Friday 20 de January de 2017

Jesucristo, vida nuestra, ante el misterio de la enfermedad y la muerte

El Día del Señor

     1 Jul 2012 03:40:00

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  • Jesús nos da la esperanza  de la vida  eterna. Jesús nos da la esperanza de la vida eterna.
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INTRODUCCIÓN
El evangelio de este domingo nos relata dos milagros de Cristo: uno se refiere a la curación de hemorragias de una pobre mujer marginada por la creencia de su tiempo, de que esa enfermedad daba impureza legal y por eso quedaba relegada y minimizada ante la comunidad, algo semejante a los leprosos de ese tiempo en que vivió Jesús.
En ambos casos que relata el evangelio de este día, aparece otro elemento común: la vivencia y expresión de la fe en el poder de Cristo, que tanto Jairo, el padre de la niña muerta, como la mujer enferma que tocó el manto de  Jesús para obtener su curación en medio de una multitud que lo apretujaba. La fe en Jesús en su persona y poder de liberación y salvación, es el fundamento y la razón de ser de los milagros que nos relatan los evangelios. Recordemos la resurrección del hijo joven y único de la viuda de la población de Naím y Lázaro el hermano de Marta y María originarios de la comunidad de Betania.

JESUCRISTO, VIDA NUESTRA, ANTE EL MISTERIO DE LA ENFERMEDAD
En toda la historia de la humanidad en este planeta e incluso, en el ambiente natural en que se desarrolla la vida de los hombres, todas las especies vivientes, árboles y todo tipo de plantas y animales, nacen, crecen, se reproducen y mueren una vez que llega a su fin el corto ciclo de la vida. El hombre no está exento de esta caducidad y muchas de las investigaciones, atenciones médicas muy avanzadas, cirugías admirables y medicinas que pueden sanar, aliviar, reparar y conservar la vida, hacen de la existencia humana, que sea más llevadera y así se prolongue nuestra presencia en la tierra, antes de morir. Se alarga la vida, se hace más llevadera, se suprime en parte, los dolores crueles de las enfermedades, pero el hombre y los demás seres vivos en este mundo, estarán sujetos a la disolución y al final el rostro de la muerte aparece sin poder eludir su mirada que aterra y hace temblar a todo hombre y mujer.
Ante la enfermedad y el hecho doloroso de la muerte, nuestra fe nos asegura que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es Vida nuestra. El ha venido para dar nuevo sentido de plenitud y gozo a la existencia corta, caduca y débil, de la naturaleza humana. El cumple lo que ya anunciaba el Libro de la Sabiduría en el corto texto de ese libro que hoy leemos como primera lectura de este domingo: “Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera.
Las creaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno mortal”. Pero, por otra parte, se nos revela que “Dios creó al hombre para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza de sí mismo, más por envidia del diablo, entró la muerte en el mundo y la experimentan quienes le pertenecen”.
Cristo con todo el poder de su divinidad unido a su humanidad, vence al demonio que hace sucumbir a los hombres que se dejan arrastrar por él hacia el pecado y la rebelión en contra de los designios de salvación y vida plena de parte de Dios. Con fe segura y gozosa, todo creyente en Cristo puede dar a su vida de dolores, enfermedades y muerte, un nuevo rumbo y un nuevo sentido en esta vida y en la trascendencia a la que Dios por Cristo y en el Espíritu Santo, nos hace participar y superar toda angustia y temor ante la caducidad, disolución y muerte en el arco de nuestras vidas en este mundo, que deben ser como una plataforma de lanzamiento cierto y seguro para conquistar la vida del cielo, ya sin dolores, lágrimas, enfermedades y muerte.
 
LA IGLESIA NOS REVELA EL GRAN AMOR DE CRISTO POR LOS HOMBRES Y POR ESTE MUNDO, EN ORDEN A LA SALVACIÓN ETERNA E INMORTAL
El Concilio Vaticano II nos enseña con certeza firme y consoladora de nuestra fe, a condición de que la vivamos y la manifestemos como Jairo y la mujer enferma del evangelio de hoy, que: “El enigma de la condición humana alcanza su vértice en presencia de la muerte. No solo tortura al hombre el dolor y la progresiva disolución de su cuerpo, sino también y mucho más, el temor de un definitivo aniquilamiento... la semilla de eternidad que lleva en sí al ser irreductible a la sola materia, se subleva contra la muerte.
Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no logran acallar esta ansiedad del hombre; pues la prolongación  de una longevidad biológica no puede satisfacer esa hambre de vida ulterior, que, inevitablemente, lleva enraizada en su corazón”. Y continúa el Concilio: “Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, enseñada por la divina revelación, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz, que sobrepasa las fronteras de la mísera vida terrestre. Y la fe cristiana enseña que la misma muerte corporal, de la que el hombre se hubiera librado si no hubiera cometido el pecado; será vencida cuando su omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre la salvación perdida por la culpa”.
Todo esto es fruto del gran amor de Cristo por los hombres y por este mundo, en orden a la salvación eterna e inmortal.
 
CONCLUSIÓN
Hoy, al celebrar esta Eucaristía, los invito a fortalecer nuestra fe cristiana, pidiendo a Dios Uno y Trino, fuente del amor perfecto e inmortal, que esta celebración dominical en la cual estamos participando, sea en espíritu y en verdad, el adelanto, la prenda y las arras de la vida eterna feliz y dichosa que nos aguarda con Cristo, María y todos los ciudadanos de la comunión celeste. Que superemos los temores de las enfermedades y la misma muerte, confiados en el amor divino que arde ahora y para siempre en nuestros a corazones con la actitud humilde y reverente de nuestra pequeñez, ante el poder de Dios altísimo que no quiere la muerte de los pobres pecadores, sino que nos convirtamos y vivamos.
El segundo milagro es la resurrección de la pequeña hija del jefe de la sinagoga: Jairo. Ambos casos tienen algo en común, porque tanto la niña como la mujer enferma, contaban  doce años, una con su enfermedad y la otra con  una vida que apenas estaba creciendo llena de esperanza para apagarse en tan poco tiempo.
Cristo se enfrenta en ambos casos a la disolución humana de la enfermedad y lo más duro a la muerte inevitable y siempre presente en la existencia de cada uno al venir a este mundo.

*Obispo Emérito de Zacatecas




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