Friday 20 de January de 2017

Jorge, Borges y la manía taxonómica

Cartas desde el exilio

     25 Apr 2011 04:00:00

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Jorge nunca había comprendido las razones que impulsaban a ciertos filósofos a destazar las obras literarias con los frígidos cuchillos del análisis racional. Acaso, pensaba él, el inveterado odio suyo por aquello que no es y que aparenta ser, los había conducido a emprender una cruzada impía contra la plasticidad ficcional.
A muchos de estos viscerales cancerberos, les inquietaba, por ejemplo, que Borges postulara la hipótesis de la reversibilidad del tiempo o la proliferación arborescente de éste en “El jardín de los senderos que se bifurcan”. Sobre todo porque la idea había sido propuesta por un filósofo, Leibniz, en su “Teodicea”, incluso, antes que él, Demócrito y Cicerón ya habían tocado el tema.
Advertía Jorge que la molestia radicaba en la abolición de la lógica racional y, en particular, del principio de identidad.
 La noción misma de que todo es un discurrir infinito y plural, que nada permanece igual a sí mismo en el tiempo, les provocaba a aquéllos más que un simple escozor o un catarrito filosófico.
Borges, pensaba Jorge, sólo había golpeado severamente, con su pensar paradójico, la piñata metafísica que Occidente había configurado durante milenios, donde han permanecido ensueños útiles como lo son las ideas de Eternidad, Dios, Razón, Tiempo, Espacio, Realidad y Lenguaje. Cascarones nacidos del horror al infinito fluir de la duración, cuyo juego de apariciones y desapariciones, de irrupción y evanescencia de seres múltiples y particulares, parecía generar un vértigo insoportable en algunas conciencias proclives al pensamiento único.
Que una misma persona fuese varios individuos durante su vida, constituía un suceso absolutamente convencional. Jorge lo confirmaba, una y otra vez, en sus reiteradas cavilaciones sobre la entelequia de la identidad.
Él, discípulo de Ovidio, sabía que el “sí mismo” sucumbe a los embates de la imaginación y a los golpes del azar.
Ni siquiera la pócima mágica del ADN puede refutar la metamorfosis de la persona.
No es lícito confundir este compuesto, cuestionaba Jorge, con la integridad real de la persona concreta. De hecho, argumentaba él, lazos consanguíneos entre varias personas no determinan, por ejemplo, el fenómeno de la hermandad.
Para que esto ocurra debe acaecer un suceso, al mismo tiempo, íntimo y cultural: la multiplicidad de experiencias compartidas y de recuerdos comunes.
El amor fraternal nace de la convivencia cotidiana y perdurable, no de una similar cantidad de material genético.
Además, concluía Jorge, Borges ha encarnado aquella voluntad de creación e invención que potencialmente reside en cada uno de nosotros y que nos otorga la posibilidad infinita de ser continuamente otros:
renovadas personas, particulares y auténticas, capaces de resistir al
poder metafísico de la mirada
clasificadora.

*Miembro del SNI




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