Tuesday 24 de January de 2017

Jesús es nuestro médico espiritual y corporal

El Día del Señor

     5 Feb 2012 03:40:00

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Jesús sana al paralítico.
Jesús sana al paralítico.

INTRODUCCIÓN
La liturgia de la palabra correspondiente a este domingo que celebramos, nos describe en el evangelio de San Marcos, la presencia, la acción y la generosidad de Jesús, quien compadecido de los hombres que sufren de diversas maneras, se inclina con bondad y misericordia hacia los enfermos, necesitados, oprimidos por las posesiones diabólicas.
        Esto con el afán de curar, sanar y devolver la dicha de la salud y la integridad física, moral y espiritual.
La misión redentora del Hijo de Dios hecho hombre, tiene como fin dar paz e integridad a todos y cada uno de los hombres, hermanos suyos e hijos adoptivos de su Padre. Lleno del Espíritu Santo predica, realiza milagros que avalan esa predicación y lleva a cabo el encuentro personal reconfortante para todo hombre sencillo y que tenga fe en su poder de sanar, reconfortar en las penas y pruebas dolorosas de la existencia. De esta manera Jesús aborda el problema del mal que tarde o temprano se cierne sobre nuestras vidas.
Los invito a reflexionar y profundizar en la rica personalidad de Cristo, como médico de los mortales que vivimos entre luces y sombras en nuestro tránsito por este mundo que nos ve nacer, crecer, multiplicarnos... y luego morir para ir con él al cielo.

JESÚS ES NUESTRO MéDICO ESPIRITUAL Y CORPORAL
En el evangelio de San Marcos, descubrimos una jornada de Jesús en el desarrollo de su presencia y acción a favor del Reino de Dios instaurado por él mismo y a través de su predicación evangélica y los milagros o señales que confirmaron definitivamente con toda certeza su misión de salvador y redentor del género humano.
Jesús nos muestra en los evangelios, tener un poder impregnado de verdadero humanismo. Un corazón compasivo hacia los dolientes. Estuvo siempre cerca de los enfermos, de los afligidos y oprimidos por las acciones diabólicas.
El nos ha revelado que su Padre y el Espíritu de amor divino, moran en él.
El no quiere las desgracias, ni la muerte de los hombres. Vino a restaurar nuestra naturaleza débil, pecadora y sujeta a las tentaciones del desaliento, la desesperación y la angustia de afrontar la muerte, que parece cerrar al ser humano en la fosa como único y definitivo destino.
A medida que crecen y se desarrollan las ciencias médicas echando mano de medicinas eficaces y que curan admirablemente muchas y difíciles enfermedades, se alarga el  promedio de la vida, sobre todo en países más desarrollados y con muchos recursos de toda índole. Sin embargo, muchos países pobres y con poco desarrollo sustentable, como se dice hoy, carecen de las ayudas médicas y medicinales. Es terrible constatar las hambrunas, las sequías y pandemias que asolan a pueblos enteros.
Entonces, como ahora, el mundo se manifiesta como “un gran hospital”, donde los seres humanos sufren, aquejados de toda clase de dolencias, en espera de una mano compasiva que alivie sus dolores del alma y del cuerpo.
El evangelio de este día nos hace saber cómo Jesús en un día con agenda muy apretada, desplegó su servicio como médico espiritual y corporal. Si seguimos el itinerario apostólico y doctrinal de Jesús en ese día, notamos lo siguiente: estuvo por la mañana en la sinagoga predicando lo referente al Reino de Dios; al dejar la sinagoga va a casa de Pedro en donde inmediatamente le hacen saber sus discípulos que le acompañaban, que la suegra de Simón estaba postrada en cama con fiebre.
El se le acerca la toma de la mano y la levanta sana y activa para servirles. Mucha gente al saber la presencia de Jesús en casa de Simón Pedro se agolpa a la entrada de la puerta de esa casa y curó a muchos enfermos con diversas dolencias y también expulsó demonios de los posesos.
El relato del evangelio sigue cuando nos da  cuenta que por la tarde curó a muchos y todavía por la noche y de madrugada se fue a un lugar solitario y tranquilo para hacer oración a su Padre.
La oración para Jesús es la fuente y el culmen de toda acción apostólica. Allí, en la soledad quieta de su oración, lo van a buscar sus discípulos para urgirle que “todos ya lo buscaban” al notar su ausencia. Su respuesta fue: “vamos a los pueblos cercanos para predicar allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.

LA IGLESIA DE CRISTO CONTINúA SU OBRA COMO MEDICO DE LAS ALMAS Y LOS CUERPOS
Si recorremos la historia de la Iglesia fundada por Cristo en su desarrollo histórico, constatamos que a nombre de Jesús y unida a él, con su gracia y su poder salvíficos, ha ido al encuentro personal de huérfanos, enfermos de toda clase, en los campos lejanos de misión y en medio del bullicio imparable de pueblos y ciudades enormes. No puede abarcar el remediar tantos males, enfermedades y sufrimientos del alma y del cuerpo, pero realiza en la medida de sus posibilidades la acción curativa y reconfortante de Cristo, causa y sostén de vida temporal camino a la eternidad, en donde en el cielo, ya no habrá más lágrimas, dolencias, enfermedades y muertes.
Con la Palabra de Cristo ilumina las tinieblas del dolor, el abatimiento físico y moral que desatan las dolencias y enfermedades, incluso la misma muerte.
Hace presente a Jesús en los corazones de los hombres y mujeres que por vocación cristiana especial, se dedican a tiempos cortos o en definitiva, a sanar, confortar y alentar a quienes experimentan el problema del mal que hace muchas veces desesperar a los hombres y mujeres.
Todo cristiano, configurado con Cristo por el bautismo y demás sacramentos, debe ser servidor misericordioso de sus hermanos dolientes.
La mirada amiga; la presencia y visitas a los hospitales y a las casas en donde están los enfermos; ayudar a familias que no tienen lo suficiente para subsistir; llorar con los que lloran y reír con los que se alegran, aún en medio del dolor y la muerte, debe ser presencia de Cristo vivo en el mundo a través de sus discípulos.
Termino esta homilía con las siguientes palabras del Concilio Vaticano II que deben inspirar y alentar nuestra solidaridad efectiva y comprometida con Cristo, su Iglesia y la humanidad entera: “El gozo y la esperanza, las lágrimas y angustias de los hombres de nuestros días, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son también gozo y esperanza, lágrimas y angustias de los discípulos de Cristo. Y nada hay de verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón”.

*Obispo Emérito de Zacatecas




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