Sunday 22 de January de 2017

La cuadratura de los antónimos

     27 Aug 2012 03:30:00

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En las actuales condiciones de riña política el lenguaje ha sido vapuleado hasta la médula. Podríamos decir que las animadversiones de los contrincantes han menguado de modo perturbador la complejidad virtual de las palabras y el campo potencial de formas discursivas. Incluso los críticos orgánicos de cada bando, y los que se autodenominan neutrales, participan sin rubor en este batiburrillo de reducciones retóricas y disparates argumentativos.
Ya sabemos que los cantos de sirena provenientes de las coyunturas políticas atraen siempre a desbordados y lenguaraces, pero es sorprendente leer en revistas “liberales” artículos que se asemejan al enrabiado y frívolo discurso periodístico de algunos medios de entretenimiento.
Habría que apesadumbrarse por la instauración del imperio de los antónimos, cuya piedra de toque es el axioma: “si tú pregonas X, yo pregonaré su contrario”. Hoy atestiguamos la irrupción de discursos especulares, rebosantes de imágenes en blanco y negro, de legítimos y espurios, de paranoicos y delirantes.
Acaso Christopher Domínguez Michael sea un ejemplo de este mal que aqueja a los hombres de letras. En su alegato contra aquellos que alertan sobre una posible restauración de la “dictablanda” priísta ("Letras Libres", 164, 2012), asume la actitud heroica de nadar a contracorriente del flujo dominante, pero armado con una retórica plagada de antónimos.  
No se trata de una duda razonable, algo que en sí merecería respeto. Por el contrario, el escritor parece más interesado en golpear a la intelectualidad de izquierda, recordándole su pasado priísta. Criticando la caricatura que los “progres” hacen del inveterado partido y de su candidato presidencial, Domínguez Michael muestra sus propias destrezas maniqueas.
Al tiempo que intenta revelar las aportaciones del partidazo, que en realidad es una paseo por lugares comunes de siempre: alfabetización, estabilidad política, libertad ideológica, dibuja con sus fobias un perfil inverosímil de la intelectualidad, donde paradójicamente están ausentes las luces que tanto invoca y sólo emergen las sombras que tanto detesta.
La tónica de su alegato es desconcertante: “Al elegir a Enrique Peña Nieto como su candidato, el PRI demostró una grosera indiferencia ante lo que la clase académica e intelectual podía pensar, esperar, sentir o temer. Un político provinciano de su tipo, casado con una actriz de telenovelas, alérgico a los libros como la inmensa mayoría de los mexicanos, aparecía para ratificar, lo cual aterroriza a la opinión universitaria, que la separación iniciada hace casi 50 años, en 1968, no tiene remedio y que la restauración se haría sin el consentimiento del México que se cree culto: la izquierda profesa la superstición de la cultura y esa es una de sus virtudes democráticas”. ¿Es éste el verdadero agravio?

*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores




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