Tuesday 17 de January de 2017

La Acrópolis, emblema del Centro Histórico

Durante 69 años la familia Samán ha logrado hacer del café un lugar memorable

     6 May 2012 03:20:00

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  • El negocio se ha convertido en una vitrina a la que acude todo aquel que quiere dejarse ver. El negocio se ha convertido en una vitrina a la que acude todo aquel que quiere dejarse ver.
  • Said Samán Farah llegó a Zacatecas en 1937. Said Samán Farah llegó a Zacatecas en 1937.
  • Así lucía la Acrópolis hace unos 25 años. Así lucía la Acrópolis hace unos 25 años.
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Originario de la ciudad de Homs y movido por los conflictos internos de su país, Siria, Said Samán Farah llegó a Zacatecas en 1937 con apenas 18 años, donde fundó un café que con los años se ha convertido en uno de los emblemas del Centro Histórico: Acrópolis.
El estado de Zacatecas se hizo famoso por las historias de su abundancia de oro, pero Said encontró su vocación en la especialidad de los árabes, el comercio.
Amante del café turco, pronto se dio cuenta de que la ciudad carecía de un lugar con estas características, pues lo que abundaba entonces eran las cantinas, cuenta su nieta Nide García Samán, quien ayuda a su tío Fuad, hijo menor de Said, a administrar la Acrópolis.

Los paisanos sirios
Parte de una familia de clase alta de Siria, Said llegó a México a invitación de su hermana Huda Samán, cuyo esposo había adquirido algunas minas que luego le fueron expropiadas.
Bastaron seis años de radicar en Zacatecas para que en 1943 decidiera abrir un local destinado a la venta de café, tiempo en que también contrajo matrimonio con Catalina Zajur Dip, cuya madre era originaria de Líbano y su padre de Siria, aunque ella ya nació en el estado.
“Antes los paisanos se casaban sólo con paisanos”, dice Nide, quien agrega que entonces hubo una oleada de árabes que vinieron a México por los conflictos en el medio oriente.
Said y Catalina tuvieron cinco hijos: Said, Nide, Huda, Miguel y Fuad, quienes ayudaban en el negocio, pero fue el menor quien quedó a cargo hasta la fecha.
Luego, tanto las hijas como los hijos rompieron con la tradición de casarse con árabes y formaron sus propias familias al grado de que la única tradición que conservan es la religión. “Todos somos católicos”, confiesa Nide.
Recuerda que de niños también los nietos ayudaban en el café, lo cual no sólo era normal, sino estimulante, pues recibían una compensación económica.
Esto era posible, asume, debido a que desde un inicio el objetivo de Said y su esposa fue administrar un negocio en el que prevaleciera un ambiente familiar, con una atención personalizada.
De ahí que hasta la fecha es común ver a Catalina todos los días en el lugar y aunque su presencia es bastante discreta, está al pendiente del personal, el sabor de las comidas y los menús.
“Más sabe el diablo por viejo que por diablo”, reconoce Nide con humildad.
Dice que es una gran ventaja tener a su abuela aconsejándola, pues no sólo está al pendiente del negocio, sino de la familia.
“A ella te le cuadras porque te le cuadras”, agrega.
También atribuye a Catalina el hecho de que si bien el lugar ha tenido que diversificarse y adaptarse a lo que el cliente pide, se resisten a la venta de alcohol.
Recuerda que pasar del café a los postres y de los postres a la comida fue un asunto normal, pero se tardaron más de 20 años en atreverse a vender vino tinto para acompañar los alimentos.

“Si las paredes hablaran”
Pero así como se diversificó la oferta de alimentos a las familias de la ciudad capital, el café también diversificó su clientela.
En 1951 Said se incorporó al Instituto de Ciencia y más tarde como profesor de francés a la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ), situación que sin pretenderlo comenzó a darle identidad a la Acrópolis como punto de reunión entre académicos.
Algunos de esos docentes comenzaron a hacer carrera en la política y luego en la administración pública, pero el lugar de sus encuentros siguió siendo el café de Said.
De hecho su ubicación, a un lado de Catedral, y sus enormes ventanas de vidrio transparente, convirtieron el lugar literalmente en una vitrina política.
Todos aquellos que quieren dejarse ver públicamente se sientan en una de las mesas junto a la ventana y desde ahí atraen la atención de otros políticos y medios de comunicación.
“Uy, si las paredes hablaran”, dice Nide, sabedora de encuentros y desencuentros entre académicos, políticos, funcionarios y artistas, pero prefiere no hablar de ninguna anécdota en particular.
Lo más que cuenta es que en varias ocasiones se han calentado los ánimos entre políticos que visitan el café, pero de inmediato se les llama la atención por respeto al resto de los comensales y en el peor de los casos se salen a seguir su discusión en la calle.
De ahí en más, es común ver en las diferentes mesas a priístas, panistas, perredistas, petistas, académicos, artistas y funcionarios mezclados entre las familias que acuden al lugar.

Café, comida, escaparate político… arte
Y así como llegó el café, la comida, el vino tinto y la clientela, también llegó el arte.
Resulta que la fama que adquirió la Acrópolis como un lugar obligado para los visitantes fue el pretexto para que el pintor oaxaqueño, Rufino Tamayo, y su esposa Olga, comieran en el lugar en 1986.
Nide recuerda que su abuelo Said le pidió a Tamayo que en lugar de regalarle un autógrafo, le dibujara algo como recuerdo para su cafetería.
El pintor accedió con gusto y además del dibujo puso como dedicatoria: “Para los amigos de esta maravillosa ciudad todo mi cariño”.
Cuando su esposa Olga vio que le entrega el dibujo a Said, se lo arrebató y puso encima: “Faltó el cheque”.
Sin embargo, el maestro le aclaró que él quería regalarlo como recuerdo y Olga resignada agregó otra frase al dibujo: “Yo lo que diga Rufino”.
Sin pretenderlo, Tamayo inauguró la tradición para que otros artistas dejaran un recuero en la cafetería, incluso sin que los dueños lo solicitaran, lo que con el tiempo ha permitido acumular una colección de 300 obras entre donaciones y adquisiciones propias.
Exhibidas en las paredes de la Acrópolis se encuentran pinturas y dibujos de personajes de la talla de Picasso, Julio Ruelas, Francisco Goitia, Rafael y Pedro Coronel, Manuel Felguérez, David Alfaro Siqueiros, Francisco Toledo, Leonora Carrington y José Luis Cuevas, entre otros.
Una colección que destaca es la de 55 cerámicas pintadas y esgrafiadas, entre 1967 y 1995, con el asiento del café turco que realizaron los clientes de la Acrópolis.

El mérito de prevalecer
Aunque Said murió en 1983, el café se ha mantenido como uno de los lugares de más tradición del Centro Histórico.
Según Nide, en esto ha sido fundamental la atención directa de los propietarios, comenzando por Catalina y saber aprovechar las ventajas que ofrecen las tecnologías, por lo que el lugar se promueve en un sitio especializado en turismo, así como en las redes sociales.
El mérito no sólo ha sido reconocido por los clientes, sino por el Gobierno del Estado que en diciembre del 2011 le entregó el Galardón de la Plata, destinado a las empresas con más de 65 años.
Además, el 30 de marzo se presentó el libro “Café Acrópolis, espacios de modernidad y espacios de tradición (un paseo por la sociedad, el ocio y la cultura urbana del Siglo XX en Zacatecas)”, escrito por José Enciso Contreras.
Nide no oculta el orgullo que le representa formar parte del negocio familiar y aunque sabe que no estará ahí para siempre, asegura que seguirá ayudando todo el tiempo que pueda.




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