Monday 23 de January de 2017

La metamorfosis de Manuel R. Montes

Padre, escritor y músico

     8 May 2011 03:20:00

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  • Manuel radica en Puebla, donde se dedica a la academia y escribir; cuando puede, visita Zacatecas. Manuel radica en Puebla, donde se dedica a la academia y escribir; cuando puede, visita Zacatecas.
  • El escritor durante una firma de libros después de una presentación. El escritor durante una firma de libros después de una presentación.
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La cara de no rompo un plato no es casualidad, pues así es como se encubren los espíritus más inquietos, los que cambian de lugar las cosas, los que no saben disimular la curiosidad que les despierta el mundo, los que descubren que hay otro universo escondido bajo la piel, un espacio vasto donde la madera de los sueños se usa para levantar pueblos de quimeras.
La postura también cuenta, un leve movimiento y lo que parecía un rostro malicioso se torna reflexivo; ahora parece el escritor que hace tiempo ha asimilado los descubrimientos hechos en su último viaje; el dueño de una prosa interminable que adquiere, no sin trabajos, una forma definitiva, un número finito de páginas, un volumen definido.
Las calles de Zacatecas están bien trazadas en la memoria de Manolo. No es difícil imaginarlo corriendo sobre los adoquines de camino a la primaria Soledad Fernández Bañuelos; tampoco es complicado apreciar el cambio de estatura y de intereses al verlo con el escudo de la Secundaria Salvador Vidal; incluso es agradable representarse mentalmente los acordes que musicalizan su paso por la Prepa 1 de la UAZ.
El verdadero inconveniente comienza con su ingreso a la Licenciatura en Letras de la UAZ; el derrotero se oscurece porque un error de juventud lo tiene cualquiera. El panorama se aclara cuando la ruta es confirmada en el siguiente nivel, en un escenario distinto: la Maestría en Literatura Mexicana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

El sueño de Kafka
 La plática con Manuel R. Montes, Manolo, es tan virtual como impredecible, y la primera respuesta es sorprendente. “La metamorfosis”, de Franz Kafka, es el primer libro que recuerda haber leído. La impresión que le causó fue la de un absoluto extrañamiento (Nota del traductor: total admiración o asombro). Las letras de Kafka aletargaron (N.del T.: dieron reposo a)  mi adolescencia.
“Leí esa novela insólita entre siestas vespertinas”, comparte.
Manuel define a esa lectura como su primer contacto con la genialidad, con el misterio del arte.
Y la literatura adquirió para él la categoría de un sueño delirante del que no ha despertado, ni desea hacerlo.
La tarea interminable de emborronar cuadernos en la secundaria fue el preámbulo de su carrera porque comenzó a escribir cuando empezó a corregir.
El momento que él mismo fija se ubica en los 18 años. A esa edad “quizá, rescribí mi primer cuento cinco, siete veces”. Aquel cuento se tituló “Migdalia”.
El oscuro pasado de todo escritor, aquellas primeras letras titubeantes, son quizá la razón de que pida disculpas por aquello de la inconsistencia.
Luego, reconoce  la importancia de aquella obra, “Migdalia”, o como él la describe, el movimiento temprano de su prosa, su más ingenuo y verdadero principio.

La creación del creador
El escritor no busca la soledad, la soledad lo encuentra. Es una verdad que se revela tantas veces como escritores hay en el planeta. Así, confiesa que su escritura nace desde la más impenetrable soledad.
Como para romper el molde del ermitaño, saca del archivo de la gratitud que en sus años universitarios asistió a un taller impartido por su maestro, querido maestro, Alejandro García Ortega.
La insaciable curiosidad de lector de aquel personaje es la más preciada enseñanza que Manolo recuerda.
“Casi no tocaba el material que le mostrábamos. Se guardaba el subrayado de las enmendaduras. Como si prefiriera vislumbrar alguna veta posible, alguna voz, con tal de no herir la susceptibilidad de un principiante”.
Aquel maestro no dictaba una poética, la insinuaba y ese estilo de enseñar le es muy útil a Manolo ahora que le toca estar del otro lado del aula y comentar textos de alumnos mucho más jóvenes que él.

Letras, pizza y rock versátil
 Antes de dedicarse de lleno a la literatura, y a la rama natural que surge de ese tronco que es la enseñanza, Manolo invirtió parte de su tiempo en azarosos empleos que tienen bien ganados los duros calificativos que utiliza para contar esa parte de su vida: preparó pizzas en un restaurante, tarea que forja el carácter o lo deshace a base de horarios infernales y salarios ridículos.
También fue editor de la sección deportiva de Imagen y de una columna dominical de mala narrativa en otro diario, trabajos que un escritor frecuenta porque de algo hay que vivir.
Al puesto de corrector de estilo no le pone adjetivos, y lo mismo pasa con sus inicios frente a grupo: maestro de Redacción, de Seminario de Tesis, de Métodos y Técnicas de Investigación, de Semiótica.
La música es otra parte importante de su pasado presente, así comparte que fue baterista en grupos que él define como versátiles y de las extintas bandas de rock Dogmas, Orion, RonColor y Teste.
Sus andanzas por los medios incluyen un breve paso como programador de radio y una existencia efímera como reportero de televisión, en este último empleo permaneció “exactas cuatro horas”.
Otra de sus referencias laborales es el cargo de director de una revista literaria, “La cabeza del moro”, proyecto que murió sin paz y quiere su revancha.

