Wednesday 22 de March de 2017

Horas de combate

Los días del Bi-100

     12 Feb 2013 04:00:00

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Defensa del Palacio Nacional. (Cortesía)
Defensa del Palacio Nacional. (Cortesía)

Ciudad de México. Sábado, 8 de febrero de 1913. Los primigenios cronistas deportivos cubrieron un espectáculo vespertino: la lucha grecorromana. El acto era en el teatro principal. Uno de los contendientes era francés.
En horas simultáneas al evento deportivo, otro francés servía una cena. El consumo era en el restaurante Sylvain.
Allí estaban Gustavo Madero, hermano del presidente, y Pedro Antonio de los Santos, diputado por San Luis. Estos, junto con otros comensales, celebraban la designación del ingeniero Jesús Reynoso como subsecretario de Hacienda. La reunión significaba el triunfo de un combate político.
Paralelo a lo anterior, a las 9 de la noche, dos escuadrones salieron de Tacubaya. Marcharon por Reforma y la actual calle peatonal de Madero.
Cuando llegaron al zócalo, los soldados caminaron de dos en dos, en “columna de viaje”. El objetivo era que los espectadores miraran un contingente largo. A esas horas ya circulaba el rumor de un próximo combate armado. El objetivo era derrocar al demócrata Francisco I. Madero.
Mientras en el teatro hay abucheo popular y las copas con champagne se vacían, los soldados llegaron al cuartel de zapadores, edificio próximo a Palacio Nacional. Fueron instalados. La caballada fue encadenada.
Se establecieron los servicios de guardia, rondines y patrulla. Tranquila la tropa de zapadores, la oficialidad en Tacubaya era algarabía total. Varios arribaron en automóvil y compraron bocadillos en la tienda La Marina Española.
Pasado el meridiano de la noche, varios contingentes salieron del cuartel de Tacubaya rumbo a la cárcel de Santiago Tlaltelolco. Iban para liberar al distinguido general Bernardo Reyes.
En tanto unos marchan, los zapadores, leales a Madero, se hicieron de la guardia del Palacio Nacional, ocupada por fuerzas rebeldes. Este episodio ocurrió entre las 4 y 7 horas del 9 de febrero de 1913. No soslayemos el clima, es invierno.
Antes de las 8 de la mañana, el general Reyes llegó al Zócalo; venía al frente del contingente rebelde.
Sin avenirse con el jefe militar del palacio, el combate ocurrió. El tiroteo fue nutrido. Hubo bajas entre los leales, los rebeldes y los curiosos que no decidieron entrar a la Catedral por mirar el combate.
Francisco L. Urquizo, tan narrador como militar, escribió sobre el primer instante de los disparos:
“Se desató la balacera de nuestros fusiles y traquetearon las ametralladoras. El caballo retinto del general se encabritó y lo sacó de la montura a tiempo que el fuego de una de las ametralladoras le clareó el pecho. Cayó al suelo, bien muerto, y el caballo salió disparado por entre los árboles del zócalo. En un momentito se llenó de muertos aquello”.

Alfonso Reyes, hijo del distinguido general muerto, expresó en la oración del 9 de febrero:
“Cuando la ametralladora acabó de vaciar su entraña, entre el montón de hombres y caballos, a media plaza y frente a la puerta de palacio, en una mañana de domingo, el mayor romántico mexicano había muerto. Una ancha, generosa sonrisa se le había quedado viva en el rostro: la última yerba que no pisó el caballo de Átila; la espiga solitaria, oh Heine que se le olvidó al segador”.

*Historiador y profesor universitario




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