Tuesday 24 de January de 2017

La memoria y el olvido

Desde el exilio

     24 Jan 2011 04:00:00

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Aitor comenzaba a perder la capacidad de rememorar y, simultáneamente, aparecía de golpe una abismal sensación de impotencia. Cuando buscaba extraer las palabras del pozo intangible de la memoria, sentía el vértigo del vacío.
No poder nombrar las cosas del mundo, ni poder evocar el acaecer familiar, ni recordar las obras que él mismo había realizado, lo sumían en el marasmo del terror.
Siempre había presumido acerca de su fidelidad a la premisa de Nietzsche sobre la necesidad de olvidar para realmente aprender y conquistar la sabiduría mundana.
Ahora, habitaba más allá de aquella saludable frontera y sentía cómo la capacidad de recuerdo suya perdía una batalla crucial para la supervivencia propia.
Cada huella que inscribía en la gran tela de la existencia rápidamente se borraba, cada paso dado en el gran teatro del mundo se desvanecía de inmediato.
Aitor estaba suspendido en el estrechísimo plano del presente eterno, inmutable e inconmensurable. Hacia atrás, un enorme agujero negro de la nada amenazaba con  devorarlo; hacia el futuro, tampoco aparecía el puente de la espera, ni la proyección anticipada del porvenir deseado.
Con acelerado compás, Aitor extraviaba los rostros de sus padres, hermanos e hijos.
Se aferraba de manera angustiosa al semblante amoroso de Morgana, compañera suya en el viaje prodigioso que habían construido décadas atrás.
Jamás olvidó su nombre, ni siquiera durante las jornadas más violentas del exilio mental.
Incluso, había diseñado una “nemotecnia” para recordar algo de lo que se vinculaba a la figura entrañable de su mujer.
Día a día, Aitor nombraba en voz alta las flores amadas por ella: crisantemos, tulipanes, rosas, jazmines, begonias, claveles y orquídeas. Recordaba lo que significaban las caricias, los besos, la música y el juego de Eros.
Retornaba a las vivencias jubilosas de las sonrisas, el humor y el ingenio; a los aromas intensos del vino y el café.
Revivía los viajes, los paisajes, los museos, los conciertos y las charlas entre amigos.
También regresaba al continente colorido de los sabores y las comidas, a la pasión por las fraternales e interminables pláticas de sobremesa.
Aunque las sombras de la enfermedad habían penetrado violentamente en su cabeza, Aitor seguía nutriéndose de ese pequeño núcleo de recuerdos.
Perdió la habilidad de alimentarse y asearse por sí mismo, sin embargo, habitaba con intensidad aquel hogar de la evocación.
Por fortuna, el arribo de las lecturas hechas en el pasado le permitió confundir realidad y ficción, de tal modo que vivió sus últimos días, junto a Morgana, encarnando las aventuras y tragedias de los personajes literarios que tanto estimularon su espíritu.

*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores




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