Monday 16 de January de 2017

La antigua Ciudad de los Palacios

CARTAS DESDE EL EXILIO

     16 Jan 2012 03:30:00

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El fin de año tiene la virtud de mitigar el estado melancólico que conlleva cada crepúsculo anual; nos permite relajarnos de las tareas cotidianas y realizar actividades que comúnmente no podemos llevar a cabo.

En mi caso, pasé el último día del 2011 en la ciudad de México disfrutando de la familia, la comida, las librerías y la oferta cinematográfica en un ambiente de seguridad que hace mucho no experimentaba en mis estancias en la capital.
Cuando caminas en las noches por las calles del Centro Histórico te sientes más protegido que, por ejemplo, en el Barrio Antiguo de Monterrey. Incluso el estado de ánimo de los habitantes es más apacible que antes, acaso porque la tranquilidad es un factor escasísimo en este México violento que nos ha tocado vivir. Tal vez esto le permitirá al PRD ganar nuevamente las elecciones de este año en la capital, aunque no va a ser fácil la contienda por la inclusión de la aguerrida señora Miranda de  Wallace en la competencia.
A pesar de que la ciudad posee un rostro más humano, no dejo de añorar aquélla en la que nací y viví durante los primeros 13 años de mi vida, cuando aún existían los tranvías y el metro apenas se había estrenado. Chapultepec era entonces un enorme oasis de vegetación que crecía sin las agresiones masivas de los paseantes. Recuerdo que mi padre nos levantaba a mí y a mis hermanos a las 5:30 de la mañana para llevarnos a correr por el bosque, concluyendo la travesía con un ascenso por las laderas del Castillo. Luego bajábamos a jugar una cascarita en la pista de patines y regresábamos a casa llenos de energía para aguantar una larga jornada escolar que comenzaba a las siete.
Cuando en la secundaria me invadió la fascinación por la música, marchaba solo por las tardes al centro para admirar las guitarras y los amplificadores eléctricos que vendían las tiendas de instrumentos musicales ubicadas en la calle Venustiano Carranza y que, por supuesto, no podía comprar. Terminaban mi periplo en la biblioteca Benjamín Franklin de la calle Liverpool porque allí podía escuchar discos de jazz.
Era una época en que los sueños eran tan contundentes como la realidad misma y la ciudad no sólo los cobijaba, sino que contribuía a darles cuerpo y peso. Desconozco las razones por las que mi madre, estricta y disciplinada, me permitía viajar solo en el metro a los 11 años en una ciudad ya para entonces enorme. Lo cierto es que en aquellos años la vida era apacible y segura, ojalá que la recuperación actual sea duradera.
 
*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores




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