Saturday 21 de January de 2017

La felicidad inestable

Cartas desde el exilio

     13 Jun 2011 04:00:00

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Comenzó tocando en bares y fiestas, viviendo a tope la bohemia nocturna de Hybris City. Desde las cansinas y rechinantes canciones populares hasta el sensual electro bossa de Malheiros, iba el abanico de opciones que el desvelo gozoso proponía a la fauna urbana en aquel territorio inquietante y vitalista.
Allí duraba la vida escasos 40 años saturninos, pero la intensidad de sensaciones y vivencias perduraba por milenios como gotas acuosas suspendidas en la atmósfera. Huyendo de los chacales sanguinarios, Dioni Pagliarini arribó a Hybris en un día festivo dedicado a celebrar la Vida. Sin más compañía que el prodigioso saxo suyo, el músico partigiano caminó por calles y callejones, rinconadas y puentes, con la perplejidad que sólo es real en los infantes.
En las plazuelas, jóvenes y viejos se reunían a tocar aquello que el azar les dictaba sin recurrir a partituras, creaciones previas o prejuicios musicales; cualquiera que pudiese sintonizar con ese vaivén aleatorio era gustosamente recibido. Los signos gestuales fundaban la comunicación, mientras los danzantes trazaban órbitas improbables con sus cuerpos en torno a insólitas melodías y a armonías contingentes.
El objetivo de estos festines estéticos no era producir, necesariamente, complejidades estilísticas. A veces todo comenzaba con una humilde frase musical, cuyas hondas raíces anímicas transformaban el sentimiento en consternación colectiva y abismaban al espíritu individual en un caldero donde eran disueltos los egos particulares. Los estados de ánimo se conectaban entre sí y el resultado no era propiedad de alguien, sino tejido colectivo de la tribu, colapsando así las fronteras existentes entre interior y exterior, entre el yo y el nosotros, entre el sujeto genial y la voz comunal.
Dioni tocaba el cielo, el sueño libertario había sido encontrado por fin en Hybris, aunque paulatinamente debió aprender a deshacerse del ánimo competitivo y racionalista que le había sido inoculado en Progreso City.
Al principio, Pagliarini sintió un repelús escalofriante, pero enseguida se percató de que ninguna intencionalidad política orientaba este proceso de despersonalización, sino que eran la propia música y la danza quienes alimentaban esta inestable hermandad que sólo duraba el tiempo de la interpretación, como ocurre con la felicidad.
Después todo retornaba al estado anterior y la promiscuidad estética se convertía en la divisa de Hybris City. Incluso, los momentos más íntimos de las personas eran respetados por los demás. A menudo se podía escuchar en los montes y bosques una melodía fúnebre y solitaria o percibir las individuales vibraciones corporales de un ritual de partida. En Hybris, la hermandad era contingente, y la felicidad era evanescente y real.
*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores




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