Friday 20 de January de 2017

La cruz doliente y gloriosa de los cristianos

El Día del Señor

     28 Aug 2011 03:40:00

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INTRODUCCIÓN
El evangelio del domingo presente, nos recuerda una vez más la llamada de Cristo para ir tras él, identificarse con su vida y obras para la gloria del Padre y salvación de todos los que creemos en la fuerza del evangelio como expresión del reino que Cristo mismo ha instaurado en la historia de salvación que estamos viviendo.
Jesús dice a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”.
He aquí la llamada de Jesús para todo aquel que escuche su voz y con la fuerza del Espíritu Santo esté dispuesto hacer realidad doliente y gloriosa su existencia terrena, frente al misterio insondable de nuestra salvación eterna más allá del espacio y el tiempo.
En la presente economía del plan de Dios no hay salvación sin cruz. El amor a Cristo y a los hermanos está siempre marcado por la cruz, signo radiante de servicio al estilo del Señor Jesús que ha dado su vida en rescate de los hombres para liberarlos del pecado.
Hoy como siempre, la cruz de Cristo debe ser asumida con plenitud de entrega. Cruz que transforma la vida dando paso y acceso a la pascua del Salvador.
Transformación de las tribulaciones y sufrimientos en luz y esperanza del verdadero gozo con Cristo en medio de las luces, sombras y tinieblas de nuestro paso por la tierra y en pos del cielo, meta definitiva de nuestra esperanza.

NUESTRAS CRUCES UNIDAS A LA DE CRISTO
La primera cruz puede ser la del amor. Amar significa entregar nuestro ser y acción a los demás. Ser apoyo y consuelo  para quienes sufren de muchas maneras y que encontramos continuamente en nuestro paso cotidiano.
La cruz es entonces apertura, diálogo y servicio. Renunciar a nosotros mismos, desinstalarnos, preocuparnos fiel y sinceramente por los demás, dedicar tiempo e iniciativas para hacer que los prójimos tengan una vida justa, noble y segura. Todo esto requiere renuncia, crucifixión con Cristo.
Otra cruz es la experiencia de la impotencia y limitación humanas ante lo inevitable, la muerte de los seres queridos, sobre todo en circunstancias muy dolorosas, como morir a manos de asesinos implacables o ser presa de enfermedades incurables.
Los seres humanos somos criaturas que llevamos a cuestas nuestras limitaciones físicas, espirituales y morales. Sólo el amor tiene fuerzas y reservas insospechadas para luchar y cubrir el dolor propio y el de los demás.
Esto equivale a cargar con una cruz pesada que con la ayuda de Dios, y orando, se logra llevar con generosidad.
De nuestra limitación como criaturas surge la cruz inevitable de las enfermedades. Estas enfermedades cierran el paso para una vida feliz y segura. Muchas de ellas son incurables a pesar de los avances de la medicina y tratamientos clínicos. Con la luz de Cristo debemos ver con nuevas perspectivas nuestras enfermedades. Ellas hacen que los hombres seamos humildes y perseverantes en pedir fortaleza.
Se pueden ofrecer las enfermedades unidos a nuestro Salvador para la redención de los hombres, pedir por la paz, la fraternidad, la misericordia y el perdón; apoyar a las misiones y aceptar el dolor por los que no lo aceptan y hacerse solidarios con esperanza sin fronteras.
Nuestras faltas y pecados que nos cuesta enormemente reconocer para pedir humildemente perdón a Dios y a quienes hemos ofendido.
Esta cruz es muy particular porque crucifica nuestra soberbia y autosuficiencia egoísta. Nos baja del pedestal en el cual creemos permanecer, desentendiéndonos de los demás. Nos desarma de la falsa seguridad y nos hace reconocer que sin renovar nuestras relaciones comunitarias, no es posible vivir en paz y con alegría fortaleciendo la comunión con todos nuestros semejantes y sobre todo con Cristo.
La última cruz, sin agotar el tema que ahora consideramos, es la soledad: física y moral. Hay soledades de quien ya no tiene a nadie que le tienda la mano o le dé un jarro con agua; la soledad de la pobreza y la miseria espiritual, corporal, moral y económica.
Al final  de nuestra existencia en este mundo y ante la experiencia absolutamente inevitable de la muerte, quiérase o no, nos quedamos solos ante Dios si creemos en él con su dicha y misericordia, con la esperanza dulce de nuestra futura resurrección como encuentro pleno con él y la comunión de los santos.

EXHORTACIÓN CONCLUSIVA
La liturgia de las horas, oración oficial de nuestra Iglesia Católica, nos hace decir: “Cristo  está conmigo junto a mí va el Señor, me acompaña siempre en mi vida hasta el fin... Ya no temo, Señor, la tristeza, ya no temo, Señor, la soledad, porque eres, Señor, mi alegría, tengo siempre tu amistad”.
Así tendremos entonces la capacidad para asemejarnos a Cristo en la participación de su ofrenda en la cruz al Padre, y por esto seremos también templos vivos y radiantes del Espíritu Santo, amor divino que brilla desde siempre y para siempre.

*Obispo Emérito de Zacatecas
 




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