Thursday 19 de January de 2017

Jesús es el Cordero que quita el pecado del mundo

El Día del Señor

     16 Jan 2011 21:21:05

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INTRODUCCIÓN
Después de haber celebrado con gozo y esperanza renovados el tiempo navideño y la manifestación de Jesús como salvador del mundo (Epifanía), hoy y a partir del domingo pasado del Bautismo del Señor, damos comienzo a la primera parte del tiempo ordinario, ciclo A, que nos llevará a la Cuaresma y a la Pascua de este año 2011.
Este tiempo nos da la oportunidad de contemplar y asimilar los hechos y las palabras de Cristo en su servicio a la humanidad. Es el despliegue de la presencia activa de Cristo en la historia de la salvación y en el mundo contemporáneo, tan necesitado de la luz que viene de lo alto y que es el mismo Cristo, llamado Luz de los Pueblos.
Cristo es el Mesías y el Ungido de Dios como modelo a imitar y llamados a seguirle para ser sus heraldos y discípulos misioneros en los momentos que actualmente vive la humanidad.
En efecto, el evangelio de este domingo nos habla de la vocación de los primeros discípulos de Jesús a orillas del mar de Galilea y esta vocación es también para nosotros, con el compromiso de nuestro bautismo que nos capacita para ser “pescadores de hombres”, como los primeros seguidores del Señor.

CRISTO ES EL CORDERO INMACULADO DE DIOS, QUE QUITA LOS PECADOS DEL MUNDO
Juan el Bautista, a orillas del mar de Galilea, bautizaba con espíritu de penitencia y purificación de los pecados, preparando así la llegada del Mesías esperado desde antiguo para recibir, por medio de Él, la salvación prometida a través de los profetas y testigos de la Antigua Alianza.
Cuando Jesús se presenta ante él, para ser también bautizado, Juan lo presenta exclamando: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es Aquél de quien yo he dicho. El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía, antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que Él sea dado a conocer a Israel”.
El título “Cordero de Dios”, aplicado a Jesús, tiene resonancias bíblicas muy importantes. Este título manifiesta, en el misterio de la revelación divina para la salvación de los hombres, la identidad y la misión de Jesucristo como el que tiene poder para redimir, purificar, quitar los pecados de los hombres, dando de esta manera la libertad de los hijos de Dios y asegurando la conquista de la vida para siempre con Dios.
La frase del “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” se refiere en primer lugar al cordero de la liberación de Egipto y también a los sacrificios habituales  de corderos en el templo de Jerusalén para expiación de los pecados del pueblo.
Así se da a entender que con la muerte expiatoria de Jesús queda saldado no sólo el pecado del pueblo israelita, sino también el pecado del mundo.
Y se restaura el hombre a su imagen original, reflejo de Dios y llamado a la santidad con el seguimiento e imitación de Jesús, quien definitivamente es camino, verdad y vida para todo aquel que quiera salvarse en el tiempo y en la eternidad, cuando la comunión con Dios y los hermanos sea la última y perfecta existencia de los hijos de Dios.

LA HUMANIDAD NECESITA PERDÓN Y REPARACIÓN DE LOS PECADOS QUE SE  COMETEN
El pecado mortal de los hombres es la rebelión contra Dios, sus mandatos que son amor, y contra el planeta que es nuestra casa mientras peregrinamos a la vida definitiva del cielo.
Nadie puede perdonar los pecados de los hombres. Esto lo puede y quiere hacer Dios omnipotente por medio de su Hijo hecho hombre. Experimentamos por desgracia, cada día, la realidad dolorosa de los pecados que se cometen en el mundo. Todos los pueblos de distintas razas, culturas, lenguas y naciones yacen parcialmente en las sombras del pecado y de la muerte.
El pecado es realidad omnipresente entre nosotros y dentro de cada uno. Hoy como ayer y como siempre, desde que Caín mató al inocente Abel.
Todos los días nos damos cuenta de los atropellos y homicidios que se cometen, de manera especial en nuestro país sacudido por la violencia, aniquilando la existencia de muchos y haciéndonos vivir con amargura, temor y recelo.
Prácticamente nos falta vivir en la paz fraterna. El tejido social se deteriora y anhelamos una vida mejor.
Dios no quiere la muerte de los pecadores. Él, por medio de su Hijo hecho hombre como el “Cordero que quita los pecados del mundo”, nos purifica y borra toda maldad e iniquidad por muy grandes que sean.
Cristo es la única salvación del género humano. Sin él nada podemos hacer. Él ha venido para que tengamos vida en abundancia. Él se ha inmolado en el ara de la cruz como cordero, víctima y sacerdote para nuestra salvación universal y sin fronteras.

CONCLUSIÓN Y ORACIÓN
Alcanzar el perdón divino es una verdadera necesidad. Solamente podremos alcanzar este perdón divino que tanto necesitamos cada día si con verdadero arrepentimiento continuado, y ante el tribunal del sacramento de la penitencia o reconciliación, lo imploramos con humildad y verdadera reparación.
Así, auxiliados por la gracia y el amor que Dios derrama en todo aquel que se acerque con humildad y contrición, imploraremos perdón y llevar una nueva vida de amor, servicio, reconciliación y ser los constructores de un nuevo mundo en el cual impere la paz, la seguridad, la confianza, la tolerancia y la fidelidad en el ejercicio de las obras de misericordia que sean expresión del amor a Dios y del amor a los prójimos, respetando la dignidad que todos tenemos como hijos adoptivos tuyos y hermanos entre los hermanos.
“Hoy te bendecimos, Padre, porque Cristo Jesús, tu Hijo, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; por Él hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
“Él es el cordero pascual de la liberación, que nos restaura a nuestra imagen original, reflejo tuyo y vocación de santidad. Haz que vivamos como hermanos llenos de perdón y misericordia.
“Concédenos ser lavados con la preciosa sangre de tu Hijo, el Cordero sin mancha, inmolado por amor y que desde el fondo de nuestros corazones brote la alabanza y la gratitud por la infinita caridad de tu perdón y tu gracia, que nos han de redimir para toda la eternidad en compañía de María y todos los santos, nuestros intercesores en quienes hemos de confiar siempre.
“¡Gracias Señor por tu perdón y tu paz que nos hermanan como hijos tuyos y hermanos!”

*Obispo Emérito de Zacatecas




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