Decidida indecisión
No sé, ni quiero, ni puedo hacer otra cosa. La fuerza de esas palabras hace inútiles las comillas; no es una cita textual, sino vital. Su mente inquieta, sin embargo, no se atreve a afirmar que la literatura es lo suyo.
“No lo he decidido todavía. La ‘decisión’ flaquea, se reformula, desaparece a veces o repentinamente se recrudece hasta conformar una especie de designio, una ‘deuda’. Soy de los escritores que continuamente se preguntan si en efecto son escritores”, y ese enredo Manolo lo desenreda agregando que sus libros son el intento inacabado de articular una posible respuesta.
Buscar una solución al dilema planteado representa recorrer terrenos inhóspitos y lúgubres (N. del T.: tristes, funestos) del alma. Para ello, hay que cargar linternas, lámparas y faros, como António Lobo Antunes y Juan Carlos Onetti, los autores favoritos de Manolo.
La angustia de la influencia también tiene lugar en el aparato creativo de Manuel, y algunos de los pilares de esa estructura son “Nadie nada nunca”, de Juan José Saer; “Farabeuf”, de Salvador Elizondo, y quizá, sólo quizá, “La invención de Morel”, de Adolfo Bioy Casares.

Los premios
 Recién cumplidos sus 30 años, Manolo es un joven teniente de las letras y lleva en la solapa la medalla del Premio Juan Rulfo de Novela por la obra “Infinita sangre bajo los túneles”. El premio “significó el primer quebrantamiento (N. del T.: debilidad del circuito) nervioso y la desventaja vital de asumir la responsabilidad incierta por haber profanado, concienzudamente, un tema sagrado para escribir”.
Ahora, con kilómetros de hojas llenas con la estampida de los signos y miles de millas de papel por recorrer, su mayor reto es la hoja repleta, imperfecta, el borrador.
“El blanco es un color inofensivo, no hay nada escrito aún. Se trata de un hermoso prototipo de microcosmos, a la espera de una serie de combinaciones impredecibles”, más de las que caben en un tablero de ajedrez o en las cuentas del infinito.
Manolo no tiene empacho en llamar al borrador su enemigo, su monstruo invencible, el ideograma (N. del T.: la representación gráfica, el dibujo) de mi estupidez.

Las invenciones de Manolo
Manolo está casado desde hace 11 inverosímiles años con Diana. Sus obras más delicadas de ese periodo se llaman Evan y Lisboa, sus hijos que “son y serán mi verdadera obra maestra”.
La vida conyugal y literaria de Manuel R. Montes tiene otro contrapeso en la docencia. Actualmente imparte clases en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla  y en la Universidad Siglo XXI, de la misma ciudad. También es investigador del Conavyt y forma parte del equipo de colaboradores de la agencia editorial zacatecana Texere.

La invención del futuro
En el horizonte del teclado y el Control+G, se avecina una tormenta satírica, prepara una novela sobre la distracción. El teatro también es terreno fértil para las letras de Manuel. Los diálogos del autor consigo mismo se verán reflejados en “Edipicus”, una obra de teatro en cuatro actos.
Como si no tuviera bastante con la docencia, la vida conyugal y la paternidad, este año, asegura, terminará la última novela de su “Tetralogía de la heredad”, el último fragmento de un universo propio llamado “Instrumentos de naufragio”.

La marcha de Zacatecas
 En La Habana, la palabra “zacatecanos”, según le contó hace años un dramaturgo cubano, significa “enterradores”; el comentario queda así, sin explicación, aunque más adelante otra frase de Manolo arroja un poco de luz sobre lo dicho.
Manuel vuelve a Zacatecas cada que las ocupaciones propias de la vida lo permiten, a visitar a la familia y a improvisar algunos redobles en lo que queda de su aporreada Yamaha Stage Custom (N. del T.: batería, musical, no de automóvil) con los platillos ya inservibles.
Así es Manolo, así es la música, así es la literatura, un continúo vaivén por la vida que sitúa a los personajes y a los sonidos en los puntos clave de los que pueden surgir armonías imprescindibles o ruidos desgarradores.
El oficio de Manolo es escribir tanto los claros como los oscuros pasajes de su singladura (N, del T.: trayectoria, ruta, no de camión) personal y compartirlos con los que se atreven a tocar esos fantasmas llenos de signos que son sus libros.




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