Tuesday 17 de January de 2017

La exaltación gloriosa de Cristo a la gloria del Padre

El Día del Señor

     5 Jun 2011 03:20:00

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"La Ascensión de Cristo", obra que se estima fue realizada entre 1510 y 1520.

INTRODUCCIÓN
Hoy celebramos la Fiesta de la Ascensión de Cristo al cielo, después de haber llevado a cabo el misterio de su pascua, como tránsito de este mundo hacia la casa del Padre eterno, y recibir la gloriosa exaltación que como Hijo hecho hombre ha merecido cumpliendo fielmente el designio salvador de Dios.
Esta fiesta no era celebrada explícitamente antes del final del siglo 4 de nuestra era cristiana, tanto en Occidente como en Oriente. Poco a poco la fe de los cristianos la fue individualizando, sin desvincularla de la totalidad de la cincuentena pascual.
Eso se debió a la referencia que claramente hace San Lucas al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, cuando revela: “El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue llevado al cielo.
“A estos mismos, después de su pasión, se les presentó, dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante 40 días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios” (H. Ap. 1, y ss.).
De esta manera han quedado unidas las fiestas de la Ascensión y la de Pentecostés, que conmemora la aparición del Espíritu Santo sobre los apóstoles en el cenáculo de Jerusalén, y al llenarlos de sabiduría y fortaleza, comenzaran la misión evangélica a todos los pueblos de la tierra, que Jesús resucitado les había confiado.

SENTIDO DE LA ASCENSIÓN DE CRISTO AL CIELO
Teniendo en cuenta los textos bíblicos y litúrgicos de este domingo podemos descubrir, con la gracia del Señor, dos dimensiones en el hecho de su glorificación al cielo:
1. Respecto al mismo Jesús, se nos revela su plena soberanía, tanto espiritual como cósmica, Dios Padre lo ha constituido Señor del Universo y de la historia de la salvación.
Lo ha hecho cabeza y jefe supremo de la nueva humanidad y de la Iglesia, que es su cuerpo y su plenitud, tal y como lo afirma San Pablo en la segunda lectura de este día.
2. Respecto a nosotros que formamos su Iglesia, esta lo hace presente como prolongación suya, llevando a efecto el mandato misionero.
Se trata del envío para la evangelización y el testimonio, de acuerdo ahora también como “discípulos misioneros” que el encuentro de Aparecida ha definido para llevar a cabo de manera muy comprometida dicha evangelización y testimonio en los pueblos de nuestra América Latina y El Caribe, en las circunstancias del momento histórico actual que vivimos.

TRASCENDENCIA DE LA ASCENSIÓN DE CRISTO AL CIELO
Esta trascendencia intentamos describirla de la siguiente manera: es “estar con Cristo”, verlo, gozarlo y poseerlo. Llenarse de su luz y de su ser, fuente perfecta de vida y amor.
El cielo es Dios mismo en el misterio trinitario de sus tres divinas personas, de cuya luz y amor nos es dado participar, más allá de lo que el hombre pueda soñar e imaginar.
Estar en el cielo con Cristo y con el Padre es recibir la plenitud del amor que es la tercera persona: el Espíritu Santo, de una manera sublime e inalcanzable con las solas fuerzas de nuestra pobre naturaleza humana.
A este propósito recordamos las palabras que consignan las Sagradas Escrituras: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios le tiene preparado más allá de este mundo”.

CONCLUSIÓN EXHORTATIVA
Cristo, al subir al cielo y ser coronado, nos alienta para que cumpliendo, como Él, el encargo del Padre celeste en orden a la salvación propia y la de los demás, pongamos nuestra mirada en lo alto... pero sin apartarnos de nuestros compromisos terrestres y temporales, de los cuales depende nuestra futura glorificación con Cristo y sus santos en la vida eterna.
Con Cristo estaremos en su gloria si continuamos la obra salvadora que el Padre le confió con el sello del Espíritu Santo: colaboramos con Cristo glorioso si lo hacemos presente y activo en la celebración de los sacramentos, especialmente la eucaristía, fuente y cumbre de nuestra vida cristiana.
También, llenándonos de la Palabra de Dios para iluminarnos unos a otros. Disipando las tinieblas del pecado, el error, la maldad, la soberbia, la violencia, el crimen y los asesinatos interminables.
De igual modo alcanzaremos la gloria si nos abrazamos en una comunión universal de verdad, amor y justicia, desterrando las insidias del maligno y haciéndonos solidarios con los que más sufren y viven en desamparo esperando las muestras efectivas de servicio y donación que el evangelio de Jesús nos exige y nos compromete durante todas nuestra vida bajo la mirada y la gracia del mismo Dios, presente en Cristo, consumador de nuestra santificación y salvación temporal y eterna...
¡Que así sea, ahora y por siempre...!

*Obispo Emérito de Zacatecas
 




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