Saturday 21 de January de 2017

La cruzada contra el sida

     5 Sep 2011 03:30:00

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El secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, ha denominado la lucha contra el sida como “una cruzada para el siglo 21”.
En esta última década el sida ha matado en África 10 veces más que conflictos armados en el continente.
En América Latina hay más de un millón 300 mil personas con sida, en EEUU y Canadá casi un millón, y en Europa 6 mil.
La pobreza, la desigualdad y la actitud proteccionista de los laboratorios, añaden a este drama la injusticia de que millones de enfermos no puedan acceder a los tratamientos adecuados.
Por ejemplo, mientras EU gasta 855 millones de dólares en combatir la enfermedad dentro de sus fronteras, los países subsaharianos, que se enfrentan a la desaparición de generaciones enteras, apenas tienen un presupuesto de 155 millones de dólares.
Hay que recordar que el sida, antes que un cuadro clínico, es un síndrome social y ético.
La ignorancia, los tópicos y los prejuicios acentúan la marginación, la soledad y el dramatismo de personas contagiadas del virus que son declaradas culpables por la sociedad, sin saber cuál es el delito que cometieron. Homosexuales, drogodependientes, y de algún modo también, aquellos primeros hemofílicos, han sufrido el azote de los prejuicios mucho antes que el respaldo afectivo que necesitan como enfermos.
Una mayoría de los contagios se han producido por vía parenteral, es decir, a través de los intercambios de jeringuillas entre los heroinómanos.
Para muchos de estos enfermos, el menor de sus problemas es el sida; este no es más que el empeoramiento de una vida de miseria, mentiras, desamores, delincuencia o internamientos en prisión.
"La primera batalla que hay que ganar en la guerra contra el sida es la batalla por destruir el muro del silencio y la infamia que lo rodea”, afirma Kofi Annan.
Por eso desde el comienzo de la lucha contra el sida la labor de los voluntarios sociales ha sido imprescindible.
El voluntario apoya al paciente y le proporciona el cariño, la compañía y la comprensión que le niega buena parte de la sociedad y, muchas veces, su propia familia.
De esta forma, los voluntarios, sin confundir la realidad y sin dejarse llevar por fatalismos o por situaciones depresivas, ayudan a los enfermos a domesticar el conocimiento del síndrome para llegar a amaestrarlo y aprender a convivir con él.
La cabecera de la cama de un hospital se convierte por unas horas en la pantalla de un cine, o en un estadio de fútbol. Juntos, voluntario y enfermo, viajan y sueñan. Los ojos del voluntario se posan en la mirada del enfermo y olvidan prejuicios y tatuajes.

*Colaboraciones Solidarias
 




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