Thursday 19 de January de 2017

La leyenda de la Plaza San Pedro

De toros, vinos y algo más

     6 Nov 2011 03:30:00

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“Ámame cuando menos lo  merezca, ya que es cuando más lo necesito”. Proverbio chino.

Con respeto para la afición zacatecana; para los que la conocen, recuérdenla; para los que no, ojalá sea de su agrado.
El 18 de Julio de 1894, la afición zacatecana estaba de plácemes, se anunciaba para esa tarde una corrida en la que torearían Ponciano Diaz, el coloso de aquellos tiempos y Jose Bauzari, diestro cubano.
Desde la mañana se notaba inusitado movimiento; por todas partes se hablaba de toros. Entre las familias que llegaron venia Rosario Llamas, bella jerezana, huérfana y muy rica, uno de los partidos más codiciados, que sus tíos guardaban celosamente.
Desde muy temprano los tendidos del sol y sombra estaban pletóricos de concurrentes.
 Un sol radiante en un cielo sin nubes, verdadera tarde de toros; el público esperaba con entusiasmo el momento en que el juez diera la señal para empezar la corrida.
La banda del estado amenizaba con marchas y pasodobles. Por fin sonó el clarín y apareció la cuadrilla; al frente Ponciano Diaz con terno negro y oro, el capote recamado de oro y pedrería y José Bauzari con terno verde y oro. Detrás los banderilleros, picadores, mozos de estoques, etc.
En los palcos las damas saludaban con los pañuelos; allí estaba Rosario, realzando su belleza con blanca mantilla, en el pecho un ramo de claveles rojos.
Al saludar Ponciano a la presidencia, vio a Rosario y se sintió atraído por la belleza de la jerezana, que lo seguía aplaudiendo sin cesar; entonces llamando a Casimiro Medina, su mozo de estoques, le mandó el capote de paseo para adorno de su palco.
Los toros, de la ganadería de Venader, famosos por su bravura y estampa; el que tocó a Ponciano era un ejemplar apodado Pilongo, con una cornamenta que hubiera hecho temblar a otro que no fuera el diestro mexicano. Recibió dos varas, no sin haber hecho horrible carnicería con los caballos de los picadores; los banderilleros se vieron apurados para lograr dos pares cabales al cuarteo.
Ponciano hizo algunas suertes de aquel entonces y pidiendo permiso a la autoridad se dirigió al palco de Rosario y brindó: "Por la reina de esta tarde, la más hermosa entre las hermosas zacatecanas". Olas de rubor en el rostro de Rosario y de envidia de sus vecinas de palco.
Después de unos pases naturales, otros redondos y otros a su modo, dirigió la espada sobre el lomo del animal que se arrancó, recibiendo el estoque hasta la empuñadura.
 




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