  
Fray Bartolomé de las Casas relató la violencia y crueldad de los invasores de una manera dramática: “En el nuevo mundo la carne escaseaba. El único alimento de los mastines era la carne de los indios, con frecuencia la carne fresca de los niños… los soldados arrancaban de los brazos de su madre a los niños y delante de ella los tiraban a los perros. Para acallar a los niños llorosos y gimientes, estrellaban sus cabezas en las rocas y les daban su cadáver aún caliente a los perros hambrientos”.
La conquista fue una invasión de violencia sangrienta y brutal, aunque no un episodio final. La violencia vuelve a aparecer hoy como un signo permanente en nuestras relaciones desde el siglo 16 hasta nuestros días: los 34 mil muertos de la “guerra” en contra del narcotráfico, la expulsión masiva de mexicanos a los Estados Unidos, los homicidios de mujeres en Chihuahua, los bebes del ABC, víctimas de la negligencia criminal; la muerte y explotación de migrantes centroamericanos, la inseguridad y el riesgo de militarización. ¿HISTORIA  PARA QUE? PARA NO REPETIR LA HISTORIA.

*Profesor universitario




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