Sunday 22 de January de 2017

La danza, lo primero en su vida

Georgina Ávila Dueñas

     27 Mar 2011 03:40:00

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  • Combinan gracia, candencia y belleza. Combinan gracia, candencia y belleza.
  • Entrega todo su esfuerzo en cada clase. Entrega todo su esfuerzo en cada clase.
  • Es exigente con sus alumnas. Es exigente con sus alumnas.
  • Difícil disciplina. Difícil disciplina.
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Unos aretes azul turquesa campanean en sus orejas mientras sostiene una taza de café. Da un sorbo. Su camisa de flores, también del color del cielo, le ilumina el rostro a la vez que habla de su gran amor: la danza.
Sus ojos marrones y pequeños brillan, y sus palabras se llenan de pasión cuando expresa el significado que tiene para ella el baile: “la danza no es mi negocio, es mi compañera, a la que he dedicado mi vida”.
Georgina Ávila Dueñas es maestra de ballet en Danzac, Institución para la Enseñanza y Difusión de la Danza, donde lleva 23 años. Su talento y dedicación le llevó a ostentar el título de directora de la Compañía de Ballet Clásico del estado, ya desaparecida, durante dos años.
El papel de bailarina lo ejerció en la primera etapa, pero su labor dentro del mundo de la danza siempre ha estado más orientada a la enseñanza.
La Escuela Estatal de danza de San Luis Potosí y la prestigiosa academia de Misana del Castillo, conocida como el Ballet de Coyoacán, en el Distrito Federal, fueron los lugares donde recibió los conocimientos necesarios para poder desarrollar su tarea de maestra.
Las calles Genaro Codina y Juan de Tolosa fueron testigos mudos de sus primeras piruetas y bailes.
En 1966, el maestro de danza Raúl Hernández decidió abrir una escuela frente a su casa y ahí fue donde comenzó su historia de amor con el baile, aunque ella todavía no lo supiera.
Su hermana Lorena, de 5 años, se inscribió y empezó a asistir a las clases. Mientras tanto, la corta edad de Georgina, que tan sólo tenía 3 años, supuso un impedimento para su ingreso y el profesor Fernández no le aceptó.
Las melodías que acompañaban los bailes de las alumnas se entremezclaban con los berrinches y pataletas que la pequeña Georgina protagonizaba a las puertas de la escuela. Al final, tanto llanto y malos ratos dieron su fruto y consiguió entrar a estudiar danza.
El café que antes rebosaba por los bordes de la taza apenas lanza un último suspiro cuando Georgina recuerda sus años con Raúl Fernández: “estudié nueve años con él. Mi hermana y yo lo seguimos por toda la ciudad, allá donde pusiese su escuela.
“Al principio era un lugar muy pequeño pero, poco a poco, Raúl fue convirtiéndose en un personaje muy importante para la vida cultural de Zacatecas”, agrega.
Después de casi una década de iniciación, cambió el rumbo. La muerte del maestro supuso un punto y aparte en la dedicación que Georgina tenía hacia la danza.
El cariño que sentía por su primer instructor pero, sobre todo, la rivalidad que Raúl Fernández había inculcado en ella respecto a las otras escuelas de danza de la ciudad hizo que abandonara su gran pasión.
“Él siempre hablaba de las otras escuelas como si fuesen peores y cuando murió, yo tenía la idea de que si no era en su espacio no iba a seguir avanzando en el aprendizaje y por eso lo dejé”, explicó.
La natación y el inglés llenaron las horas que la ausencia del baile había dejado vacías. Sus aficiones dieron un giro de 180 grados y la danza quedó como un simple recuerdo de la infancia.
Sin embargo, las direcciones por unos años opuestas de Georgina y la danza volvieron a cruzarse. La decisión de estudiar Ingeniería Topográfica Hidrográfica e Ingeniería Civil en la Universidad de Autónoma de Zacatecas le unió de nueva cuenta a su verdadera pasión.
Todo coincidía con sus inicios, ya que como antaño pasó con su hogar y la escuela del maestro Fernández, su facultad también se encontraba al lado de la academia de baile de Blanca Latorre.
Al igual que cuando tuvo que patalear en la calle para que le aceptasen en las clases, su hermana ya estaba estudiando en ese lugar. La única diferencia era que Georgina, una mujer con experiencia en el arte de la danza y sin impedimentos por la edad, estaba convencida. El baile debía ser su futuro.
Su particular método de iniciación le ayudó a viajar por toda la República impartiendo clases. Desde el Centro Nacional de las Artes hasta la Escuela Superior de Música y Danza de Monterrey gozaron de su presencia.
La creencia de que las niñas deben aprender a bailar antes de poder enseñarles la técnica del ballet fue la innovación que le dio fama: “Tienen que aprender a moverse con seguridad para llegar muy limpias a ejecutar la técnica”.
Pero, tras muchos viajes, regresó. Zacatecas, su tierra, le llamaba a ejercer aquí su profesión y nunca dudó que volvería. Danzac fue su primer proyecto y aún es su vida.
Sin embargo, necesita salir de la ciudad para realizar el trabajo de creación que requiere una maestra y conseguir, así, las ideas para pintar con movimientos la música de una función. Aunque tan sólo sea por unas horas. “Zacatecas me ahoga”, dice con desesperación.
Le fascinan todos sus rincones, pero siente que la suciedad que hay ahora en la ciudad ha matado parte de la inspiración que antes encontraba cuando caminaba por sus calles.

Sentimientos cruzados
Cuando comenzó a bailar no era consciente, pero su cuerpo era el instrumento que servía para ejecutar la obra de otra persona, del maestro que creaba esos movimientos y coreografías: “Mis alumnas son el pincel, no el color. Son la herramienta que ejecuta mi creación”.
Por tanto, como Georgina lo explica, su trabajo es un juego de sentimientos cruzados entre niñas, maestra y espectadores.
La completa realización de su trabajo llega en el momento en que los aplausos resuenan en los espacios que acogen las danzas de sus alumnas, cuando las pequeñas destacan con sus bailes por encima de la música y el decorado y, sobre todo, cuando despierta las emociones en el público que asiste a ver sus obras.

Antes que nada, la danza
Los tres amores de Georgina son su hijo Tulio, de 13 años, su hija Ana Isaura, de 18 y la danza.
La última de sus pasiones, la más fuerte, le hizo enfrentarse a derrotas en su vida de pareja, momentos de frustración que con los años han conseguido cicatrizar y fortalecer el carácter de esta zacatecana.
A los 20 años, ya con el anillo de compromiso en la mano, terminó por rechazar el matrimonio con su pareja porque él no entendía que primero estuviera el baile.
“Un día salí tarde de un ensayo y mi pareja se enojó. Me dio a elegir entre el baile o él y no lo dudé. Me quité el anillo y respondí que, por supuesto, el baile”, expone.
A partir de ahí, decidió anteponer a cualquier proposición la advertencia de que la danza iría primero porque la pasión de una vida siempre debe colocarse en la primera posición.




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