Friday 20 de January de 2017

Identidades ficcionales

     12 Nov 2012 03:30:00

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Desconozco si fueron los psicólogos o los sociólogos quienes inventaron el concepto de identidad. Da lo mismo, ambos lo emplean hoy como si estuviesen hablando de algo objetivo y concreto, confundiendo el continente de las ideas con lo que comúnmente designan como realidad, una instancia externa e independiente de las subjetividades particulares.
Los políticos son excelsos en el arte de convertir e invertir los términos que provienen de las disciplinas sociales y mentales para conseguir la realización de sus intereses particulares. El “pueblo”, la “Nación”, los “desprotegidos”, los “símbolos patrios” son algunas de las fabricaciones más empleadas a la hora de convocar a las masas, mediante lances retóricos, a engancharse en los vagones de sus deseos; por ejemplo, combatir a un enemigo, sacralizar a presuntos héroes, conmemorar sucesos fundacionales o crear estados anímicos de exaltación y guerra.
No dan brinco sin huarache, ni se ruborizan por los excesos de sus arengas, mucho menos por las consecuencias nefastas de los actos suyos. Allí está el genocida Radovan Karadzic, psiquiatra del horror y de lo siniestro, quien cobijado en el ominoso nacionalismo serbio masacró a miles de bosnios durante la reciente guerra de los Balcanes.
Otra muestra infame del amor trágico por las ficciones nacionalistas es el caso de los etarras del país Vasco. Si matar a una persona es un suceso abominable, asesinarla por defender una entelequia mental (la soberanía vasca) es aún peor, representa el triunfo de lo abstracto y nebuloso sobre la vida particular, esa sí, real y sagrada.
Cuando los políticos remueven el chapopote chovinista de la identidad, malo el asunto. Sus arengas profetizan las desgracias por venir, anuncian calamidades y sufrimientos incalculables para las víctimas. Ahora toca el turno al nacionalismo catalán, engendro instrumental que agita sus amenazas de soberanismo en plena crisis española, como si la otrora bonanza y prosperidad de Cataluña hubiese sido obra exclusiva de los aborígenes de la región norteña. ¿Dónde quedan los millones de trabajadores andaluces y latinoamericanos, incluso de esclavos negros, que han participado en la construcción de aquella nación?
Es cierto, el nacionalismo catalán no es belicoso, pero sí excluyente y malagradecido, además de arrogante y obtuso. No se trata de negarle a un territorio su prosapia cultural y lingüística, pero este linaje prodigioso nada tiene que ver con el apetito voraz de dineros. En eso son tan capitalistas como el nacionalismo español. Las esencias identitarias son tan volátiles como los perfumes.

*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores
consolovin@hotmail.com




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