Tuesday 17 de January de 2017

La historia del olvido

Cartas desde el exilio

     8 Aug 2011 03:40:00

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Ahora no podía soportar los chistes vulgares ni las burlas que los agentes policíacos hacían frente al cadáver de la víctima. Algo inconfesable había ocurrido en su cabeza para que rechazara con tanto asco aquello que antes formaba parte de su rutina cotidiana. En esencia, Casavechia era el mismo de siempre, la cara, surcada por los raspones de las balas y las caricias entrañables de los malandros, estaba plenamente sintonizada con la actitud pétrea y distante que portaba como si fuese una armadura medieval.
El silencio suyo era inconfundible, lo mismo que las ojeras mortuorias que alegraban un poco sus ojos negros, redondos y penetrantes.
En realidad, su debilidad residía en la sonrisa que ocasionalmente esbozaba cuando llegaba a tomarse unas copas con sus pocos amigos en el Weapon Bar.
Los pliegues juguetones que se le formaban en las orillas de los ojos, en comunión con aquellos dientes pequeños y chuecos, lo transformaban en un pícaro infantil. Era como si durante aquellos modestos instantes de gozo, estallase repentinamente la poca humanidad de la que aún disponía.
Casavechia era un misterio para sus compañeros del escuadrón. Estaba a punto de jubilarse, vivía solo en la periferia de la ciudad, su mujer había fallecido un año antes. Al parecer, ese trágico hecho lo llevó a pensar la experiencia de la muerte con un rigor que jamás había considerado.
Repasaba día a día las caras de las víctimas y recordaba los rostros de los asesinos que había matado a lo largo de su extensa carrera policial. Sentía repugnancia porque de alguna forma se hermanaba con estos últimos, a causa de una profesión maldita que lo obligaba a evacuar los restos piadosos que hacían humano al individuo; es decir, dubitativo y frágil.
Un policía no podía darse el lujo de sentir y, menos aún, de pensar más allá de los móviles legales y criminales, incluso los actos fuera de la ley eran justificables cuando se trataba de obtener la justicia, pero no lo eran si se realizaban con arreglo a valores sentimentales y compasivos.
Karina le había recriminado esa conducta gélida: ¡alma de metal! Casavechia respondía a su esposa con la misma frase: sería un infierno para ambos si trajera a casa el dolor de los muertos.
Ahora que la ausencia lo devoraba y rajaba su alma, Casavechia se arrepentía de lo poco que conocía la vida de su esposa, y lo mucho que le hubiese gustado preguntarle sobre ésta para ensanchar la memoria. De golpe sintió la deuda que tenía con las víctimas y sus familiares. Entonces, comenzó a escribir la historia del olvido.

*Miembro del SNI




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